• Tienda
  • Cultura Fnac
Blog

Tomadura de pelo

Antonio Luque
Por Antonio Luque
El 10/05/2017
805
Tomadura de pelo

 

Doce años en Málaga son muchos. Intento recordar dónde me cortaba el pelo cuando vivía en Sevilla: sin resultados. En Málaga hace tiempo que elegí a Pepe. Roberto Herreros me retrató allí mismo en su programa de televisión cuando el enemigo aún no era el vecino, el indie, como sí lo fue en la guerra civil el que quería abrir el huevo por arriba en vez de por abajo, a lo peor porque a la hora de la verdad dejaba excrementos caninos en la puerta de al lado. Se odia lo que se tiene a mano. Odiar de lejos, como amar de lejos, es una perversión tonta.
Llamo a mi barbero y me da cita para dentro de tres días. Su éxito es absoluto, no para de darle a las tijeras ni un segundo: es el mejor y está solo en el barrio. Le digo: no sé si el jueves querré cortarme el pelo, no me apuntes. Entonces echo a andar hasta que veo una de esas nuevas barberías con fotos de hipsters de medio pelo y bicicletas de decoración, a cuya existencia quiero pensar que no he contribuido; o bien uno de esos locales de barrio regentados por algún árabe, que tan bien me cortaron el pelo a navaja en Marrakesh la última vez que fui, hace lo menos seis años. ¿Por qué no recuerdo dónde me pelaban en Sevilla? Cuando niño me llevaba mi padre a la plaza de Anita, y el barbero, un señor mayor de cuya muerte me dieron noticia años después, se quejaba amablemente de mi remolino, y el olor a colonias de garrafón me duraba varios días, así como las reflexiones propias de un encuentro de larga duración con el espejo, separado de uno por frascos de todos los colores, etiquetas comerciales y tarros de esencias que nunca se usaban.
Prefiero ser infiel a ser informal. Me imagino a Pepe esperándome media hora del jueves, barriendo hasta el último pelo del suelo, y a mí que despertándome ese día con el cabello bien puesto y aliviado porque no me lo corté finalmente cuando se me antojó, gracias al overbooking de Pepe. Antes de esperar a que mis ánimos se reconcilien conmigo mismo y con mi aspecto entro en cualquier sitio y digo: sólo las puntas. Sí, aleccionado por las mujeres, que con tanto sentido del humor se toman que en el mundo de la peluquería, como en el de la política, sea tan difícil conquistar el término medio.
Hice mal ayer en ponerme a mirar el móvil mientras acababan con el peinado del único cliente que tenían en esa nueva barbería que abrieron hará un par de años: si me hubiese fijado en el temblor de manos del joven empleado habría salido corriendo. Otro novato, no aprendo. Me ha dejado un peinado un poco hitleriano que no me va, entre otras cosas porque está trufado de trasquilones como cualquier idea utópica. La vez anterior, la del magrebí de enfrente de la puerta de San Buenaventura -esa que está criminalmente restaurada en la calle Carretería, la que parece un bloque de hormigón que se ha caído del contrapeso de una grúa más que una abertura en una muralla árabe-, comprendí que a cortar el pelo se pone hoy en día cualquiera, y salí con peor aspecto que esos amigos de izquierda revolucionaria que tengo o tuve, tan aficionados a cortarse el pelo a sí mismos, osadía a la que yo no me atrevo porque luego necesito meses para recoger hasta el último pelo del suelo. Entonces entiendo que pago más por que barren que para que corten. En fin, el pelo crece, pero el suelo no se limpia solo.
El muchacho de ayer me recordó que tengo un remolino a la izquierda, y que es mejor que no me haga la raya a la derecha. Fue en el instituto cuando la cambié de lado, le digo. Cualquier cosa sirve para ser original cuando eres casi un niño. Las canas caían a borbotones. Lo del remolino me recordó a la plaza de Anita. Miro en street view. No hay ningún local abierto, solo unas sillas de bar, pero no en el bar que había en los setenta, donde mi padre tomaba café quejándose, con razones que tardaron décadas en hacerse valer, del insoportable hedor a Ducados.
Tengo en Sevilla otro amigo que estudió peluquería porque su madre lo es, pero nunca quiso ejercer. No sé cuantas veces lo he contado, ni cuántas le dije que era más cómodo cortar el pelo a la gente que escalar antenas de telefonías u otras profesiones que ha tenido, pero no, él no ha querido ser lo mismo que la madre, y punto. A estas batallas edípicas les doy mucha importancia, y sitúo en su marco muchas teorías revolucionarias del estilo de la del Ché, que nació en un casoplón de Rosario por cuya puerta pasé poniendo la cara de asombro que se le pone tan fácilmente a Messi. ¿Cortarse el pelo en los viajes para que sea un poco verdad que hacer turismo te cambia? Puede ser. Bueno, a Rosario fui a tocar. Lo de Marrakesh fue más un regreso a Sevilla retorcido, a una Sevilla más desordenada, un poco malagueña, si tal oxímoron geográfico fuese posible.
Pensé por un momento ir a la peluquería que abrieron donde estaba la sucursal de Unicaja donde me tomaron el pelo con la cláusula suelo, pero recordé a tiempo que ese local olía a caca. Los propios empleados se quejaban con la boca pequeña de que estaban sobre una enorme poza negra y maloliente. Algunos ya no están en el local de la acera de enfrente, el que quedó abierto, y los que quedan te tratan mal cuando vas a quejarte por la cláusula, pero con una mirada que les delata: hacen como pueden lo que les dicen, aunque sin temblor de manos. El agujero maloliente sigue debajo de ellos, y aún suena el eco de la cisterna de la que tiraron en 2008 para llevárselo todo a su escondite.
Me pareció que el chico que me peló ayer se quedó esperando propina. No le pareció bastante que le sirviese como cobaya para su currículum. Nadie se conforma con lo que tiene. ¿No es de locos lo de Sor Ferrusola? ¿Qué trauma tienen esos? Es verdad que no hay trabajo con más futuro que la psiquiatría.
En fin, que la próxima vez a Pepe o a ninguna parte, lo juro.
Voy a buscar un gorro. Sin marcas ni emblemas.

Tu valoración : Je détesteJe n'aime pasCa vaJ'aimeJ'adore