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Tuyo, mío

Antonio Hitos
Por Antonio Hitos
El 19/09/2017
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Tuyo, mío

 

Portada Walter Popp

 

Esta es la portada de la revista norteamericana Fantastic Story del verano de 1954, obra de Walter Popp, fallecido en 2002 tras una trayectoria de más de cincuenta años como ilustrador de publicaciones pulp y portadas de libros. La circunstancia del momento y la industria para la que trabajaban promovían unas condiciones de precariedad sistémica en la que los autores plásticos recibían pagos escasos para luego ser desprovistos de cualquier derecho sobre sus propias obras, que quedaban cedidas a perpetuidad a la editorial que las reciclaba y explotaba comercialmente sin ninguna repercusión sobre el creador. Los cambios en el consumo de entretenimiento durante las décadas de los ’60 y ‘70 transformaron a la mayoría de aquellas editoriales en negocios deficitarios, y el consiguiente trasiego de los derechos de autor ha llevado a que muchas de estas imágenes hayan quedado libres. Tal es el caso de la de Popp.

 

 

Cartel María Cañas

 

Este es el cartel de la edición de 2017 del Festival de Cine Europeo de Sevilla, encargado a María Cañas. La artista es conocida sobre todo por su trabajo audiovisual, en el que se sirve de obras de otros autores que fragmenta y transforma para resignificarlas y recontextualizarlas. El uso de piezas ajenas en el imaginario propio es una práctica habitual en la historia del arte, que se ha visto reivindicado con mayor ímpetu con las técnicas de reproducción que han permitido los avances tecnológicos del último siglo.

Popp no es, bajo ningún estándar comúnmente aceptado, un autor conocido. Tanto es así que la propia Cañas ni siquiera sabía su nombre hasta que se le fue señalado una vez iniciada la polémica, así que por mera cortesía habría que asumir que tampoco esperaría que el público sí lo conociera. El público, en este caso, es la ciudad de Sevilla, para la que el Festival está abierto y cuya presencia en el mismo es necesaria para su continuidad. Ciertas corrientes del arte contemporáneo plantean a veces un dilema complicado, porque requieren de un esfuerzo por parte del espectador que no todo el mundo está dispuesto a hacer, pero también abren la puerta a absurdos como el que nos ocupa: María Cañas estropea un poco el trabajo de Popp y, sin más intervención ni acreditación a su autoría, pretende explicarle a la audiencia (y a las instituciones que, esta vez sí, pagan en justicia) que aquello es una obra nueva. El descaro de la artista no debería sorprender a nadie, porque este juego clasista de apropiación de los olvidados lo hemos visto suceder muchas veces antes, pero la defensa que algunas voces autorizadas han hecho del tema en estos últimos días no deja de ser sonrojante y, a estas alturas, también un poco frustrante.

Sospecho que hay quien apoya el discurso como vía para legitimar su propia mediocridad (“si conseguimos convencer al público interesado de que tal cosa es buena, quizás podamos convencerle de que esta otra también lo es”), pero no me atrevería nunca a decirlo para no caer en el mismo juicio altivo en el que está instalado ese sector del arte contemporáneo que no pierde jamás la ocasión de equiparar la discrepancia con la ignorancia. El posmodernismo también era esto, y ninguna estrategia le funciona mejor al charlatán que la dialéctica ficción que él mismo fabrica, puesto que no hay herramientas en su interlocutor para interpretar el rigor del mensaje.

El argumentario para apoyar o criticar el asunto se disparó rápido y, como suele suceder en estos casos, las posturas enfrentadas no han tardado en bajar al barro de la descalificación personal, de donde no pueden surgir ideas útiles. La polémica seguramente le ha dado una dimensión a la propuesta de Cañas que no hubiera tenido de otra manera, y con un poco de habilidad por su parte (y voluntad en la prensa y allegados) no le debería ser muy complicado usarla a su favor para redundar en esa autoimagen de artista a contracorriente que no reconoce límites ni ídolos. En una extraordinaria pirueta muy propia del neoliberalismo, la propiedad intelectual se pretende de dominio público, mientras que su explotación sirve al lucro únicamente de entidades privadas o individuos particulares.

Tengo que estar de acuerdo con Cañas en que el respeto por las figuras de consenso y los métodos tradicionales no debería ser ley. La iconoclasia es, me parece a mí, síntoma de salud cultural e ideología saneada, pero tampoco seamos ingenuos: no es lo mismo apropiarse de lo que todo el mundo conoce y que por tanto así se entiende, asumiendo el riesgo de que el público encuentre en esa resignificación inevitable bien una idea nueva o bien un parche a la falta de talento, que la apropiación de bulto explicada luego con pompa e impostura. Y tampoco es lo mismo interpretar elementos de una obra ajena bajo una perspectiva propia que fusilarla entera. Al que pretende que la polémica sea un valor acrítico en sí mismo, tanto le vale lo uno como lo otro, pero para el discurso creativo, que es lo que debería ocuparnos, no tiene nada que ver.

Si la resignificación no resignifica, es un fracaso. Y si ese fracaso se carga a un presupuesto público, entonces además es una estafa. Yo personalmente defenderé siempre el derecho del artista (o de cualquiera) a faltarle al respeto a quien le dé la gana, pero a quién elegimos faltarle y cómo elegimos hacerlo dice mucho de quiénes somos en realidad.

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