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Mosaico de Estambul

Adolfo García Ortega
Por Adolfo García Ortega
El 04/06/2018
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Mosaico de Estambul

1. Leo la última novela de Orhan Pamuk, La mujer del pelo rojo, y me decepciona. Lo cual me lleva a dos evidencias: una, que últimamente veo cómo autores consagrados –palabra que asocio a “encajonados frente a un espejo lapidario”– caen estrepitosamente en libros tan flojos (cuando no directamente desacertados, como la última novela de Vargas Llosa Cinco Esquinas, por poner un ejemplo). Dos, que Pamuk no sale de Estambul. Esto, sin embargo, puede estar muy bien, porque Estambul es tan inagotable como la prosa de Pamuk.

He aprendido a entrar en esa ciudad tan subyugante y misteriosa gracias precisamente a las novelas de Pamuk. Del gran Pamuk de libros tan maravillosos como El museo de la inocencia, mi preferido, o Estambul, esas memorias entremezcladas, de él y de la ciudad, que son un retrato literario y un fresco de cien años de una urbe con un ritmo de renovación vital propio. Es Estambul una ciudad que asimila los cambios lentamente, que es provinciana y cosmopolita, que es cruel y generosa y que acrecienta su mito con refinamiento de esteta decadente. Sin embargo, Estambul también es un monstruo voraz que conviene temer, por su historia y por su realidad, una realidad sometida a periódicas convulsiones violentas y a contrastes culturales en ocasiones dirimidos a golpe de cimitarra. Como diría Georges Perec, “no querría vivir en Estambul, pero a veces sí”.

Ese sentimiento de temporalidad experiencial en esa ciudad descrita sutilmente por Pamuk me es atractivo. Insisto en que parte de culpa de ese interés proviene de las novelas de este Premio Nobel, pese a que casi todas versan sobre una Estambul perdida, de hace muchos años, como si Pamuk se hubiera empeñado en cartografiar el pasado de la ciudad y, al hacerlo, ubicar una identidad idealizada en ella. La anterior gran novela de Pamuk así lo muestra: Una sensación extraña, monumental mosaico de voces y figuras que tejen entre sí un relato coral de un nivel literario abrumador. Por eso La mujer del pelo rojo, que aborda ingenua y reiteradamente el mito de Edipo, me ha decepcionado, porque es una novela primeriza, en realidad, una novela lejos de la calidad de otras del gran Pamuk.

He recordado, tras su lectura, otra novela diferente que leí hace unos años y que me sorprendió por su frescura y osadía. Se trata de Murmures à Beyoǧlu (2009), primera novela del francoturco David Boratav aún no traducida al español, lo que es una verdadera lástima. Desde una perspectiva muy original, nada costumbrista –vereda por la que suele transitar Pamuk–, la novela de Boratav gira en torno a la vida onírica y fantasmática de ese barrio estambulí, convertido en el símbolo del diálogo ininterrumpido –pero no siempre inteligible– entre Oriente y Occidente, un diálogo que se produce en ese lugar del Bósforo desde tiempos milenarios solo con rascar un poco.

 

2. Para comprender esa imbricación de diálogos múltiples que es Estambul, la vieja Constantinopla, he leído estos días un libro que recoge la historia de la ciudad desde su fundación hasta la actualidad. Es un libro erudito pero de una amenidad enorme. Su título es Estambul, la ciudad de los tres nombres (Crítica) y su autora es la historiadora y divulgadora Bettany Hughes. Si se quieren conocer a fondo los cimientos culturales y políticos de Estambul, hay que pasar por este deslumbrante libro que arroja una luz necesaria sobre la historia de una ciudad que, como dice Hughes, “tiene una doble vida, una como espacio físico real y otra como relato fabuloso”. De esa mezcla nos participa Hughes y nos abre un mundo que, como ella dice, “no es solo una ciudad, sino una metáfora y una idea, una suerte de posibilidad que apunta al lugar al que deseamos que nos lleve la imaginación y en el que aspiramos a reposar el alma”. Concluye definiéndola como una urbe que estimula la circulación de abstracciones, de dioses y mercancías, de mentes y espíritus.

Pienso, en fin, al leer a Hughes, en otro viajero de otro siglo, el extravagante y exquisito Pierre Loti, que nos dejó un diario de 1890 durante una estancia en Constantinopla (“cantor de Estambul” lo llama Roland Barthes). “Orientalista de exotismo extremo”, como lo define Barthes, en sus libros y diarios Loti describe una sociedad otomana sedienta de europeísmo pero encorsetada. Leído hoy, Loti causa un poco de rubor y otro poco de piedad, pero supo ver un nexo de consanguinidad con Estambul que todavía anhela hallar el viajero cuando pone allí sus pies. Porque el origen y el destino de Estambul es Europa. Quizá no de Turquía, pero desde luego sí de una ciudad que, en realidad, es tan universal como París, Jerusalén o Nueva York, ciudades que se simbolizan a sí mismas más que a sus países.

 

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