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Tinta simpática

Adolfo García Ortega
Por Adolfo García Ortega
El 07/01/2020
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Tinta simpática

1. Lector o lectora, si viajas a París, no dejes de entrar en el Café de la Paix, en el 5 de la Place de l’Opéra, porque será entrar en el escenario de la literatura. Es un café belle époque o fin-de-siècle lujoso, de 1872. Aún hay algo proustiano (no prusiano) en él. De hecho, Proust, en La parte de Guermantes (tercer volumen de la Recherche) sitúa en este café una cena de Robert de Saint-Loup (el marido socialista et dreyfusard de Gilberte Swann) con el príncipe d’Orléans. Y decía que “los jóvenes burgueses ricos veían desde fuera a la alta sociedad aristocrática”. También estuvieron aquí Turgueniev, Henry James, John Dos Passos. En este Café de la Paix –me informa el camarero–, De Gaulle pidió una tortilla antes de dar su paseo triunfal por los Elíseos en agosto de 1944. 

Desde luego, el ambiente ha cambiado y desconozco si los autores literarios vienen hoy en día por aquí, en uno de cuyos salones me tomo mi desayuno sofisticado como si yo mismo fuese una figura de otro tiempo (y quizá lo sea). Sé, por ejemplo, que Hemingway también venía a desayunar. La primera vez que el americano estuvo aquí fue en unas Navidades, las de 1921, y, como era de esperar, no tenía dinero. Fue a por dinero al hotel y dejó en prenda a su novia Hadley. No se sabe cuánto tardó en volver. Pero pagar, pagó. Luego vino muchas veces más, con y sin Hadley, hasta el punto de que, en 1926, fijó aquí su dirección postal, como si fuese su oficina.

Azorín también lo visitó esporádicamente durante los tres años que vivió en París. Pero no creo que tuviera mucho dinero. Ni siquiera cuando estuvo de corresponsal en la Primera Guerra Mundial, en abril del 18, sufriendo bombardeos, y se alojaba en el hotel Majestic (donde luego estuvo, años después, el escritor-oficial alemán Ernst Jünger). Llega Azorín en octubre de 1936. La guerra civil empieza a estancarse, a hacerse descarnada. Azorín, al caer la noche, camina por las calles de París con la misma actitud huidiza que mostraba Walter Benjamin, la de “saber perderse”. A Azorín le cautiva la luz de París. “Esa luz –dice– gris azulada y neutra, de patio de cristal esmerilado”. O, como le cuenta a Gutiérrez Solana, otro español en París: “una luz de acuario, submarina”. ¡La luz afecta tanto al ánimo! Ni Azorín, ni Gutiérrez Solana –un antisemita acérrimo–, ni Ramón Gómez de la Serna eran animosos. Los cafés entonces, hoy los bares, según sus zonas, han sido siempre el termómetro del ánimo de cada generación. Gómez de la Serna, aludiendo al Café de la Paix, decía que “en los cafés se paraba el tiempo y que salir de los cafés y ver la luz del día era como despertar en medio de un sueño”. Creo que a todos estos españoles que están en París en los años 20 y 30 la ciudad les viene grande. No dejan de ser provincianos en París. 

 

cafe de la paix-paris

 

2. Un poco más animoso, quizá, fuera Pio Baroja, que estuvo en los tiempos de Azorín y hasta vivió en su casa. Baroja escribe Aquí París, unas memorias de cuando estuvo en la Ciudad Universitaria de la capital francesa. Baroja cita pocos cafés, uno de ellos es La Rotonde y evoca cuando vio allí a Max Jacob, a quien define “como un payaso triste”. Lo curioso es que a quien Baroja quería conocer, y nunca pudo, era a Gide. No concibo dos mundos más opuestos. O quizá no tanto: los dos eran misóginos. Louis Aragon, en cambio, fue a visitar a Baroja, una visita breve. Don Pío dirá después, con gracia, que el joven francés solo quería oírle hablar español por puro gusto y que, mientras estuvieron juntos, Aragon no le dejó meter baza en la conversación. Donde sí iba Baroja era a Le Boeuf sur le Toît, y quizá allí se cruzara con Maurice Sachs, ese escritor de segunda y judío hitleriano que corrió exultante a Alemania para unirse al nazismo y el nazismo lo mandó a un campo de exterminio.

Otros españoles en París que pasaron por el Café de la Paix por aquellos años fueros los periodistas Julio Camba y Josep Plá. Y el ruin franquistón González Ruano (que engañó sin escrúpulos a tantos judíos). Y el sutil pintor Ramón Gaya (que se exilió en el 39 como coronel republicano).

Siempre que vengo a París, reconozco mi deuda con Cortázar, con Baudelaire, con Moratín, con los afrancesados (hoy denostados por alguna que otra historiadora de patrioterismo a flor de piel y rigor escaso). Gómez de la Serna decía que “el hombre de los cafés tiene la mirada perdida, infinita, la mirada del hombre que recuerda”. Con los años, con la juventud perdida en algún café, queda la “fantasmalidad”, un concepto eminentemente propio de Patrick Modiano, cuya última novela, Encre sympathique (Tinta simpática), acabo de leer en el Café de la Paix como quien recibe una carta personal escrita en esa tinta invisible.

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