• Tienda
  • Cultura Fnac
Blog

Sobre perros y gatos

Mikel Aristregi
Por Mikel Aristregi
El 20/08/2015
17
Sobre perros y gatos

 

Cuando llegué a la casa a finales de verano contabilicé hasta veintitrés gatos entre grandes y pequeños, aunque para el invierno ya solo quedaban seis hembras adultas, todas salvajes menos una, que era la más peligrosa. Una vieja gata listada que con solo mirarte a los ojos parecía saberlo todo sobre ti. Había visto mundo, había viajado mucho más allá de las casi dos hectáreas que formaban el perímetro de la finca donde se cultivaban olivos y avellanos, y eso la hacía más astuta y, por lo tanto, la dueña del lugar. Yo no las conocía a ellas y ellas no me conocían a mí, así que nos vigilábamos mutuamente desde la distancia, como con desconfianza, siempre alerta, mirándonos de reojo cada vez que salía de casa, bien desde lo alto de las ramas de las moreras que sobrevolaban el porche o simplemente desde el murete que lo encuadraba y que formaba una plaza donde acostumbraban a tumbarse al sol, sintiéndome como Tippi Hedren en Los Pájaros al recorrer la distancia que separaba la puerta de la entrada del Ibiza blanco del 96 que tenía aparcado fuera. La idea de que un día descubrieran que la carne humana era comestible me aterraba. En realidad era fácil llevarse bien.


Gatos de Mikel Aristregi


El invierno dio paso a la primavera y las gatas que no habían emigrado, como suele ser costumbre por esa época del año entre las de su especie, parieron. Está bien documentado que aquella vieja gata barcina a la que se le contabilizaban ya entonces no menos de 57 años humanos y a la que a estas alturas bien podemos llamar por su nombre, Misae, realizó el prodigio de parir una camada de cinco gatitos, todos diferentes entre sí; tres lisos y dos rallados, cada uno de un color, formando una escala cromática de tonos pardos que, cuando mamaban alineados junto al vientre de su madre, parecían un xilófono de juguete descolorido ¡Qué maravilla! Buscar los lugares secretos donde las madres habían escondido sus camadas se convirtió en uno de mis pasatiempos favoritos, encontrando gatitos en los lugares más inverosímiles. Aun recuerdo el susto que se llevó el tío S cuando fue a ponerse las katiuskas que guardaba en el almacén de las herramientas y casi aplasta un par de aquellos bichos al meter el pie.


Gatos de Mikel Aristregi


Por lo demás, y pese a haber convivido durante los meses más duros del año, seguíamos manteniendo un trato aunque cordial, distante, respetando y cumpliendo, eso sí, con los derechos y obligaciones adquiridos por cada una de las partes que, en mi caso, era básicamente darles de comer y, en el suyo, mantener el perímetro de la casa libre de ratones, labor que, debo reconocer, desempeñaban con gran eficiencia. Pero todo cambió el día en que apareció muerta en las inmediaciones del huerto la gata gris marengo, tal vez, y solo estoy conjeturando, envenenada involuntariamente -por lo tanto, queda excluida la hipótesis del suicidio o el asesinato- con los pesticidas a los que el abuelo y el propio tío S eran tan aficionados. Había dejado huérfanos tres lindos gatitos a los que, por humanidad y sentido del deber al principio, por cariño y apego después, nos vimos obligados a sacar adelante, modificando de una vez y para siempre el orden establecido entre los miembros de ambas comunidades.


Gatos de Mikel Aristregi


Les pusimos nombres y los dejamos entrar en casa; crecieron pensando que también era la suya y ya nunca más quisieron dormir a la intemperie. Les dimos biberones de leche semidesnatada y otro tipo de alimentos más suculentos como atún en aceite y jamón de york cuando la economía lo permitía, enseñándoles sin querer lo que era bueno y con ello, a robar. Se corrió la voz. Empezaron a llegar nuevos gatitos de la periferia, los hijos e hijas de las otras gatas; se instalaron en el sofá, en la sillas del despacho, en la cama y, en general, en todos aquellos lugares que creyeron oportunos, colonizando cada centímetro de superficie mullida que había sobre la faz de la casa. Era difícil no pisar un gato al ir al baño a medianoche; no era conveniente dejar los filetes descongelándose sobre la encimera de la cocina y mucho menos esperar que siguieran allí cuando fueras a buscarlos; tampoco era recomendable dar marcha atrás con el coche sin que alguien despejara antes el camino. Porque, efectivamente, si bien es cierto que con el aumento del confort la población felina creció exponencialmente, las defunciones lo hicieron en la misma proporción, todo sea dicho, casi siempre por negligencia de las madres, pobrecitas, no las culpo, teniendo tantas bocas que alimentar y sin el apoyo del padre que, lejos de contribuir al sustento y bienestar de la familia, continuaba flirteando con otras hembras que, por cuestiones fisiológicas, no sabían decirle que no.


Gatos de Mikel Aristregi


La muerte y la vida, una dicotomía que invita a reflexiones elevadas pero sobre las cuales, aunque implícitas en este texto, como en todo cuanto nos rodea, no vamos aquí a disertar. Eso sí, me detendré a enumerar algunas de las causas que acabaron con la existencia de muchos de aquellos pobres desgraciados a los que de nada les sirvieron sus siete vidas, en caso de haberlas tenido, y que fueron atropellados (sin querer), devorados, descuartizados, abrasados, quemados, aplastados y pisoteados (siempre sin querer), reventados y estampados -para acabar con su agonía-; ahogados y extraviados; los hubo también que murieron por inanición, indigestión, insolación, conjuntivitis, canibalismo y hasta de aburrimiento, si es que eso es posible. Solo diré, a modo de aforismo, que estar permanentemente en contacto con la muerte, al contrario de lo que se piensa, no te insensibiliza ante ella sino que, más bien, acrecienta la fascinación por ella y, lo que es casi lo mismo, por la propia vida.


Gatos de Mikel Aristregi

 


PD: La Lola, hija de la gata gris marengo muerta en combate, es la única inquilina permanente de la casa en la actualidad. Recientemente ha dado a luz a su octava camada y viven todos felices.

PD2: Este texto solo trata de gatos pese al título que lo encabeza. Rogamos nos disculpen aquellos que iniciaron la lectura motivados únicamente por un interés hacia los cáninos.

Tu valoración : Je détesteJe n'aime pasCa vaJ'aimeJ'adore
Atención Ha ocurrido un error, por favor inténtalo de nuevo más tarde.