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No tan lejano

Julián Rodríguez
Por Julián Rodríguez
El 30/10/2017
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No tan lejano

 

Un día desapareció de mi vida. Primero se instaló en Lisboa y, dos años más tarde, a los veinte, en Milán. Nos conocimos en Cáceres cuando éramos adolescentes. Ambos habíamos vivido la mitad de nuestras vidas en pueblos de sierra alejados de la capital de la provincia. Nuestro origen, como dice el poema, era oscuro, humilde, pero (quizá la petulancia o el deseo de otra época, no sé) nos sentíamos vecinos de Cavalcanti y de Debussy. Hablábamos de Pessoa y de Poe y de Beckett y de Juan de Mairena y de Grosz y de Beuys cada poco, nos los sabíamos de memoria. Yo prefería a Pavese, él a Italo Calvino. Yo a The Smiths, él a Spandau Ballet. Yo abrí un café, en un caserón de dos siglos, junto a unos socios mientras comenzaba a estudiar en la Universidad, él heredó algo de dinero de su único tío con medios y decidió dejar la ciudad. Me llamó un día al teléfono del café desde Portugal: iba a instalarse en Italia con una chica a la que había conocido hacía, apenas, dos meses. "Te gustará: es guapísima y paralítica", me contó. También me dijo que era la hija única de unos millonarios generosos y viajeros y comunistas. Pasaron los años y fui coleccionando las postales que me enviaba. Hasta que las perdí en una mudanza. Conocí su casa (un palacio, más bien) en mi primer viaje a Milán. Vivían en Brera, tenían tres personas a su servicio, y chófer cuando lo necesitaba su mujer. Era, sí, guapísima y paralítica. La silla de ruedas que usaba la habían diseñado para una tía abuela suya los mismísimos Eames, y también era pariente del escultor Giacomo Manzù. Me prestaron un apartamento cerca del Naviglio Grande para pasar dos semanas. Volví a Milán diez años después y ya no vivían allí, sino en Roma. Fui a Roma dos años más tarde y ya se habían mudado a Suiza. Debido a la salud de ella y a aquella enfermedad misteriosa y terrible. Esta tarde acababa de despertar de una siesta, digamos, tardía, cuando sonó el teléfono y mi amigo me saludó con las mismas palabras que la última vez, hace diez años. Su mujer murió el verano pasado, habían adoptado a una niña siria, vivieron sus meses finales en la ciudad que los acogió esta pasada década, Palermo. Había sido un deseo de ella: a pesar de estar obligada a la silla de ruedas no quería permanecer demasiado tiempo en parte alguna. Hoy hemos recordado juntos un verso de Cavalcanti. Y otro de Saba que se parece a nuestra amistad: frágil como un hueso, dura como un hueso.

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