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Políticamente correcto

Antonio Luque
Por Antonio Luque
El 15/02/2016
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Políticamente correcto

 

Tengo miedo a expresar opiniones de cualquier tipo. Las opiniones también siguen modas. Caducan. Nadie quiere pasarse una vida con las mismas opiniones. He tenido abrigos que habrían durado mi ya larga edad adulta entera. Antes los perdía en los bares, aunque fuera durante un rato de desconcierto. Los dejaba en un taburete, sobre la máquina del tabaco, en cualquier parte, y me divertía hablando de todo y de nada, yendo con libertad de una improvisación a otra, escuchando las de los demás, sin ninguna voluntad de arreglar el mundo, al contrario, contribuyendo al caos sorteándolo, satisfecho de cada desliz, como un surfista del sentido salpicado por la fresca espuma del sentido del humor, o como el que se confiesa y encuentra el perdón en la risa del humo recreativo, en vez de en la penitencia del incienso encubridor. Puede que eso fuera pecado de burgués. Igual debía dejarlos para que los cogiera quien los necesitara más, acaso algún vagabundo de barba extemporánea, o un triste vendedor de rosas llegado con ellas desde climas siempre cálidos. Total, pasan de moda, duran demasiado, los ríos de Pakistán y la India hacen bonito cambiando de color. Pero antes de irme me empecinaba en buscar mi ropa donde nunca había estado, como si se la hubiese llevado la corriente, porque ni yo la había puesto allí ni nadie la había movido: el espacio y el tiempo habían cambiado con el transcurso de la conversación, que, como el universo entero, no había sido más que un monumental malentendido, inmóvil en su continuo tejerse y destejerse. A esto lo llamaba “El show del abrigo” y ya escribí sobre él en otra ocasión. Con todo, mi capa y mi sayo acababan sobre mis hombros, a falta de unos nuevos, como un peso necesario contra el frío: eso es la propiedad, y nunca pasa de moda, salvo en experimentos anecdóticos de niños bien que algunos traen a la actualidad como si fueran parcas militares de esas que llaman vintage.

Los niños pierden los abrigos con mayor facilidad, del mismo modo que las opiniones. Aún son libres. Hará un par de años mi hijo no encontraba su chaqueta en el recreo y se lamentaba de habérsela dejado en clase. Nadie estaba dispuesto a abrir las aulas por las buenas, aunque había limpiadoras por el edificio. Eso me escamó. Protesté ante todo el que me encontré y al rato apareció la prenda en la baranda, donde al principio habíamos buscado sin encontrarla. Me parece que habían intentado distraérnosla. Igual le hacía más falta a alguien. Hay trabajos muy mal pagados. Cada día más. De modo que no se puede bajar la guardia. Hay que estar alerta. Las distracciones son fatales. El problema es que en esa lucha permanente se pierde el sentido del humor, se cansa la vista y el cerebro pasa a ser un órgano más de supervivencia. Igual ya no sabría opinar aunque quisiera.

Lo dejó dicho John Cleese el otro día: lo políticamente correcto ha acabado con la comedia. No me atrevo a hablar como antes, ni siquiera en los bares. No me atrevo a decir que robar nos vuelve locos, por ejemplo. Suena a Cospedal. Me pueden llover las hostias, y ya no tengo escudero ni confesor. Lo cierto es que nadie está libre de pecado. Hasta Shakespeare aprendió de picaresca leyendo a Cervantes, según he leído estos días. Me recuerda a Reyes jugando en el Arsenal.

El caso es que los pecados no se miden en cantidades. Quizá sí. ¿Ves? No me atrevo.

Puedo seguir mudando ideas y abrigos con facilidad, pero si lo hago por escrito cada muda quedará reverberando en la red por toda esta eternidad de pacotilla que las telefónicas y el espionaje colectivo han implantado, previo pago. No sabes tampoco si alguien te está grabando una conversación privada, nadie va a pedir permiso, eso bien lo hemos aprendido los que llegamos a pensar que las ideas podían tener algún valor, así que parece que si no estás protegido por alguna asamblea es mejor guardar silencio. Un gran grupo de personas, he ahí el secreto.

De alguien antipático se dice que es de pocos amigos. Yo he preferido siempre tener un amigo o dos. Me parecía que si éramos cuatro ya iba a ser imposible decidir a qué bar ir, qué día salir, qué bebida comunitaria tomar (el botellón, esa otra gran idea colectiva). Los hechos me dieron la razón siempre que por alguna casualidad había que acometer alguna empresa de ocio o negocio con más de cuatro personas. De hecho los grupos de música rara vez son de cinco o más por esa precisa razón. Y con todo y con eso necesitan un mánager, y algunos hasta road manager (lo más parecido a una niñera que puede tener un adulto).

No recuerdo qué abrigos tenía yo de pequeño. Sí que llevábamos todos unas batitas llamadas babis, mezclas de bata de doctor y traje de presidiario, rayadas, rayas rojas, creo. Antes de la EGB iba a un jardín de infancia llamado Amiguitos. Tesoritos podría llamarse hoy, pero no existe. Solo me viene a la mente Óscar. Iba peinado como Calimero. Fue mi primer amigo. Me defendía. No recuerdo de qué. Alguien me atacaba, está claro. No creo que fuera un solo atacante. Iba Óscar y les pegaba. Ya era yo más alto que él, pero también más extático, más ido, más en un mundo distinto al de las trifulcas gratuitas.

Deberían cobrar por pelear, como se cobra por ir al gimnasio. Incluso por discutir.

Era el jardín de infancia y ya tenía un escudero. ¿Era yo consciente de que las batallas se las imaginaban los demás? ¿Qué razones podían tener para pelear aquellos otros niños pequeños?  Acaso que no me implicaba en sabe el diablo qué primigenios propósitos, a la sombra de aquel limonero áspero. Años después vi que el patio era sorprendentemente pequeño. Quizá solo chocábamos como moléculas de un gas.

Con 12 años o así, en la EGB, era un tal Justo el que quería pegarme. Sí, se llamaba Justo, una broma como otra cualquiera. A Óscar no lo he buscado en Facebook, es imposible que haya grupos de antiguos alumnos del primer grado de EGB. El espionaje no llega a tanto. Nadie recuerda mucho de esa época. Yo sé que con cuatro años ya leía, escribía, sumaba, restaba y multiplicaba. La profesora estaba orgullosa de eso. La señorita Tina. Puede que eso molestara a los demás. A Justo sí que lo he visto en las redes sociales. Parece una persona normal.

Espero que Tina y Óscar estén bien.

Por respeto a las demás personas normales, no opinaré nada más por hoy.

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