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Redacción sobre las vacaciones

Antonio Luque
Por Antonio Luque
El 26/09/2019
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Redacción sobre las vacaciones

Distopía es una palabra que ahora se escucha y se lee bastante más que antes, incluso más que su antónima, utopía, que era la popular, e inspiraba hasta marcas de refrescos. Las utopías han pasado a mejor vida, acaso porque las series de televisión sobre distopías han conseguido lo que no logró el famoso libro de Orwell del que se ha oído hablar mucho, por el programa de televisión de Gran Hermano, y que no tantos habrán leído.

Por supuesto, hay que intentar mejorar nuestras sociedades modernas, pero nunca tratar de perfeccionarlas, porque esas fantasías de acabar con todos nuestros problemas suelen acabar con nosotros mismos, que somos sacos de problemas, sacos de materia orgánica en reciclaje con fecha de caducidad.

Ahí está Errejón, en la tele, vendiendo su nuevo partido, ya sin gafas, y me viene a la cabeza aquel recuerdo de los chavales acampados en no sé qué plaza de Valencia, cuando el 15M, exhibiendo una pancarta en la que pedían que les llevaran queso, aceitunas y Choleck, que es una marca de batido de cacao. Al parecer un Cacaolat no les habría servido. O un Fruitopía. Bueno, si se quiere una sociedad mejor hay que tener las cosas muy claras, al principio al menos, y ya luego ir rebajando las exigencias. Quizá aquellos muchachos y muchachas solo querían dejar claro que no querían alcohol, que no estaban allí de fiesta. Es fácil malinterpretar a los precursores de los nuevos movimientos, a los abanderados de los cambios que necesitamos.

En cuanto a las aceitunas, siempre que las pruebo me acuerdo de aquello que contaba el profesor de economía de la escuela de agricultura, de una vez que invitaron a unos alemanes para venderles la aceituna de mesa como aperitivo, y por lo visto se las sacaban de la boca para escupirlas en cuanto podían, para enseguida borrarse el mal sabor con un poco de jamón que a la fuerza tuvieron que poner, como se incluye la canción de éxito en los repertorios, se quiera o no. Comerse un fruto verde que necesita un tratamiento de sosa cáustica da una idea del nivel de hambre que puede o pudo tener una región. Otra cosa es el aceite de oliva, muy sano con moderación, dicen, pero que tiene gorda a España, según afirmó una vez en la tele Boris Izaguirre, en uno de aquellos programas de fomento del consumo de excitantes que aún normalizan la actitud de los dopados entre nosotros, el "vamos, vamos" de los que se suben por las paredes.

Hay unas aceitunas que me encantan, las aliñadas que venden en los mercadillos de ropa de Sevilla, como el del parque Alcosa, al que a veces me llevaban de niño, pero otras, como las amargas de Málaga, dan una idea inmediata del sitio al que has ido a parar.

Del queso no puedo decir nada malo, ya me gustaría que no me gustara. Me ahorraría muchas carreritas junto al río, mucho olor a cabra y a oveja de las que pastan por sus riberas.

El verano pasado las medusas me echaron definitivamente de Málaga, fueron una plaga terrorífica, digna de película de sobremesa. Los tiburones a su lado son animales domésticos con su poquito de cariño, un poco adorables, o adobables como poco. Descartada Castelldefells incomprensiblemente, este año he ido una semana a Punta Cana, porque apareció una oferta en internet y es muy sencillo hacer click. Internet era para el porno y ahora es una teletienda y para la música de la nueva rueda del Spotify y sus algoritmos controlados: la revolución de las comunicaciones que iba a ser la World Wide Web es hoy poco más que la programación de la tele de madrugada.

Había estado ya en un resort de pulserita y Caribe una vez, cuando me casé, pero, por lo que sea, aquellos días estaban borrados de mi mente, con la que mantengo severos procesos de higiene, durmiendo y reseteando como si no hubiera un mañana. Así que estaba preparado para repetir, si no la boda con tuna y jamón y hasta cohetes, sí al menos el viaje.

