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Malas hierbas

Antonio Luque
Por Antonio Luque
El 23/04/2019
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Malas hierbas

Estoy leyendo "Cómo funciona la música" de David Byrne y no dejo de pensar que podría haber escrito un libro parecido. Bueno, lleva años escrito, trabajo que me he ahorrado. Esta mañana me he acordado de que ya toca nuevo texto para este blog. Me acordé cuando fui a la Fnac a comprar el libro de Byrne, a decir verdad. Hoy solo he mirado el calendario para confirmarlo. Es Sant Jordi, llueve barro. La idea era regalar alguna flor silvestre. Estarán sucias y no quiero resfriarme. También me toca salir a correr. Con lluvia no, ni hablar. Además, esta tarde vienen unos periodistas a hacerme una larga entrevista que quizá acabe en un libro de esos que publican de conversaciones con tal o con cual. La semana pasada acabé con el de Carlos H. Vázquez a Jorge Martínez, que Charly tuvo la gentileza de enviarme a casa. Me sigue emocionando saber que Jorge, un maestro, me tiene en buena consideración. 

Esta noche he soñado que Calamaro era profesor mío, de filosofía o de historia, algo así, y que me suspendía porque me subía a su Volkswagen escarabajo amarillo mientras lo aparcaba, muy pegado a la fachada de la facultad. En el sueño comprobaba que no se parecía a Calamaro en nada, pero se decía que lo era. Mi compañero de banca era Jesús Carrero, uno de los pocos amigos que tenía en la EGB. Me pregunto si estoy llegando ya a esa fase de la vida en que los recuerdos más lejanos se acercan más que los recientes. Sería buen recurso este defecto de senectud para empezar mis memorias por el principio. 

A ver qué les cuento esta tarde a los periodistas. Seguro que hablo más de la cuenta, como cuando me burlo del rap y del trap en las entrevistas y hago entristecer a mi hijo, que escucha esa música y está empeñado en que le ayude a hacer su primer disco. Quiere ahora que le preste uno de mis sintetizadores. Voy a buscarle en Wallapop uno más barato que estos, por si en nada acaba escondiéndoselo su madre. Es cierto que tiene que estudiar más; ha suspendido análisis sintáctico, y siendo hijo mío esto es poco menos que una deshonra. Espero no tener que llamar a Calamaro para que vaya en su coche amarillo, por si le pilla más a mano que a mí.

Cuando trabajaba en la fábrica de Donuts fuimos en la Vespa de Ventura él y yo a ver a Calamaro al auditorio de Dos Hermanas, donde el PSOE suele celebrar sus mítines más importantes. Nos colamos subiéndonos a un árbol (cosa que rara vez mi escasa flexibilidad me ha permitido hacer) y haciendo el mono saltamos a una parte del recinto llena de hierbas que resultó ser un barranco excavado en la colina para encajar el escenario en su base (en vez de hacer el auditorio en la parte baja de la ladera: misterios de la obra pública). Vaya, que por poco nos partimos la crisma y caemos cerca del artista, cuyo show ya había comenzado. Allí mismo saludé a J de Los Planetas por primera vez, cuando a Franquito se le ocurrió que podíamos empezar nuestro autostop a Benicasim pidiendo a los granadinos que nos acercaran al menos esos 250 Km que separan nuestras ciudades, kilómetros que tanto se notan. No era yo muy de Calamaro realmente, pero el concierto me encantó. Hay algo en la música en vivo que no está en los discos. Menos mal, porque los discos son hoy solo listas de reproducción. 

Aquí estoy con mi descubrimiento semanal del Spotify. Cada semana afinan más, da un poco de susto. Me gusta saber que hay más grupos y proyectos musicales buenos de los que soy capaz de asimilar, y al tiempo me disgusta comprender que realmente no hace ninguna falta que siga componiendo, ni siquiera escribiendo memorias; que, para los compañeros de generación, y hasta para los de generaciones seguidas, los recuerdos varían muy poco de unos individuos a otros. O acaso eso sea lo bonito de seguir: sentirse parte de algo y hacérselo sentir a los demás, sin necesidad de aplauso, de premios o de anuncios destacados en prensa, gratuitos o de pago. Me alegra pensar que he hecho algo más que quedarme a mirar en esta vida.

