Ron Howard

Un artesano del cine adaptado a los tiempos, esa es la esencia de Ron Howard, y así lo ha sido desde sus inicios a finales de los setenta. Tras sus primeras producciones Ron le cogió el pulso a los ochenta, se lanzó a la comedia ligera como Splash...
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Ron Howard
Un artesano del cine adaptado a los tiempos, esa es la esencia de Ron Howard, y así lo ha sido desde sus inicios a finales de los setenta. Tras sus primeras producciones Ron le cogió el pulso a los ochenta, se lanzó a la comedia ligera como Splash (en la que trabaja por primera vez con el que será su actor fetiche: Tom Hanks), a esa mezcla tran propia de la época de extraterrestres y buen rollismo en Cocoon –película que se convirtió casi inmediatamente en un clásico-, hasta se metió de lleno en la fantasía heroica con otro clásico ochentero Willow e incluso para temas más apegados a la realidad social también tuvo tiempo (Gung Ho es una buena muestra de esa América que ve como pierde el tren industrial frente a la competencia asiática –treinta años han pasado y vigente como el primer día-). Y así siguió durante la primera mitad de los noventa, consiguiendo fama de director resolutivo, un profesional capaz de tocar todos los géneros, el romance en Un horizonte muy lejano, el cine de acción y catástrofe en Llamaradas o el thriller en Detrás de la noticia.


Tardó casi veinte años después de iniciarse en la dirección tras las cámaras para ograr el gran éxito que le impulsó a la primera línea, Apolo 13, haciendo de su famosa frase “Houston, we have a problem” una de las más famosas del séptimo arte y dando a Tom Hanks la oportunidad de encadenar tres sonoros éxitos de crítica y público (las dos anteriores fueron Philadelphia y Forrest Gump). Aún le costaría tiempo enlazar producciones de gran repercusión en taquilla a nivel mundial o de crítica, sin embargo a Ron Howard no se le caían los anillos por hacer películas ligeras como El Grinch, Rescate o EdTV… hasta que dio con la combinación ganadora gracias a Una mente maravillosa (Russell Crowe en estado de gracia), echándose al bolsillo a la crítica especializada, ganando el Oscar como director y logrando otro para la película.


La experiencia que llevaba encima le permitió demostrar que había aprendido a seleccionar los proyectos y le siguieron una espléndida Cinderella Man (hay que reconocer que el boxeo tuvo un renacimiento en el cine a inicios del siglo XXI con un buen puñado de películas de alta calidad y aquí Howard puso su granito de arena con un Crowe que lleva a su personaje como Bond a su traje, a la perfección), el blockbuster con mayúsculas que fue El Código Da Vinci (que le dejaría vinculado a Ton Hanks como protagonista de las siguientes películas del profesor Robert Langdon, Ángeles y demonios e Inferno), Frost contra Nixon –con la que se quedó a las puertas de repetir estatuilla-, y dos filmes más alejados de los géneros que había manejado: Rush, una adaptación de la biografía del piloto Niki Lauda, y una muy libre versión de los sucesos que dieron pie a Moby Dick con En el corazón del mar, ambas con Chris Hemsworth como protagonista; ninguno de las dos tuvo suerte en taquilla, de manera inmerecida, a cualquiera que le guste la Fórmula 1 disfrutará como un enano con Rush.

Miguel Herreros
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