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Tráfico

Antonio Luque
Por Antonio Luque
El 23/01/2019
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Tráfico

Mañana de martes en la semana después del concierto de Madrid. No sé si seguir con el libro de historia de España o poner Black Mirror, ahora que estoy solo, porque por las noches no me dejan usar la tele para ver esa serie sobre la distopía que se avecina, y casi es mejor parar el zapping en La que se avecina, sin más historias, con esas miserias vecinales de poca monta en las que nos podemos identificar sin mayor reflexión. El pasado o el futuro, ¿qué quiero para esta mañana de invierno? Subir el termostato de la calefacción con mesura o usar una manta para taparme pensando en el medio ambiente (y en la factura). Pensar en qué canciones del pasado tocar en el próximo concierto o en qué tipo de canciones quiero o puedo hacer para los conciertos del futuro. Liarme la manta a la cabeza y pasarme a algún género musical olvidado en la larga noche de los tiempos.

Si Josefina, la profesora de historia de primero de BUP -no la señora de Napoleón-, me viese con el libro gordo de García de Cortázar y González Vesga a cuestas desde hace años, trabajosa pero no penosamente desgranado en los ratos sueltos que dedico a su lectura, nunca abandonado del todo, se sorprendería bastante, si es que aún recordase aquellas mañanas del instituto del polígono de San Pablo en las que su voz y su relato de los hechos fantaseados de la Humanidad me hacían dormir, a mí y a otros compañeros de clase, sobre el pupitre, sin disimulo, sin poder evitarlo. No era nada contra ella o su manera de entender la enseñanza, al contrario: en la actualidad empleo sin dudar programas de la radio como La escóbula de la bruja o SER Historia cada vez que tengo algún problema para conciliar el sueño, lo cual, por suerte, no ocurre con mucha frecuencia. Es muy raro que permanezca despierto más de quince minutos una vez cargado el podcast, y no es porque no me guste o no me interese lo que cuentan, sino todo lo contrario: entrar en el mundo de los sueños con la ayuda de alguien es una prueba enorme de confianza. Ya he contado muchas veces que el relato monótono sobre el fútbol en la radio nocturna también me funciona para dormir. Y es que hay pocas diferencias entre la historia de las personas y la de los partidos de fútbol. La solución a muchos problemas pasa por quitar las porterías. No competir. Nos aburriríamos muchísimo, eso sí. Hay que aceptar los problemas, las reglas del juego, y después dormir. Quizá los recursos sean más limitados que los balones.

Tengo sueño, me cansa mucho ir a Madrid a tocar. Porque Madrid es la ciudad de todos y de nadie. Creo que les pasa lo mismo al Betis o al Sevilla cuando van allí a jugar a los estadios grandes. Bueno, hasta cuando van a los del Getafe, el Rayo o el Leganés les pasa a veces. Que salen como nerviosos y cansados. Nuestro concierto fue muy bien, es solo ahora, casi una semana después, cuando noto el cansancio y cierta inquietud.

Ha sido estresante especialmente esta última vez para mí, porque han llenado Madrid de cámaras y de señales de prohibido circular. El temido círculo rojo encerrando la nada blanca.  Algo sabía yo por las noticias, y pregunté al respecto antes de ir, porque es necesario viajar con una furgoneta para transportar los cacharros, en especial la batería y los amplificadores de bajo y de guitarra. No te puedes subir a un tren con un Fender Vibrolux ni con un VOX AC30. Bueno, quizá con el VOX ya dejen (no puedo evitar aquí este chiste malo, disculpe el lector). 

Los músicos suelen considerar su equipo de sonido como algo muy personal, como es la moto para el chulo de barrio o la novia para el enamorado posesivo romántico-recalcitrante-chapado a la antigua (esa chapa nunca cambiará). A mí me encantan los festivales entre otras cosas porque para evitar que los cambios entre los grupos se hagan demasiado largos disponen de unos cuantos amplificadores y unas cuantas baterías y con ellas se apaña todo el mundo salvo las estrellonas. Es uno de los pocos momentos en los que el comunismo parece funcionar, aunque tampoco es que los amplis sean de todos: los alquila el festival y no es raro que estén un poco cascados, al no tener el cuidado del propietario. Con las guitarras ya es distinto: esas hay que llevarlas, aunque en los aviones no dejen subirlas, como saben. En algunos conciertos acústicos que he hecho en islas he pedido una guitarra al promotor, aun a riesgo de parecer poco profesional, porque los profesionales llevan su propia guitarra, bautizada, mimada o con daños reconocibles: su Relic, su Chispas, su Ricardia... Preguntan qué guitarra quiero y digo: cualquiera que cueste más de 500 euros en thomann.de me sirve. (Prefiero comprar los aparatos nuevos en tiendas locales, conste, solo uso Thomann como referencia.) Se ríen y me ponen una de 300 eur, que ya está bastante bien. Pero sé que no parezco serio. Tenemos que ir con nuestras propiedades, exhibirlas. Mi hijo ya empieza con el tonteo de las marcas de ropa. Pensaba yo que eso había quedado atrás en la historia de las tonterías humanas, pero no. Todo va quedando atrás menos las tonterías.

