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Para qué sirve hoy el blanco y negro

Agustín Fernández Mallo
Por Agustín Fernández Mallo
El 05/09/2016
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Para qué sirve hoy el blanco y negro

 

Una obra se desarma en el momento en el que de manera evidente se nos presenta el mecanismo que la sostiene, el armazón, la carpintería. Es en ese momento cuando la obra no es capaz de comunicarnos la “ilusión” –en el sentido de ilusionismo- de que lo que estamos viendo o leyendo no está hecho por la mano de nadie en particular, sino que se ha “hecho solo”.

Oscar Tusquets, en su libro Dios lo ve, nos contaba cómo procedían artistas y artesanos antiguos, quienes en la construcción de catedrales y momentos dejaban detalles que ningún humano de su tiempo podía ver –un pequeño rostro en la punta de un campanario, una figura tras una inaccesible gárgola, las propias líneas de Nazca, etc-, como si sólo Dios pudiera verlos. Desde la modernidad, el caso es distinto pero al mismo tiempo el mismo: el artista no se debe a Dios alguno, sino a un público, que ha pasado a ejercer el papel del gran legitimador. Y el artista ha de actuar como si sus obras fueras elaboradas por una mano que él mismo no controla. Entendemos que esa mano no es otra que una medida mezcla de azar y orden; una complejidad a la que por abreviar llamamos vida.

Hace un par de años disfruté viendo la exposición fotográfica de Sebastião Salgado, Génesis, en Caixa Forum, Madrid, publicitada como obra documental. Resultaba sorprendente, casi asustaba, que alguien con su ojo y su cámara pudiera extraerle a la naturaleza semejante grado de expresionismo, y en ocasiones surrealismo. La antigua tradición de hacer de la naturaleza una extensión antropomórfica Salgado la superaba con creces, pero al mismo tiempo parecían fotografías ubicadas más allá de lo humano, parecía que el fotógrafo extrajera de la naturaleza cosas que sólo un supuesto creador, un supuesto Dios, hubiera puesto ahí sólo para sí mismo, para verlas cuando, a solas, y una vez terminada la Creación, se sentara a descansar. Además, asombraba la épica del proceso documental de Salgado: viaje de 850 kilómetros a pie, nada de vehículos todo terreno, sino burros para transporte de víveres y material “a fin de experimentar lo que se relata en el Antiguo Testamento; cómo viajaba la gente entonces, como vivía”, declaró él mismo a un diario.

Sin embargo es esa misma declaración de intenciones documentalistas lo que en mi opinión pone en entredicho la obra, problema que hago extensible a toda obra documental realizada en blanco y negro. De hecho, a mí la obra de Salgado me parece pura ficción, no muy distinta en resultados –aunque sí en intenciones- de las maravillosas series de naturaleza explícitamente fake de otros artistas, como por ejemplo Joan Fontcuberta.

Pensémoslo así: ¿tiene sentido hoy la fotografía en blanco y negro en caso de que ésta quiera documentar una supuesta realidad? Parece evidente que las fotografías documentalistas de los primeros exploradores del siglo XIX –en blanco y negro o sepia- no respondían a un estilo ni a una intención, no eran el resultado de una elección, sencillamente transmitían la realidad tal como podía documentarse mediante la tecnología fotográfica de su época. Si hubieran tenido la posibilidad de fotografiar en color, sin duda lo hubieran hecho. Salvo patologías de la visión, la realidad nunca es en blanco y negro, y hacer documentación hoy con esa tecnología no puede sino deberse a una elección meramente estética, que de inmediato produce ficción en sus resultados. Desde luego, nada punible hay en ello, pero conviene recordar que ni las arrugas sobreexpuestas del rostro de una anciana de los Cárpatos, ni la piel plateada hasta el límite del deslumbramiento de una foca, ni unos cuerpos de niños que retratados con abrumador preciosismo extraen mineral de una explotación brasileña, responde a nada documental. De hecho, el género documental posee una intención que describe un arco intencional precisamente contrario: no “construir” una realidad en blanco y negro.

En tales trabajos de documentación hoy en blanco y negro, detectamos la carpintería, el mecanismo interno que las anima: hacer pasar por documental aquello que es un trabajo 100% estético. Se desvanece el ilusionismo de que estamos ante algo realmente orgánico. Tengamos en cuenta que esto ya lo sabían los grandes documentalistas: ni La batalla de Trafalgar, ni La rendición de Breda, ni Las meninas,  ni los frescos de La Capilla Sixtina –que a su modo son documentos bíblicos-, ni Los fusilamientos del 3 de mayo, ni tan siquiera los frescos de Altamira, son en blanco y negro. 

 



Imagen portada extraída de Génesis de Sebastião Salgado

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