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Somos seres tropicales (o el teatro)

Agustín Fernández Mallo
Por Agustín Fernández Mallo
El 05/09/2018
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Somos seres tropicales (o el teatro)

 

Somos seres tropicales, por eso necesitamos vestirnos. Nuestro hábitat natural, la franja terrestre que propiamente nos pertenece, es el trópico. El ser humano se encuentra solo, desnudo y sin recursos materiales, observa a otros animales, que tienen pelo, les da caza, se viste con sus pieles y de este modo podrá circular por cualquier paraje y clima, expandirse ad infinitum sin riesgo de muerte. Lo que en ese instante –brevísimo en términos de tiempo terrestre- ha ocurrido es que la simulación por parte del humano de ser una bestia, ha operado el milagro de un salto evolutivo para el que cualquier otro animal necesitaría miles de años de adaptación y mutaciones corporales. La simulación está en el origen del hecho propiamente humano, en su expansión sin oposición a lo largo del Planeta. Nos adaptamos imitando al animal, imitando, paradójicamente, al más débil, cuando a fin de sobrevivir lo esperado sería imitar al fuerte. Y es esta aparente paradoja lo que ha conformado nuestra estrategia vital y sentimental. 

Repetimos: somos seres tropicales, por eso necesitamos vestirnos, de lo contrario nuestra piel no encontraría contraste térmico con el entorno, no sentiría calor ni frío y eso de algún modo nos mataría. Es la imitación, la copia como mecanismo no sólo de supervivencia sino de inéditas creaciones. La imitación como primer acto apropiacionista, la imitación como triunfo de la fantasía y la fantasía como ofensa al mundo para crear otro mundo. Se han encontrado pisadas de mamut en cuyo interior hay pisadas humanas, huellas dentro de huellas que equivale a decir que los cazadores primitivos pisaban allí donde habían pisado los animales para así imitarlos, para simular que eran ellos y confundirlos y cazarlos y vestirse sus pieles y comer su carne y alumbrarse con su grasa. No otro es el origen del disfraz, del teatro, del hallazgo de ser otro para ser tú mismo.

Teatro, por definición, es todo aquello que se desarrolla en un escenario, en un lugar del espacio acotado del modo que sea y previamente pactado, por eso calificamos de loco a aquel que en la calle o en algún lugar no convenientemente perimetrado realiza una actividad extravagante, una actividad que no haya sido antes acordada con un potencial espectador, pero bastaría con tan solo dibujar con tiza un rectángulo en torno a los pies del loco para automáticamente calificarlo de cuerdo, y a ese espacio calificarlo de escenario, y detenernos y admirarlo como una representación teatral, un disfraz tolerado. Somos seres tropicales y por eso necesitamos vestirnos, somos seres tropicales y por eso imitamos al débil, somos seres tropicales y por eso nos disfrazamos de cuanto se nos ponga por delante, somos seres tropicales y por eso creamos cosas inéditas a medida que las imitamos. Y no sólo pisamos sobre las huellas del mamut para oler como él y disfrazarnos de él sino para desparecer: en el origen de ser como el otro también está el de esfumarnos, la desaparición como estructura principal de acercamiento al otro, y por lo tanto de conocimiento del otro. En las novelas policíacas clásicas no pocas tramas son resueltas mediante el descubrimiento de un hombre que se había disfrazado de mujer, o una mujer que se había disfrazado de hombre, o de un aristócrata que se viste como un mendigo que casualmente pasaba por allí, o de una empleada doméstica que se hace pasar por condesa para cometer el crimen: disfraces todos ellos que hablan de mutaciones y transferencias entre distintos roles de poder y sexo. Pero las suplantaciones no sólo ocurre en las novelas de misterio clásicas, hoy ese mecanismo de disfraz es replicado en por ejemplo los GPS y otros geolocalizadores que, trucados, imitan unas coordenadas del asesino allí donde en realidad eran otras, o en la sustitución de un código fuente por otro para telemáticamente penetrar en una cuenta bancaria y desvalijarla. Hace no muchos años experimenté un sueño; prometo ser breve: yo me acercaba a una casa ubicada en el campo, mientras avanzaba hacia la puerta principal, que era de cristal, me veía reflejado en ella, y cuando llegaba y la abría me percataba de que aquello no era mi reflejo sino una persona que, desde dentro de la casa, allí plantado y mirándome todo el tiempo a los ojos, se había hecho pasar por mi reflejo, alguien que a fin de capturarme se había disfrazado de mí. Dicho de otro modo: yo era un mamut y alguien me había perseguido y finalmente cazado pisando exactamente sobre mis huellas.

También ocurre que una vez por año, principalmente en verano, la gente se tumba en la arena de playa, y allí toman el sol y conforman una de las reuniones más singulares y extrañas del planeta, se trata de una reunión sin conexión entre los asistentes, una reunión sin haber sido por nadie convocados, y además en el lugar más extremo del planeta: no hay agua, no hay sombra, no hay comida, no hay nada, si perimetran una playa y alzan una valla te mueres de inanición, no así en cualquier otro espacio natural terrestre. Y es que no conviene que un escenario en el que se desarrolla un teatro tenga límites excesivamente altos o gruesos, límites no franqueables, porque la esencia de un escenario es separar, sí, pero también la posibilidad de traspasarlo, destruirlo, pervertirlo, tomarlo al asalto, y de ahí que a todos nos gusten muy poco los muros y las fronteras, o al menos los muros y fronteras inamovibles y severas. Somos seres tropicales, somos seres que en cuanto a las diferentes vestimentas de nuestro cuerpo fuimos desde el trópico hacia otras latitudes, lo hicimos imitando al animal, imitando al débil y desapareciendo en el débil, en sus huellas, dentro de él, y, en definitiva –y es aquí a donde quería llegar-, es ésta la única explicación que encuentro a que a la gente le guste tanto ir a la playa cada verano, como si quisiéramos recordar que desnudos y del trópico venimos y que al trópico desnudos volveremos, recordar que somos animales que aún cazamos para disfrazarnos y nos disfrazamos para cazar, para levantar y demoler incesantemente escenarios, para hacer mutar el Mundo en un breve rectángulo de tiza dibujado a nuestros pies, lo único que sabemos hacer: teatro.

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