Me dan pánico los países en vías de desarrollo, porque no hay desarrollo sin expolio y robo, que se lo digan a la España del Felipe pretérito. Pensar que Haití estaría más cerca que Málaga de Madrid no era lo mejor para mis nervios cuando anticipaba en mi imaginación febril el viaje, pero me calmaba que el hotel fuese español y la promesa de que no acabaría haciendo 400 Km más en un autobús por aquellas carreteras ignotas en busca de una ciudad que terminaría pareciéndose a Cádiz pero con pobres de solemnidad (o no, no lo sé porque no he ido -me refiero a Santo Domingo-).

Cada vez que sale en la tele una persona deambulando por esos mundos de Dios, en los programas de apología del turismo, una o varias personas, muchas veces solas, mostrando lo disfrutable de la miseria del mundo y comiendo alguna verdura extraña, unos saltamontes, ¡o unos gusanos!, me doy cuenta de lo malo que es el aburrimiento, y me alegro muchísimo de tener un trabajo que me entretenga tanto y que no me disguste como a los demás parece disgustarle el suyo. Soy un hombre con suerte, incluso sin grandes éxitos y sin bolos programados lo soy, y ahora que ya se va el cansino veranillo de San Miguel siento que mi pecho se llena de gozo y miro hacia la guitarra con más cariño que si fuese Clavileño, un caballo de madera, el del libro de lectura del colegio, el del Quijote, que me engaña con su vuelo.

El del avión fue una pesadilla, sobre todo a la vuelta, en el que un italiano muy parecido a Franco Battiato de joven me impedía salir al pasillo a estirar las piernas, y permanecía con la mantita en la cabeza sujeta con los auriculares de Air France, manipulando sin cesar la pantallita del asiento delantero, sin terminar de ver ni de escuchar nada, como si fuese un ensimismado Battiato programando sus sintetizadores. Le hice levantarse varias veces, no quedaba más remedio si no quería acabar donando mis tobillos a los de La Mechá de Magrudis. Después el raro soy yo.

¿Merece la pena hacer tantos kilómetros? Bueno, mi estancia en el resort me ha servido para comprender cómo sería el estado del bienestar: se paga todo por adelantado, esta es la clave, y luego se tiene la ilusión de que los servicios son gratis. Lo malo es que al final el gimnasio solo funciona unas pocas horas y el empleado quiere cerrar todavía antes.

Nunca había corrido en una cinta, casi me mato al bajarme después de mi hora reglamentaria. Me acordé del capítulo correspondiente de Black Mirror, ojalá mi energía se hubiese empleado en reforzar la máquina de aire acondicionado. Hubiese sido imposible correr por la orilla de la playa, con ese bochorno de allí que hace que el agua marina esté más caliente que el agua del grifo rojo, y quizá provoque la proliferación de algas. Entre el verdor del mar, nada celeste, y el de las algas, la fantasía de postal para Instagram podría haberse impostado con un enfoque bien orientado en el pantano de Riudecanyes, por poner un ejemplo.

También parecen gratis los alimentos, de los que todo el mundo dispone como si los fuesen a prohibir, en cantidades imposibles de quemar, por mucho tiempo que abra el gimnasio. Queso, aceitunas, batidos de cacao, de todo había. Pero ocurre que a mayor cantidad menor calidad, como es natural, porque lo que se ha pagado está ajustado al mínimo buscando el click irreversible del internauta aburrido. Y uno se pregunta qué habría almorzado de haber dispuesto de ese dinero libremente en su casa, en vez de haberlo depositado en ese impuesto vacacional de la española Meliá, heredera de Colón, y enseguida viene la acidez estomacal, y el recuerdo del Almax olvidado en el cuarto de baño del hogar, que siempre es mejor que cualquier otro. Hasta el queso del Lidl es mejor.

