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Sticks and stones

Antonio Hitos
Por Antonio Hitos
El 23/03/2018
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Sticks and stones

 

La profesora está escribiendo en la pizarra el esquema de la fotosíntesis, y se esmera en dibujar las hojas y los rayos de sol, sin adornarse en exceso pero procurando claridad, y usa diferentes tizas de colores para diferenciar las partes, rotulando con mayúsculas las indicaciones: por aquí se recibe el DIÓXIDO DE CARBONO, por aquí sale el OXÍGENO, y continúa así con todo el ciclo. Termina martilleando con la tiza marrón alrededor de las raíces, y traza una última flecha: SALES MINERALES. “Primero prestad atención, y luego lo copiáis en el cuaderno”, dice intentando que los alumnos racionalicen el proceso para que así les sea más difícil olvidarlo. Ella no es bióloga, pero ha repetido esta misma explicación durante años y ha interiorizado todas las partes, así que se siente con autoridad para comentar algunas curiosidades fuera de temario que despierten el interés de los estudiantes: “¿Sabéis de dónde viene el sabor a clorofila de los chicles?”, y observa con satisfacción algunas cejas arqueadas en actitud de sorpresa. De camino a la mesa, ve una mano levantada en uno de los pupitres del fondo, y señalándolo con un gesto autoriza al alumno a intervenir: “Profe, ¿y a mí para qué me sirve saber esto, si yo lo que quiero es ser abogado / futbolista / camarero / astronauta?”. Ha escuchado esta misma pregunta más veces de las que puede recordar. El sistema digestivo, las multiplicaciones con decimales, el presente de subjuntivo. Ningún tema consigue escapar a la mirada utilitarista de la clase. “A ti no te va a servir para nada porque vas a ser un analfabeto funcional toda tu puta vida”, piensa antes de decirse a sí misma que con solo 8 años y una visión del mundo radicalmente simplificada, su futuro está aún en el aire. Aunque la experiencia le ha quebrado la fe en su propia capacidad para enmendar a ciertos alumnos, trata de no dejar al descubierto el hastío, y concede en voz alta que conocer el proceso de la fotosíntesis no te hace más resuelto en la vida cotidiana, pero que algunos compañeros podrían desempeñar en el futuro actividades para las que esta información les resulte valiosa. “Pues entonces que se lo estudien ellos”, le responde otro a media voz. Nada le gustaría más que convencerlos de que la cultura los hará más libres y que la importancia del conocimiento no puede evaluarse solo por su rentabilidad económica, pero no se siente con fuerza ni tiempo para debatir a treinta neoliberales protofascistas que no saben que lo son. “Es pregunta de examen segura”, concluye, y se consuela sabiendo que con el tiempo algunos de ellos, abogados, futbolistas, camareros o astronautas, estarán agradecidos de saber cómo funciona la fotosíntesis, aunque no les sirva para nada.

Cada vez que los columnistas y tertulianos, y sobre todo los escaparates de miseria en los que transformamos nuestras propias redes sociales se congregan para explicarnos los límites de la libertad de expresión (la reforma interesada y partidista del código penal obliga a que este debate agotado se repita casi cada semana), se monta el aula de tercero de primaria. Pongamos por ejemplo que alguien se caga en un dios, quema la foto de un rey, se burla de un colectivo. Para el caso me importa bien poco si la ofensa es más o menos oportuna, o si su objeto merece mayor o menor respeto: las opiniones son como los culos. Los primeros críticos en intervenir suelen ser los pirómanos que quieren proteger lo suyo doblando la apuesta, y protestan los insultos con más insultos y la violencia con más violencia, llegando siempre al debate con la antorcha de la bandera contraria bien visible. Estos se reconocen enseguida porque sus eslóganes están muy ensayados (“con Mahoma no tienes cojones”, “si te lo hicieran a ti no te haría tanta gracia”, “ojalá te mueras”), y no parece que haya una reivindicación real tras sus exabruptos más allá de su propia catarsis. Después llegan las olas de lloricas que han visto sus sensibilidades heridas, y que en lugar de lidiar con sus fobias particulares como adultos o desarticular la ofensa explicando sus ideas a quien quiera escucharlas, han considerado que era más conveniente hacérselo saber directamente a los implicados, con la esperanza velada de que su queja funcione como herramienta censora para que nadie nunca más tenga que pasar por el trauma insoportable de ver, escuchar o leer algo inapropiado, y de camino blindarse a reproches futuros usurpando el rol de víctima. Este tipo de justicia solo puede acometerse desde una presunción de autoridad moral verdaderamente asquerosa que se está extendiendo a un ritmo muy preocupante. Aquellas distopías que advertían de un futuro en que las opiniones disonantes estuvieran secuestradas por los totalitarismos gubernamentales o mercantiles no contaban con el fascismo de una audiencia metida de lleno en una carrera sin frenos por la (falsa) pureza ética. Y por último, cuando parece que el polvo empieza a asentarse y todo el mundo recoge los palos y las piedras para ir a lanzarlos a otro sitio, llegan los suspicaces, los superdotados, con la puntilla: “Yo respeto la libertad de expresión, pero, ¿son necesarias estas banalidades?”. O lo que es lo mismo: “Profe, ¿y a mí para qué me sirve saber esto, si yo lo que quiero es ser abogado / futbolista / camarero / astronauta?”.

A mí, que me gustan el humor grueso y las salidas de tono, que disfruto con los chistes excesivos y la chanza inoportuna, y que quiero que la gente se cague en dioses, queme fotos de reyes y se burle de colectivos cuando le venga en gana, me frustra profundamente (y por eso el tema sale tan a menudo en este blog) que aparte de los ataques de los pirómanos y las pataletas infantiles de los ofendidos, haya que andar justificando la valía de estas expresiones a los que, aun defendiéndolas, las desprecian. Los que quieren que esas libertades se conserven pero preferirían que no se usasen, que siempre me ha parecido una forma muy curiosa de distanciarse del fondo de este debate. La revista Mongolia acaba de ser sentenciada a indemnizar al conductor homicida José Ortega Cano con 40.000€ por un cartel en el que aparecía caricaturizado como un alien borracho que había estrellado su OVNI, y en estos días he leído varias veces comentar el asunto en ese tono altivo que a veces se usa con los problemas ajenos, con el desdén por delante, como si el chiste fuera una chiquillada y defenderla les resultara incómodo. El debate por la libertad de expresión está arrinconado por la literalidad con la que las nuevas audiencias hipersensibilizadas lo interpretan todo, obligando a que las partes disculpen su defensa todo el tiempo. Las opiniones ajenas son tan libres como las propias, y es irrelevante la ideología o la intención detrás de aquello que se censura. En Mongolia lo tienen clarísimo, y su compromiso es firme: este es el chiste, y si no te gusta, te jodes. Ahora, con su continuidad en el aire, sus ventas son más importantes que nunca. Esto también es política.

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