Anoche miré a salto de mata el debate de los políticos en la tele, más pendiente de los memes de Twitter que de lo que los enchaquetados podían decir, porque son muchas elecciones ya las vividas, y muchas más sin memes que con memes. Espero no arrepentirme de confesar que solo Pablo Iglesias me parece una persona normal, incluso habiéndose mudado a un chalet, o precisamente por eso. El otro día pasamos con la furgoneta por Galapagar, y no me quiero imaginar los atascos que debe de comerse el hombre del pelo largo cada mañana yendo al Congreso a escuchar las mismas tonterías de los muñecos de tarta que parecen ser los demás. Poder quedarse en un chalet en las afueras, sin vecinos, con discos (Spotify) y libros (aunque sean de densos marxistas) a cholón, acaso cultivando un huerto, y tener que dejarlo una y otra vez para coger el coche hasta el centro de Madrid. Gestionar lo de la pegatina de la contaminación, saber por dónde se circula ahora que la Gran Vía es un enorme pasillo de un centro comercial, la mirada de desprecio que sin duda le echará algún guardián del parking del Congreso (porque los habrá de derechas, como pasa entre tantas personas con sueldo bajo y aun sin sueldo, con ese cabreo mal orientado que tienen y que nos sitúa ahora mismo como país a las puertas de un horror no por conocido menos horripilante...). Claro está que tienen que pagar la hipoteca. Él y ella, Irene Montero. Ojalá se lleven siempre bien, que si no es un lío enorme hasta para un buen gestor como seguramente sea él. Quizá se traslade en ciclomotor el bueno de Pablo, de Galapagar al centro de Madrid: resfriado permanente, como el mío cuando estudiaba agricultura en el Cortijo Del Cuarto, en Bellavista. Desde Mairena del Aljarafe era boca congelada en los meses de invierno hasta la clase del mediodía. Claro está que no era obligatorio el casco; los de los Vespinos y las Cadys éramos tan libres como ahora los de los patinetes. Otra vez me viene a la cabeza la frase de Rimbaud que es mi favorita del mundo: esa de "la humanidad no evoluciona, simplemente se desplaza". 

Dicen que Ryanair es la empresa más contaminante de Europa. Me pregunto por qué no se queda la gente un poquito en su casa cuando tiene tiempo libre. 

Iba a seguir escribiendo, pero ya he completado la página del Pages. Voy a limpiar el suelo, hoy tampoco se me va a ocurrir una canción. Luego seguiré con el libro de Byrne. Le dije al dependiente que quería el “Cómo funciona la música”, de David Byrne, bien pronunciado, e inmediatamente me corrigió él pronunciándolo mal: "Deivid Bairn". Yo pensaba que en Barcelona habría más capacidad para los idiomas que en Málaga. No le reñí porque al menos sabía dónde estaba el libro. Luego en la caja tuve el show habitual con mi tarjeta nominal de la Fnac, ante la que los cajeros y cajeras siempre ponen cara de "no sabemos lo que es esta tarjeta, no nos vengas con líos" y luego llaman a la supervisora o supervisor y nos estamos allí cinco o diez minutos contándonos cosas para un ahorro de dos euros, con la rabia que me da a mí cuando quien me precede en la cola de una caja tiene una movida rara que compartir con el operario u operaria en vez de pagar e irse. A veces creo que más vale utilizarla como la tarjeta sanitaria de Rivera. No, eso tampoco; cuídense y no tendrán que ir tanto al médico. Paseen por las cercanías a modo de gran actividad turística. Lean y busquen flores silvestres. Las malas hierbas no son malas, peor es el Glifosato. Cuidado con elegir la cicuta, el ricino o la burundanga, que están más cerca de lo que creen. Dejen las rosas para las arañas rojas y otras plagas (¿he contado que trabajé mandándolas quemar?), y los tulipanes para las fotos aéreas de los drones. Busquen las moradas y a veces dulces borragináceas (la Anchusa azurea, creo que se llamaba, chúpenla en la parte en tubo de la corola) o, al menos, la amapola estándar (no la morada en este caso, que luego da picores y frío).

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