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Pajarera

Antonio Hitos
Por Antonio Hitos
El 04/12/2015
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Pajarera

 

Hace cinco años. Estoy esperando a que el semáforo se ponga en verde para cruzar la carretera y comprar la cena o el desayuno, no me acuerdo. Es una carretera de cuatro carriles muy transitada con supermercados y restaurantes de comida rápida en ambas aceras. Un par de calles más allá hay una zona residencial de edificios construidos a principios de los 2000, muy grises y muy altos. Supongo que voy escuchando música, pero tampoco me acuerdo. Justo enfrente de mí, a la izquierda del semáforo, hay un Kentucky Fried Chicken y la calle entera huele a pollo frito. El local de al lado, ahora en obras, es una librería-biblioteca-cafetería anarquista que nunca llegué a ver reinaugurada. El escaparate está cubierto por folletos fotocopiados con el programa del mes anterior. Hay muchos coches. Por el rabillo del ojo, veo en el cielo una gaviota descolgarse de su bandada. Cuando levanto la vista, el pájaro está descendiendo en caída libre y se golpea con la barandilla de seguridad justo en el otro extremo del paso de peatones. Cae al filo de la carretera, y se incorpora con dificultad, zigzagueante. No distingo si está enferma o ligeramente noqueada. Apenas le da tiempo de dar un par de pasos mientras reacomoda las alas, y un enorme deportivo blanco le pasa por encima. Quiero decir que sonó como un golpe seco, como si estuviera saltando un bache agrietado, pero no sé si estaba escuchando. Durante los pocos segundos que aún tarda en cambiar el semáforo, al menos otra decena de coches continúa aplastándola contra el suelo. A mi lado, esperando también para cruzar, hay una mujer con un niño en brazos y otro más en un carrito. Me giro hacia ella buscando una reacción, pero está cerrándole la cremallera del chaquetón al pequeño y no ha visto nada. Enfrente, un grupo de preadolescentes a apenas un metro de la gaviota tampoco parece haberse dado cuenta. Un hombre muy gordo fumando en la puerta de empleados del Kentucky Fried Chicken apoyado en los contenedores de basura que acaba de sacar, hace un leve ademán de asomarse a la calzada. La ha visto caer, pero desde donde está, la barandilla no le deja ver nada más. Cuando cruzo y paso junto a la gaviota, parece que lleve ahí varias horas.

 

Se me ocurre en el momento que la escena funcionaría bastante bien como introducción a la historia corta que estoy dibujando para un fanzine. Luego se me ocurre que no.

 

Algunos años antes voy en dirección a la facultad por una calle peatonal cubierta de hojas secas. Voy escuchando música, esta vez estoy seguro, y mirando al suelo. Hace mucho viento, la ciudad está muy sucia y todo se mueve. El camino está flanqueado por dos hileras de árboles, y de nuevo por el rabillo del ojo veo caer un montón de hojas marrones a pocos pasos de donde estoy. A punto de tocar el suelo, una de ellas cambia bruscamente de dirección y se eleva con rapidez hacia mí. La esquivo sobresaltado, y al girarme para verla alejarse, descubro que es un gorrión. Como parte de un ejercicio autoimpuesto, durante aquellos meses mantenía un diario en cómic en el que apuntaba en cuatro viñetas algo que hubiera visto o que hubiera pasado. A veces era una conversación que había escuchado en el bus, a veces un experimento formal sin relación alguna con el día, a veces un diario en sentido clásico. Cuando estaba dibujando la hoja que al final resulta ser un gorrión, entendí algo. No he parado a pensar en el tema desde entonces.

 

Cuando digo que vi una hoja o una gaviota caer por el rabillo del ojo, la idea queda clara. El lector adopta un rol subjetivo e imagina la escena interrumpida por el elemento periférico que de repente se vuelve central. Esa visión periférica es el resultado natural de la forma en que nuestros ojos y cerebros procesan y registran las imágenes, ¿pero cómo dibujar lo que se ve por el rabillo del ojo, e integrarlo en una secuencia narrativa completa? He visto a algunos autores intentarlo con mayor o menor éxito, pero no he dado con la forma correcta para mí y mis limitaciones. Esto también es importante: lo que le funciona a uno, no tiene por qué funcionarle a otro. Es decir, podría emborronar el pájaro en una esquina, ocultarlo en el extremo de una viñeta, o envolverlo en un enjambre de tinta, pero no estaría colocándolo en la visión periférica del lector, porque al leer ésta queda más allá de los márgenes del libro que sostiene en sus manos. Cuando una ficción quiere imitar la realidad, debe rodearla y reconfigurarla bajo los códigos del medio en el que se expresa. Aunque los pájaros y las periferias son la anécdota, el ejemplo me sirve para cualquier caso. La ilusión de realidad rara vez se consigue imitando la realidad tal cual es, sino que llega mediante una decodificación parcial que después será sintetizada a voluntad del autor según los parámetros del lenguaje que elija. En el marco ideal, la obra imita la percepción de la realidad, no la realidad misma.

 

He leído algunos cómics brillantes estos días, y la idea se ha vuelto imposible de ignorar. Traducirlos a cualquier otro medio de comunicación significaría perder una parte importante de sus mejores cualidades, y por eso las buenas adaptaciones no tienen más remedio que convertirse en reinterpretaciones. Las ideas de la paloma cayendo o del gorrión acelerando están perfectamente nítidas en mi cabeza, pero cuando pienso en ellas como cómics, de repente las sutilezas y los matices se presentan con toda intensidad. El tamaño de las viñetas, el ritmo, el color, el encuadre. Cada elección significa la negación del resto de posibilidades, infinitas, en la búsqueda de la forma que mejor imite el momento representado. La riqueza del medio es también el rompecabezas de los autores.

 

Estoy en mitad de un esfuerzo creativo complicado. De momento, no habrá pájaros en mi nuevo cómic. 


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