Había preguntado por lo de circular por Madrid al management y me dijeron que no había problemas todavía, que el llamado Plan Carmena estaba en fase de pruebas. En Sevilla pusieron esas cámaras hace años, se gastaron una pasta y al poco ganó las elecciones Zoido y las apagó. También hizo lo que pudo por acabar con el éxito del carril bici en mi llana ciudad natal, abandonándolo durante el tiempo que estuvo en la alcaldía. Zoido, el de la foto esa tan divertida de la gestión de la nevada aquella que colapsó las autopistas, ese. En fin, yo no tengo coche y me parece bien quitar la circulación de vehículos privados por las ciudades; de todos modos tenía que llevar la furgoneta de alquiler llena de cacharros hasta la calle Barceló. Luego intenté aparcar en la zona azul y metí la matrícula en el parkímetro: este me dijo que no se podía aparcar, al poco averigüé que por la contaminación ese día especialmente sí que no se podía circular en el interior de la M-30, y ya no sé si las cámaras sirven para controlar todo eso de la contaminación o solo la parte aún en fase de pruebas del plan. En fin, que es como un episodio de Black Mirror en el que nada queda claro y va quedando todo a la improvisación de un guionista que no tiene ni idea de cuánto tiempo tiene para escribirlo.  

Tuve que buscar un parking privado con altura suficiente para furgonetas (2 m, no llevamos tanto bulto), y después del concierto hubo que repetir la operación: llegar a la sala, volver a pasar por delante de las cámaras, incluso subir por la Gran vía, solitaria no sé si porque era ya la madrugada fría de un miércoles a un jueves de enero o por el miedo a la infalibilidad de las cámaras. Reconozco que la sensación de tener toda la Gran Vía para mí bien valdría los 45 euros de la multada pagada con prontitud. Lo malo es que entré y salí de la zona prohibida varias veces, porque no me oriento bien en Madrid, ni en ninguna parte. Me acordé de la fuga de Logan y de la de veces que he ido ya a tocar a Madrid desde la primera del Seat Ritmo.

Es posible pues que buena parte de lo que nos paguen por lo de ir el miércoles pasado a cantar y a tocar se quede allí: la próxima vez espero que me contraten para un acústico e ir en tren. 

Trenes no faltan, salvo en Extremadura, los vemos ardiendo en la tele, o entre Málaga y Sevilla, donde iban a hacer un AVE que me habría venido de perlas, pero en la Junta se gastaron 280 millones de euros y luego abandonaron la obra.

Propongo que las salan tengan los cuatro amplificadores estándar que usamos todos los grupos (jevis aparte). Lo he propuesto mucho. No he logrado nada. El problema de las baterías es mucho mayor, no quiero ni pensar en su solución (caja de ritmos, el baile del robot, el black mirror del pasado rítmico, la ciencia ficción del tiempo medido perfectamente). Los niños del trap ya se han librado de esa tiranía. Luego voy yo y los critico. Estoy tonto.

Espero escaparme por el hecho de que las furgonetas que alquilo son nuevas, de las que llevan Ad Blue. Contaminarán menos, eso dicen. Otro camelo, ya lo sé. Urea es el Ad Blue. Flipa.

Quiero seguir componiendo, pero no quiero conducir más. Me ha dolido violentar esa buena idea que es quitar el tráfico privado de las ciudades. Esos coches blancos pequeños vacíos que salen en Black Mirror. Eléctricos, o sabe Dios. Seat Ritmo de última generación. 

Tampoco gano para chóferes ni criados, por si hay alguien preguntándoselo. Para eso hay que llenar salas bien grandes, y hay que querer tener chófer y criado. No es mi caso, ya lo siento. 

Veo en la tele a los taxistas revolucionados. Conducir en la ciudad pone a cualquiera de los nervios, los entiendo. Todo el que pueda debería abandonar ese hábito pernicioso para sí mismo y para los demás. Todos los taxis serían pocos si dejamos de creer que los coches privados son símbolos de status social. 

La competencia de UBER o Cabify es chunga. Al parecer tributan poco y fuera. Creo que tienen la guerra perdida, los taxistas. Siempre nos han parecido caros, pero aún lo es más tener coche propio: haced números. 

La gente prefiere dejar el capricho ocasional para las multinacionales. Las millones de toneladas de cartón desperdiciadas por Amazon y sus envíos sonrientes de objetos innecesarios para regalar o regalarse. El esclavo que le sube la comida al pobre que no quiere cocinar. Los pisos convertidos en hoteles para pobres desahuciados que, pese a serlo, aún se resisten a no hacer más turismo cutre. Las estrecheces de Ryanair. Los grupos de música de las multinacionales, con sus ritmos y sonidos estandarizados. Google. El espionaje convertido en broma de anuncio de televisión. Todos en manos de unos pocos: esa es la idea del confort. Y darse de hostias de vez en cuando, como método para relajarse alternatico al del amor que en vez de aumentar la población puede llegar a diezmarla. Como en una reunión de una enorme comunidad de vecinos que acabara como podemos esperar: muy mal.

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