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Otra manera de leer a Joël Dicker

Adolfo García Ortega
Por Adolfo García Ortega
El 09/09/2020
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Otra manera de leer a Joël Dicker

1. Seamos sinceros, Joël Dicker no es un gran escritor, es más, podría ser un escritor entre ridículo y pedante, encantado de sí mismo y jaleado por los medios como si fuese un autor necesario en nuestras vidas para poder seguir respirando. Y no es así en absoluto. Aunque lo que sin duda parecer ser Joël Dicker es muy inteligente. Ahí me quito el sombrero. Y puede que sea capaz de sorprender a propios y a extraños demostrando una cualidad añadida: el humor, que le permite reírse de sí mismo, y, de paso, del lector también. Pero veamos la transformación, que no deja de ser más que una interpretación que yo hago para digerir la que, en otro caso, sería una plúmbea e insoportable novela: El enigma de la habitación 622.

Narrada en varios planos temporales: 2018, quince años antes (2003) y otros quince años anteriores más (1988), ambientada en las ciudades de Suiza Ginebra y Verbier, El enigma de la habitación 622 está centrada, obviamente, en la resolución de un crimen. Diciembre de 2003. En el hotel Palace de Verbier, en la habitación 622, se encuentra un cadáver. Ha sido asesinado. Quince años después, el escritor -el autor mismo- Jöel Dicker, después de una mala aventura amorosa, decide escribir la biografía de su editor, Bernard de Fallois, que ha muerto nonagenario. Para ello, se encierra en el hotel Palace de Verbier. Informado del asunto del crimen de 15 años antes y enterado de que es un crimen nunca resuelto, picado por la curiosidad, pide la misma habitación 622, pero esta ha sido retirada de la numeración. No existe ya como tal. En el hotel, Joël es reconocido y abordado por una joven británica, Scarlett Leonas, quien, fascinada por la historia del crimen no resuelto, presiona al escritor para que escriba una novela que explique el crimen, a la vez que juntos hacen la investigación. Joël acepta. Entonces la novela se divide en dos planos: la investigación que hacen en varias ciudades de Suiza y la escritura de esa novela, casi simultáneamente, para aclarar el crimen. No diré más, dejo aquí el argumento; no es cosa de destriparle a nadie el enorme armazón de la abracadabrante historia de seiscientas y pico páginas.

 

 

Joel Dicker-El enigma de la habitacion 622

 

 

2. La novela, en efecto, es de una trama extremadamente compleja, intrincada; está plagada de requiebros, pistas nuevas y falsas, aparentemente contradictorias, rocambolescas y encajadas milimétricamente. Se sigue con interés sorprendente -sorprendido más bien-, hasta que se vuelve extremadamente inverosímil, incluso cargantemente sofisticada, como un artefacto hecho con piezas que encajan como un reloj suizo, nunca mejor dicho, pero sin alma. Por tanto, como novela policiaca, de investigación, al ser tan “reloj de cuco”, tan mecánica, puede resultar muy exagerada, a veces ridícula, falsa e ingenua.

Salvo que el lector cambie la óptica.

Y aquí es donde se diluye el Dicker pedante, encantado de sí mismo y artificioso, y aparece el Dicker inteligente. Si el lector cambia su punto de vista, entonces la novela también cambia radicalmente: el nuevo punto de vista es que, de manera inesperada, la novela se convierte, toda ella, en una gran astracanada de humor. Sin ser hilarante, de pronto, toda ella pasa a ser una novela “de coña”, en la Joël Dicker se autoparodia, parodia las novelas de intriga a lo Agatha Christie, parodia el mundo aislado y rico de su Suiza natal, paraíso turbio de los bancos, parodia los entresijos del poder bancario y, de paso, urde una trama de perfecto armazón que tiene, además, una parodia de tensión sexual entre Joël y Scarlett. Así pues, desde esta nueva perspectiva, todo deja de ser como parece, y pasa a ser un relato intencionadamente deformado (como en, por ejemplo, Largo domingo de noviazgo, novela de Sébastien Japrisot, a cuyo estilo es a lo que más se parece la de Dicker). Esta idea de Gran Guiñol, con diálogos que, leídos como serios son ridículos, pero que leídos como frívolos son graciosos, preside la novela, aunque lo hace sin trazo grueso, dejando que lo inverosímil se revele ello solo.

Incluso el narcisismo de Dicker, que se tiene por escritor archioriginal, es tratado aquí con esa humorada sarcástica que hace, en fin, de El enigma de la habitación 622 un libro entretenido, demasiado largo quizá -es su primer defecto- y con demasiados diálogos que embrollan la trama innecesariamente -es su segundo defecto. Sorprende, no obstante, que esta perspectiva humorística, subyacente en la novela si se sabe buscar, no esté destacada por la editorial en ninguno de los mensajes para el lector, sino que incide en los aspectos ya manidos de “novela absorbente”, “trama de gran thriller”, “gran novela negra”, etc., todos de corte dramático. Si finalmente no es como yo creo percibirla, es decir, como una gran broma paródica, la novela sería, entonces, artificiosa, blanda y fallida de todo punto. Incluso aburrida. Pero, insisto, si se lee con las gafas de la broma sutil, es una novela diferente e inteligente.

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El enigma de la habitación 622

El enigma de la habitación 622

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