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París / Aviones

Adolfo García Ortega
Por Adolfo García Ortega
El 08/05/2017
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París / Aviones

 

1. Siempre se vuelve a París. Porque siempre se desea ir a París. París no se acaba nunca, como reza el título del memorable libro de Enrique Vila-Matas. Y es verdad: quien prueba París, ya sea en la realidad o en el deseo, nunca se libra de París, afortunadamente, siempre tiene París en su cabeza, como una referencia. Y da igual que esa referencia sea melancólica, ficticia, mitificada, incluso artificiosa: París es una aspiración, una expiación y un escenario. Un escenario amoroso. Ahora, con una novela cautivadora y estilizada como es La parte escondida del iceberg, de Màxim Huerta, he vuelto a París, a un París que siempre fue mío, a un París del que nunca regresé desde la primera vez que puse los pies en él. Esa sensación de fraternidad viajera, literaria, afrancesada, es la que me ha dado la lectura de esta novela de Huerta. Bendita novela, sin duda. Me une a su autor una misma atmósfera emocional, y eso, ya en sí mismo, es un rasgo colectivo de muchas personas que se acercarán a las páginas de esta sutil novela-vida porque se identificarán plenamente con ella.

Màxim Huerta ya había escrito antes un par de libros con París y en París. Pero quizá en esta hay una síntesis de mayor intensidad entre el trance del protagonista y narrador, que vive una experiencia de desamor y superación de la pérdida, y el encuentro real, objetivo, con la ciudad que dio sentido a ese amor. De este modo, desvanecido el amor, huida la vida pasional común, asumido el no retorno de lo que fue feliz, lo que aparece, perdurable, fiel, inesperadamente nuevo, es París. La novela deja paso al libro testimonial y viajero, al fino ensayo de lector culto y literario que es Huerta, a las evocaciones de quienes escribieron también sobre un París que ha nutrido la historia del propio narrador. Así, por las páginas de La parte escondida del iceberg aparecen, siempre con acertada oportunidad, las vivencias narrativas de Vila-Matas –aquí homenajeado-, de Hemingway, de Oscar Wilde, de Joyce y la librería de la rue de l’Odéon, de Marsé, de Brel, y de otros muchos, que vivieron en los cafés de la ciudad –lugares refugio para el narrador, que nos pauta su relato a base de cafés parisinos-, de las calles y su luz gris clara, como la de los cuadros de Pissarro.

Esta novela de Màxim Huerta tiene el don, además, de convertirse en una peculiar guía viajera sin quererlo: hoy por hoy, tanto para quien conoce París como para quien tiene la suerte de conocerla por primera vez, la obra de Huerta es la compañera ideal del viaje. Se puede recorrer un París sentimental con ella, como quien viaja con la guía perfecta. Y de paso, la belleza de la emoción de los recuerdos, con sus flashbacks en Madrid, de un amor perdido buscado, desesperadamente ansiado, penetra en el lector como un tatuaje que la novela graba con la lectura. Todos los lectores y lectoras de este magnífico libro salen de él con una huella indeleble: se llamará París, se llamará el poso del amor, se llamará melancolía, pero llámese como se llame, esa huella será la punta del iceberg de algo más hondo: uno mismo allí.

 
 

2. Antonio Iturbe ya ha conquistado el estatus de novelista de calidad que le permite escribir lo que le dé la gana y como le dé la gana. Es de esos escritores que, por fortuna, llevan al lector a su molino, por así decir. Y siempre desde un estilo narrativo muy fronterizo con una no-ficción periodística o historiadora. En esto, es un escritor muy moderno. Ya lo hizo con su novela anterior, todo un éxito, La bibliotecaria de Auschwitz. Ahora, con A cielo abierto, su propuesta es más ambiciosa si cabe: nos relata pormenorizadamente las vidas entrelazadas de tres pilotos míticos en los tiempos gloriosos de la aviación de los años veinte. Tres figuras que son historia épica y a la vez experiencia viva de esa aventura incomprensible hoy en día que eran los largos vuelos de las líneas de correo aéreo. Estos pilotos fueron Jean Mermoz, Henri Guillaumet y Antoine de Saint-Exupéry. Este último, obviamente, es el más famoso porque además fue un escritor extraordinario. Sus vidas se entrelazan por la aviación, pero lo que nos fascina de la novela-río de Iturbe es que los ríos subterráneos entre ellos son mucho más terráqueos: política, amores, guerras, rivalidad, amistad, lealtad, ideología, libertad. Y muerte. La novela ha obtenido el prestigioso premio Biblioteca Breve merecidamente. A mí lo que más me ha interpelado de esta novela es su condición de reto narrativo y de exhaustividad para fijar microscópicamente los veintitrés años de historia (de 1922 a 1945) que abarca la vida común de los tres pilotos heroicos. Es novela para leer pausadamente y para dejarse llevar por las sensaciones que transmite, la primera de todas el placer de una narración como las que nos forjaron en nuestra juventud, una historia plena en conocimiento y aventura.

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