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Max Aub, el camino sensato

Adolfo García Ortega
Por Adolfo García Ortega
El 06/07/2018
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Max Aub, el camino sensato

1. Vuelvo a leer a Max Aub y pienso en la España de hoy. Su novela Campo de sangre, recientemente reeditada, forma parte de su obra maestra, la serie de seis novelas titulada El laberinto mágico, y es un referente de los estragos de una guerra civil. La novela sigue a la primera de la serie, Campo cerrado, y se centra en el período que va de 1937 a 1938. Es el tiempo de la guerra en Barcelona y de la batalla de Teruel. Lo que siempre me ha sobrecogido de esta novela –y de Campo abierto, la tercera de las estrictamente centradas en el conflicto– es el clima denso y testimonial que permite al lector vivir de primera mano la violencia, la contradicción y la ansiedad de seres humanos como nosotros. Aub es un novelista, en este sentido, de una grandeza excepcional, a la hora de situar a los personajes atrapados en el engranaje ideológico sin perspectivas de futuro. Son novelas de un presente inmediato, cercenador, que me llevan a pensar en Koestler o en London, y que no tienen la superioridad heroica de un Malraux porque, sencillamente, no tienen tampoco la teatralidad del francés. Aub, por eso mismo, impresiona, ya que su realismo, cercano a Barea, causa sobrecogimiento y reflexión. Quizá una reflexión seca y dura, la que hoy, precisamente, conviene a España y a Europa.

Y no viene mal traer a colación a Europa, al hablar de Aub, ya que él es un europeo españolizado que se termina americanizando. Max Aub Mohrenwitz nació en París en 1903. Pertenecía a una familia acomodada. Los padres de Aub, comerciante próspero él y de la alta burguesía ella, eran alemán y francesa, respectivamente, esta de origen judío. Su infancia transcurre en un ambiente culto y candoroso. La Gran Guerra les sorprendió de viaje por España y, al no poder regresar a Francia, hubieron de reiniciar su vida en Valencia. De ahí que siempre Aub se sintiera español, diciendo aquello de que “uno es de donde hace el Bachillerato”. Unas representaciones de bisutería mantuvieron a la familia sin excesiva estrechez. Max Aub dejaría los estudios para continuar el trabajo de su padre y, ocultamente, poder satisfacer su voluntad de escritor con cierta independencia económica.

Max Aub frecuentó las corrientes de última moda de Madrid y Barcelona, y gracias a sus viajes trabó contacto con sus modelos europeos, contra cuyos excesos gratuitos fue crítico. Tuvo mucho que ver con las vanguardias españolas de la época, sobre todo con la inclusión del surrealismo como poética a imitar. Él mismo se inició escribiendo dos novelas de lleno entroncadas en aquella deshumanización feroz de una literatura esteticista que preconizaba Ortega y Gasset (a quien tenía poca simpatía) y que es la base de la poética del 27: Fábula verde y Geografía. Luego, con Luis Álvarez Petreña (1934), biografía ficticia de un escritor vanguardista que, obviamente frustrado por la inanidad de su arte, acabará suicidándose, inicia su novelística de estilo propio. A raíz de este libro, Aub se centra en una literatura de compromiso humano y ético-político. Habría de dar la talla del gran novelista que será más tarde con su ciclo Laberinto mágico, cumbre narrativa sobre la Guerra Civil española, que aglutina los títulos de Campo Cerrado (1943), Campo de Sangre (1945), Campo Abierto (1951), Campo del Moro (1963), Campo Francés (1965) y Campo de los Almendros (1968). Otras de sus grandes novelas son Las Buenas Intenciones (1954) y con la innovadora La calle de Valverde (1961).

2. Despreciará todo cuanto se aparte de una línea trazada en un realismo que Soldevilla Durante ha calificado de “transcendente”, una literatura cuya esencia es el hombre interior, y no los meros hechos. Así, Aub definió sus libros como “realistas en su figura e imaginados por los adentros”. Sin embargo no significa esto que Aub sea un escritor convencional. Experimentó con la narrativa; sus novelas están abiertas a cuantas formas logren el fin de dar luz a ese “hombre interior”. Abunda en el tono moral de la existencia (siempre rechazó lo superfluo y lúdico por insustancial), donde el diálogo ocupa una parte considerable, fruto sin duda de la gran influencia que el teatro ejerció en él. Así, la novela se convierte en representación, en cúmulo de voces que actúan y, mediante el estilo indirecto libre (tan flaubertiano), el narrador se introduce a sí mismo con entera libertad de exposición.

Partidario sin ambages del antifascismo, Aub, con su talante colectivista, asume el republicanismo aliándose al Frente Popular que ganó las elecciones del 36. Su vida tiene un punto de inflexión en la Guerra Civil y en su servicio a la República Española, que le encargó preparar en París la Exposición de 1937 para la que Picasso pintó el Guernica. El año 1939 fue una fecha difícil y dolorosa. Aub huyó a Francia, fue delatado y entregado a la policía francesa, que lo deportó a Argelia. Se evadirá del campo de concentración en 1942, yendo a México, el país de acogida de los republicanos en el exilio. En México empieza para él una vida nueva, dedicada por entero a la literatura. Allí escribió la mayor parte de sus obras y fue allí donde murió en 1972. Su obra y su figura no ha hecho más que crecer, gracias a la reedición periódica de sus libros y de su correspondencia, así como la representación de su teatro y la edición de su poesía. Aub siempre vuelve para recordarnos quiénes somos y cómo somos los españoles. En tiempos de vuelta a los ardores patrióticos de los nacionalistas, leer a Aub es andar por un camino sensato.

 

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