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Toallas húmedas

Antonio Luque
Por Antonio Luque
El 09/12/2016
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Toallas húmedas

 

La conversación sobre el tiempo atmosférico es la más popular de todas, la que parece surgir espontáneamente incluso en situaciones violentas como la que se da en el encierro breve de un viaje en ascensor, por ejemplo, o en las canciones de éxito de los que a decir verdad no tenían nada que decir. Este día gris que vivo ahora mientras escribo, situado estratégicamente entre el de la Constitución y el de la Inmaculada, no da para más, y es de honrados reconocerlo. Algunas zonas de la ciudad estarán aún cubiertas de lodo, pero, por lo que puedo ver, el mar se ha tragado toda la tierra fértil que los ríos, venidos arriba, arrastraron sin querer, como llevándose las migas del gran banquete de la erosión, borrando toda huella del crimen del pirómano, inutilizando la comarca para siempre con la sal de las profundidades; vuelve a tener, el mar, recuerden, ese color de espejo que tanto gustaba hace nada a los narcisistas bronceados, lucidos lienzos de tatuajes disponibles en sencillos catálogos admirados por el buen ahorrador que, a pesar de los gurús de la economía, ahorra un poco porque lo vale, y, convertido en paisaje y en especie en extinción a la vez, se hace daño y cambia de color. Esos que ahora veo en First dates, sí, ese programa de televisión que he terminado viendo, harto del politiqueo. Por la misma hartura dejé hace nada a la mitad el libro de Lenin que regalaron con el diario Público cuando aún era de papel, el diario (los libros seguirán siéndolo a pesar del apoyo del Gobierno a los libros electrónicos, decisión de última hora tomada acaso para facilitar la piratería en el sector y con ella la ruina del autor, pero no seamos reaccionarios, nada escapa ya a lo digital). Me ha sorprendido su sinceridad (la de Lenin). El icónico barbudo, una estampa pop a pesar de la medida razonable de sus barbas incompletas, no oculta en ningún momento que sin armas la revolución del proletariado es imposible; eso me gusta. Pero yo no soporto ver la sangre, ya se lo dije a los compañeros del instituto cuando me preguntaron por qué no hacía medicina o ATS con mi gran nota de selectividad; incluso la idea de hacerse un tatuaje por gusto me subleva, pero la sinceridad me gusta, y le apunto al Sr. Lenin ese tanto que no le puedo conceder a otros salvapatrias camuflados sabe Dios en qué formas oportunas para la promoción. Por aquellos años de la selectividad corrí delante de las pelotas de goma de los antidisturbios, y por eso hoy puedo dar gracias al Estado en primer y casi único lugar por no haber quedado tuerto; no creo en logros mayores que la integridad física, mía y de mis seres queridos. Lo demás son objetos, refugios , principios inmediatos y fuentes de calor. Habrá alguna manera de organizarse mejor, no lo dudo.
Tengo que ir a Correos de nuevo. Lo físico aún se envía, y eso me reconforta. Es una tradición mejor que la de los árboles de plástico, los árboles talados o los muñecos cagando. Ayer me fijé en que las toallitas de WC, aún húmedas como cuando refrescaron esos anos señoritingos que no se conforman con el vulgar papel higiénico seco, salían de las alcantarillas como pétalos de una horrible flor subterránea de invierno, como hojas de una constitución de papel mojado, como pruebas fehacientes de nuevas virginidades con prisa por deshacerse de su mácula. No quiero decir que sean las toallitas las responsables de la nueva inundación de Málaga, rodeada de montes con escaso arbolado que del mismo modo que normalmente evitan la llegada de las nubes del interior, a veces retienen las que vienen del mar y no las dejan ir mientras no expriman hasta sus últimas gotas.
El ayuntamiento había invertido unos días atrás en una campaña de concienciación ciudadana por el problema de las malditas toallitas, pero es inútil; si no han sentido lástima al pasear por la playa de la Misericordia tras un día de temporal marino, cuando las olas devuelven a los habitantes sus obras de arte anal, sustituida la mierda por la arena y la espuma, mejoradas pues, ¿cómo hemos de esperar misericordia popular por la red de saneamiento? Puede que la solución sea la educación, pero es verdad que tarda mucho, y a algunos pesimistas recalcitrantes como yo nos basta con recordar como en una clase de B.U.P. de cuarenta personas solo atendíamos cuatro, entre los cuales ni siquiera un rancio como yo se encontraba siempre. Quiero ser positivo y ayudar en lo que pueda, y sé que es una tontería, pero igual hay quien no ha caído en que es posible humedecer el papel higiénico un poco antes de pasarlo por el orto o por donde quiera que se pretenda pasar la toallita. En algún festival de música he llegado a usar cerveza, porque para mí es gratis, dirá alguno, no sin razón. La humanidad tiene un gran pasado sin toallitas que demuestra que prescindir de ellas es posible. También es cierto que se pueden tirar a la papelera, y así nos lo recordarían los que se oponen a cualquier tipo de prohibición. Pero las papeleras y la educación existen desde hace siglos, y las toallitas aún rebosan los husillos en mi paseo marítimo hacia Correos, en esta maravilla de barrio en el que vivo al que no llega el presupuesto municipal de adornos navideños, para mi incompleto regocijo laico, el que sospecha que el día de la Constitución y el de la Inmaculada no están tan cerca porque sí.
En los arriates que hay junto a la oficina de Correos había hasta hace nada un señor que colocaba libros viejos y los vendía por lo que quisieras pagarle. Era una librería de viejo en toda regla, o en casi toda, pues no cuesta adivinar que han sido la policía municipal o la muerte las que lo han quitado de en medio. Más de un libro le he comprado y en pocos había señales de haber sido leídos antes. En fin, no puedo deducir nada negativo de eso, pues yo mismo trato de leerlos sin dejar rastro en ellos. En alguno han aparecido fotos de familias íntegras, aunque en blanco y negro, o billetes de tren de cuando eran cartones amarillos y blancos con las letras impresas en azul régimen. En otros, partes subrayadas que no eran mis favoritas, esquinas dobladas... y en la mayoría el amarillear del paso del tiempo que hizo que la estantería pasara de moda y su contenido sobrara, como figuritas aún vivas de Lladró, o que urgiera la mudanza o el reparto de la herencia o vete a saber qué violencias. El señor de los libros ya no está, los archivos digitales anegarán los muy erosionados campos de nuestro dudoso conocimiento y los arqueólogos del futuro quizá tengan que saber de nosotros por los rastros de las toallitas de usar y tirar a la corriente del tiempo atmosférico.

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