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Ruskin / Llamazares

Adolfo García Ortega
Por Adolfo García Ortega
El 12/02/2019
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Ruskin / Llamazares

1. Se cumplen doscientos años del nacimiento del escritor inglés John Ruskin (1819-1900), un ensayista muy decimonónico cuya proyección estaba fuera de su tiempo, en una idea de la belleza “anterior”, por así decir. Con Ruskin sucede lo que con esos escritores que, ante el dilema de la contemporaneidad, eligen obsesionarse con la fascinación por otros tiempos. En el caso de Ruskin fue el gótico. Creyó ver en el gótico una belleza espiritual que habría de satisfacer eternamente. Sus mejores libros así lo revelan: Las siete lámparas de la arquitectura y sobre todo Las piedras de Venecia. Leídos hoy, son libros que no tenían sitio en su época. Quizá tampoco en esta y deban ser pasto del olvido. Sin embargo, me resisto a ello, porque son diferentes. Así, desde que en mi juventud cayó en mis manos La Biblia de Amiens, he considerado este extraño libro como uno de los más sugerentes que he leído. Lo curioso de Ruskin es que su vehemente inclinación gótica –de una formalización subrepticiamente irónica– carecía de conocimientos técnicos sobre el arte y sobre la arquitectura. Éste es el ángulo desde el que ha sido más criticado, y casi arrojado al olvido. Sencillamente, no era moderno, o eso decían de él. No podía soportar los avances de la ingeniería, aborrecía el ferrocarril; se ensimismaba, en cambio, deleitándose en una teorización bastante imaginaria acerca de los artesanos que contribuyeron con su oficio a las grandes catedrales, y en esa artesanía creyó encontrar un impulso espiritual.

La Biblia de Amiens es un libro que dejó inacabado. La muerte le sobrevino cuando llevaba escrita la primera parte de un proyecto mucho más amplio, que sería la coronación sincrética de toda su filosofía, basada en los pies de barro de su gótico inventado. Esa obra en ciernes se iba a llamar Lo que nos han contado nuestros padres, se compondría de diez volúmenes y aspiraba a ser un gran compendio histórico-religioso, desde la cristianización de los bárbaros hasta el protestantismo ginebrino, muy a la manera de un escritor modélico para él: Chateaubriand. En cada uno de esos volúmenes, una ciudad y una catedral serían el motivo que daría pie a las disquisiciones de todo tipo a que era proclive Ruskin. Tan sólo alcanzó a escribir la historia descriptiva de la catedral de Amiens. Esta voluntad totalitaria sobre las catedrales, en y fuera del tiempo, he vuelto a hallarla en la obra magna –en muchos sentidos– de Julio Llamazares (Vegamián, León, 1955), cuyos dos volúmenes sobre catedrales de España, Las rosas de piedra y Las rosas del sur, me han recordado el espíritu latente en la obra de Ruskin, el espíritu de los artesanos anónimos que crean un lenguaje universal.

 

2. En los libros de ambos escritores, el lector se enfrenta a una considerable cuantía de dudas. La primera es qué narices está leyendo: ¿un libro de historia, un libro de religión o un libro de arte? ¿O es un libro de viajes y de gentes? Ciertamente que Ruskin y Llamazares participan de todo eso, y cuando relatan, están escribiendo con voluntad de historiadores, de viajeros y de mitificadores. En el caso de Ruskin, tal vez lo más moderno de este antimoderno sea la descripción enumerativa (estilo que recuerda a un Raymond Roussel o a un Georges Perec) del interior de la catedral de Amiens y de las esculturas de sus maravillosos pórticos. De pronto, se vuelve posmoderno. En esto, Ruskin se convierte a nuestros ojos en un anticipado de la semiótica, en un semiólogo a su pesar, algo que se percibe también en Llamazares; quizá ello se deba a que las catedrales contienen un sinfín de símbolos y de lenguajes, algo que también supo ver Umberto Eco cuando, bien en sus novelas, bien en sus ensayos, aborda el tema magnificente de las catedrales medievales. De hecho, los análisis que hace Ruskin de los cuadrifolios de Amiens y de su iconografía son una auténtica lectura. Así lo vio muy acertadamente Marcel Proust, cuando recorrió el lugar con el libro de Ruskin en la mano y decía no saber cuándo leía y cuándo miraba, si ante al libro o ante a las piedras. Por otro lado, en tanto que cronistas, tanto Ruskin como Llamazares son deudores de la huella del gran Edward Gibbon. En el caso de Ruskin, mucho más, por cercanía temporal e idioma: en La Biblia de Amiens pueden hallarse los mejores párrafos críticos que de la obra de Gibbon se han escrito, combinando elogio y reparo, homenaje y objetividad. 

La indefinición genérica, mezcla de varias clases de libros en uno solo, que transmiten obras tan distintas en el tiempo como la de Ruskin y la de Llamazares produce en el lector una ilocalizable impaciencia. Es el efecto propio del ensayo, de la divagación, sin duda su mayor acierto. Ya avisa Ruskin de que es tendente a iniciar una idea, a enunciar un hecho y a derivar luego por derroteros insospechados. En esto reside la gracia de estos libros, en su imprevisibilidad, propia de un viaje y de un descubrimiento inesperados. 

Ruskin, al final de su vida, victoriano que renunciaba a serlo, moralista que fingía ser esteta, historiador visionario de su gótico ficticio, emprendió con La Biblia de Amiens un vigoroso trabajo lleno lucidez, sin duda intenso, ameno y tan ligeramente atemporal que convierte su lectura en un apasionante viaje. Lo mismo puede decirse de los dos libros de Julio Llamazares, viajero y narrador que nos invita a mantener dos planos temporales: el remoto pasado desde un presente quieto, como inmerso en ningún tiempo y en ninguna parte. Las catedrales son eso, monumentos de quietud para desafiar a la eternidad.

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