Los resorts se suceden en la playa, dos, cuatro, ocho, diez, y aún están construyendo más, no sea que yo pueda estar una semana de mi vida sin escuchar una rotaflex, unos martillazos, una máquina con el pito de la marcha atrás más tiempo en marcha que apagado, que digo yo que para eso mejor que la alarma avise cuando van hacia adelante, que al ser menos frecuente será menos esperado y más peligroso. Acepto resignado ya que las obras me acompañarán hasta la muerte, cuando al fin descanse de las modificaciones absurdas de los hombres y las mujeres en su medio ambiente, más parecidos a hormigas que cigarras, y yo sin guitarra allí con la que vengarme, sin un maldito ukelele siquiera. Porque ya sabréis que una guitarra, y más si es enchufada en un amplificador, puede molestar más en un minuto a todos los vecinos, de un bloque de pisos o de un resort, que unas obras de reforma o construcción en todo un mes, así que pienso que si bien se ha demostrado ya que las guitarras no matan fascistas, aunque pueden darte un sillón en un partido de nuevo cuño, sí que pueden molestar bastante a los amantes de los escombros, y por eso vuelvo a mirar con amor a mi Telecaster en este momento.

Pides un cambio de habitación para dejar las obras a un lado y te mandan a otra que es un zulo con una peste a humedad que no he sentido ni en el peor de los locales de ensayo en los que me he dejado la voz intentando convencer a los de las bandas de mis argumentos estéticos. Nathalie, la de recepción, se comportó de nuevo como una funcionaria de un sistema perfecto, con su vuelva usted mañana por caldo y tendrá dos tazas. Tuve que volver a verla para implorar que me dejaran por lo menos como estaba, junto a la obra aunque fuese, que de locales de ensayo infectocontagiosos ya he tenido bastante.

Si paseas hasta donde acaban los resorts empiezas a ver a los lugareños, bebiendo ron en botellas de cristal que rompen luego entre los cocoteros, llenos de plástico y basuras. Un guardia nos dice que no nos alejemos más, que corremos peligro de ser asaltados. Me quedo con las ganas de llegar a las olas que rompen un kilómetro más allá, acaso de agua fría, a lo peor de sudor haitiano. Me pregunto si el guardia está siendo clasista, con su salario de miseria y, a la vez, dando por peligrosas las zonas no tomadas para el turismo. El mundo está hueco y yo he tocado el cielo, aquel capítulo de Star Trek me vino a la mente ahí.

Un pescado que llaman Dorado en el buffet aparece en una de las barcas de los pescadores. Es como una palometa larga y de oro. Peces que proliferan cuando no quedan de los que están ricos. Mi acidez estomacal va in crescendo. Los margaritas no ayudan, la cerveza se llama Presidente y está bastante insípida, como un sucedáneo, como un sustituto de lo real, como nuestros futuros presidentes, que no mandarán nada: actores cuanto más guapos mejor.

Operarios vestidos de blanco pasan por los alrededores de la piscina y me hacen soñar que estoy en un manicomio, en Shutter Island. Parece que ha llegado el vuelo de Evelop, los españoles. Escándalo en la barra de la piscina. Observo que nadie sale del agua para mear. ¿Quiénes son los locos? ¿Cuál es el bienestar? ¿Por qué no pagar solo por lo que se necesita?

Otra cosa es la sanidad y la educación, vale, pero ¿qué sanidad? y, sobre todo, ¿QUÉ EDUCACIÓN? Ay, los libros. El que he traído es un coñazo. No diré cuál es, porque el hijo del autor me cae bien.

El jet lag me dura hasta un día antes de la vuelta, a la espera del jet lag inverso. Se me hace muy raro viajar sin que sea para un concierto de Sr. Chinarro.

Si sigue haciendo este calor esta tarde me cojo el 77 y me voy a Castelldefels. Es una playa impresionante, no entiendo que la gente haga tantos kilómetros para ir a las playas de Cádiz, no son tan distintas. Si eres de Sevilla vale; aquellos viajes a Valdelagrana en la misma furgoneta de mi padre en la que íbamos otros días a los psiquiátricos a llevar aceite, parando en busca de teleras de pan en Las Cabezas, aquello era sensato; pero ir desde Barcelona en coche, teniendo este playón aquí cerca, es de locos, así te lo digo.

En fin, ese es otro viaje. El mío es más el de Di Caprio escalando por el acantilado, como aquella vez en Tamarit, cuando aún no había muertos, sino nens de Castefa mostrando las virtudes de la música electrónica.

De todos modos lo he pasado bien, no crean. Soy así de quejica, y lo último que quisiera provocar en nuestro estado del bienestar es envidia.

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