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Un contemporáneo llamado Felisberto Hernández

Agustín Fernández Mallo
Por Agustín Fernández Mallo
El 12/03/2018
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Un contemporáneo llamado Felisberto Hernández

 

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Acaba de editarse en España Relatos para piano, del uruguayo Felisberto Hernández (1902-1964), por Jus Libreros y Editores (Ciudad de México), de quien puede decirse que fue un verdadero moderno, vanguardista por antonomasia de las letras latinoamericanas, y no muy leído y peor editado en estas latitudes. En su adolescencia y primera juventud se dedicó acompañar al piano las proyecciones de películas mudas en su Montevideo natal, también estrenó obras propias, después iría a París y a su regreso se dedicaría casi exclusivamente a las letras. Leídos hoy, sus cuentos aún señalan nuevos caminos y puertas por abrir a cualquier lector o escritor curioso. Me refiero a esa modernidad que hay en algunas cosas, y que, con independencia de la fecha en que sean leídas, las hace enteramente contemporáneas. Sus cuentos tienen una cualidad cabal que sin embargo remite a la excentricidad, arquitectura donde las situaciones más vulgares y cotidianas toman de pronto una originalísima pátina, como el intercambio de roles entre objetos y personas, o cierta personificación de la red material que nos rodea. De él dijo Cortázar: “Como todos los grandes escritores, nos alcanza una llave para abrir puertas del futuro y salir al aire libre”, y García Márquez: “Si no fuera por Felisberto Hernández, no sería el escritor que soy”, o Italo Calvino: “Desafía toda clasificación y todo marco”. En efecto, en sus cuentos abunda un humor que desafía lo convencional: provocador, sutil y disparatado, desvía sus estándares lo que llamamos realidad, nos hace cuestionarlos qué es una visión y si tras esa visión hay alguna existencia útil para conjugar el extrañamiento del mundo, extrañamiento sin el cual la escritura es mero un informe de accidente de tráfico.

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Lo buenos editores son aquellos que no sólo editan muy bien libros, sino también quienes te hacen conocer nuevas literaturas. Así me ocurrió cuando, estando en Montevideo, el editor Julián Ubiría me dijo que le acompañara a una librería. Nada más atravesar la puerta, de entre todas las estanterías, y como si las tuviera memorizadas, se dirigió directamente a una de ellas, extrajo un volumen y me lo tendió mientras decía, “si no conoces la obra de Felisberto Hernández debes leerlo ya”. Le respondí que claro que la conocía, pero no demasiado bien. Palpé el libro, como si quisiera amasarlo, en tanto leía el título, Cuentos reunidos (Eterna Cadencia Editora), después leí esos elogios de contracubierta de los que siempre todos desconfiamos, “no hay suerte más envidiable que la de un buen lector que todavía no conozca la obra de Felisberto Hernández, uno de los narradores más excepcionales de la literatura hispanoamericana”.

Los siguientes días, en la habitación de hotel, lo leería sin apenas pausas. En aquel momento me encontraba en la redacción final de un libro de cuentos que es remake de otro -y que alguien de infausta memoria meses más tarde haría retirar de las librerías-. Mientras escribía el cuento “Ragnarök” me fui imposible no citar la obra de Felisberto Hernández:

“(…) Encontré un cuento de Felisberto Hernández, en el que el acomodador de un cine descubre que posee un don: emitir luz. Él es la luz. Él es la bombilla. El cuento no contempla una propiedad llamada autoabsorción, en virtud de la cual todo cuerpo que emite luz también consume su propia luz. Ése es el motivo por el que el 99% del conocimiento que alberga cualquier biblioteca [o incluso un solo libro, el tamaño no importa], muere en la celulosa de esa biblioteca. En Internet, esa autoabsorción la constituye la información viral”.

 

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Mi último día en Montevideo, mientras a las 3 de la madrugada aguardaba en el hall del hotel el taxi que me llevaría al aeropuerto, Julián Ubiría, que acompañaba, me dijo: “La historia de Felisberto es como de película. Tras ejercer de pianista de películas mudas, a sus 40 años de edad viaja a París, allí conoce a María Luisa de las Heras, excombatiente en la Guerra Civil Española y espía de la KGB. Regresan a Uruguay y se casan, él abandona el piano por las letras y ella se dedica a la compra-venta de antigüedades y a la costura profesional, actividades que no eran sino una tapadera de su actividad en el espionaje. Pocos años más tarde se divorciarían sin que Felisberto supiera nunca nada de la verdadera profesión de ella, lo cual indica la impecable profesionalidad de María Luisa.”

En el aeropuerto de Montevideo, a las 4 de la madrugada, hay tanta niebla que penetra en la sala de la entrada. Bajo sus hipermodernas y catedralicias estructuras de acero, un sentimiento de soledad también penetra en mí cuando creo ser el primer y único viajero del día, dato que con una medio sonrisa instantes después me confirma la trabajadora que hace el check-in. Le devuelvo la sonrisa, y ella no sabe por qué: en la pequeña chapa de identificación que tiene prendida a la solapa de su chaqueta, dice María Luisa.

 

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