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The Robert Frank Collection

Mikel Aristregi
Por Mikel Aristregi
El 21/01/2015
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The Robert Frank Collection

 

Cuando empecé a estudiar fotografía en 1999 no sabía nada de fotografía. Quiero decir que no solo no sabía nada sobre técnica o composición, si no que no conocía el trabajo de ningún fotógrafo o fotógrafa. Para bien o para mal había llegado a aquel lugar por mí mismo, sin referentes de ningún tipo, siguiendo una especie de corazonada basada en estímulos que nada tenían que ver con ninguna obra fotográfica. En este sentido, el único libro sobre fotografía que tuve antes de ir a Barcelona a estudiar fue la antología de Taschen sobre la fotografía del siglo XX del fondo del museo Ludwig de Colonia, versión inglesa, tapa blanda, todo un clásico, que unos amigos me habían regalado por un cumpleaños si no recuerdo mal. A pesar de haberlo mirado muchas veces, entre sus más de 750 páginas no encontré ninguna imagen que me impactara lo suficiente como para que marcara en la línea de mi vida eso que llamamos punto de inflexión. Bien, tal vez las de Newton por razones obvias; después de todo yo era un adolescente. En definitiva, que llegué virgen, con la emulsión intacta, como dentro de una especie de caja estanca, al instituto de fotografía de la Escuela Industrial.

 

Recuerdo que al empezar el primer curso la comidilla entre algunos de mis compañeros de clase era Mapplethorpe, Koudelka, el mismo García-Alix, Salgado, Capa, como no, Cartier-Bresson, Avedon y algunos más, como Duane Michals y otros, de los que hablaban con pasión. Desde luego, a mí también me gustaban, pero sin acabar de conectar del todo o, al menos, no de una forma absoluta. Hasta que un día, supongo que en clase de historia, supongo que el gran Molinero, nos hablaron del nuevo documentalismo americano de los años 50 y 60 y de William Klein, Garry Winogrand, Diane Arbus, Lee Friedlander y, por encima de todos, Robert Frank. Y se obró la magia. Al conocer la obra de aquellos fotógrafos sentí que allí estaban todas las respuestas. O, mejor dicho, que las preguntas que aquella gente planteaba en sus fotografías también eran las mías. Que, en esencia, compartíamos una misma visión del mundo y que aquella visión trascendía lo puramente fotográfico.

 

Al poco tiempo fui a la librería Tartessos de la calle Canuda, un establecimiento especializado en fotografía que cerró sus puertas hace ya unos cuantos años y que solía frecuentar porque no quedaba lejos del piso donde entonces vivía, y me hice con un ejemplar de The Americans; la edición de Scalo; la única que tenían. Recuerdo que lo primero que me llamó la atención fue sus reducidas dimensiones; quién sabe lo que yo esperaba encontrar. Tras la adquisición regresé a casa, abrí el libro y lo miré detenidamente, parándome en cada imagen y leyendo cada letra impresa de principio a fin. Al fin y al cabo, para lo pequeño que era, me había costado una pasta. Después lo cerré y lo dejé en la estantería de los libros de fotografía, que para entonces ya tenía varios, pensando en lo maravilloso que era aquel medio de expresión e imaginando, sin duda bajo el influjo de lo que acababa de ver, todas las fotos que aún me quedaban por hacer. Y no volví a mirarlo. Saber que estaba allí era suficiente.

 

Con el tiempo The Americans se convirtió en una especie de biblia la cual no frecuentaba asiduamente, pero a la que acudía en momentos puntuales en busca de inspiración. Y, poco a poco, con cada revisión, a medida que iba avanzando en mi propio aprendizaje e iba tomando consciencia, y esto lo pienso ahora, de la dificultad que entraña fotografiar a desconocidos en contextos de aparente carencia de solemnidad, mi interés se fue desplazando de las propias fotografías a la experiencia vital bajo la cual el fotógrafo había llegado a realizarlas. Delante tenía el Qué, pero yo quería saber el Cómo.

 

Pues bien, buenas noticias, porque miren por donde la National Gallery of Art acaba de hacer públicos los materiales de su fondo sobre el artista suizo, hasta ahora reservado a investigadores y críticos de arte, a través de una versión online y gratuita. Y es que en The Robert Frank Collection podemos acceder a toda una serie de archivos que abarcan prácticamente toda su trayectoria, de 1937 a 2005, con reproducciones de copias de época, copias de trabajo, diversos materiales como libros y grabaciones sonoras y, lo más valioso bajo mi punto de vista, 133 hojas de contactos, la mayoría de ellas pertenecientes a la época en la que desarrolló su gran obra The Americans. Un documento impresionante que permite colarse en los entresijos de la construcción del que posiblemente sea el mejor y más influyente libro de la historia de la fotografía, y esto no lo digo yo.

 

Tras echar un vistazo al material no cuesta imaginar al bueno de Robert trabajando febrilmente en el cuarto oscuro, disponiendo los negativos frenéticamente sobre el papel sin importarle ni el orden ni la dirección de los mismos, aprovechando cada centímetro del papel, marcando y enumerando las candidatas a pasar a la gloria con un lápiz graso de color rojo, positivando las más de mil copias de trabajo y esparciéndolas sobre el suelo y agrupándolas por motivos y sensaciones y nunca cronológicamente, siempre al borde de la locura. Sí, con solo un vistazo comprendo que con Frank no me equivoqué, y que parte de lo que soy yo lo encuentro ahí, en su trabajo, en sus fotografías, en los temas y en los modelos que las habitan, en la forma de abordar, rodear, insistir, fallar, sobreexponer y subexponer, merodear y olfatear los acontecimientos. De alguna manera me tranquiliza corroborar la certeza previa de que detrás de esas 83 imágenes que han acabado pasando a la historia hay un sinfín de fotos quemadas, desenfocadas, desperdiciadas; cientos de temas desestimados porque no llegó a tiempo o simplemente porque no acertó a resolver.


Ampliar imagen Robert Frank


Foto: Fondo de la National Gallery of Art



Así que, si alguien siente la misma curiosidad que yo, que pinche AQUÍ


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