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Un mundo ideal

Antonio Hitos
Por Antonio Hitos
El 28/11/2017
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Un mundo ideal

 

El verano pasado la Sociedad Protectora de Animales y Plantas de Málaga solicitó que se retiraran del Centro de Arte Contemporáneo de la misma ciudad una serie de cuadros del artista Santiago Ydáñez que formaban parte de la exposición colectiva ‘Paraís. El corazón manda’, al considerar que las obras hacían “publicidad de la explotación sexual de animales”. En su escrito de denuncia, la Protectora componía una frase imparodiable que me voy a permitir descontextualizar aquí con fines estéticos: “El arte es una forma de libertad de expresión, pero esto no nos gusta”.


Por aclarar un poco el marco, las obras de Ydáñez efectivamente ilustraban escenas de bestialismo en un grado de figuración bastante explícito. Mi capacidad para ruborizarme es felizmente baja y las pinturas me parecieron interesantes, pero entiendo el impacto que según qué imágenes tienen en algunos espectadores. Ahora bien, el ejercicio facistoide de pretender erradicarlas para el resto es una historia totalmente distinta que algunas causas nobles parecen no tener del todo clara, y la tendencia a caricaturizar como insensible a la reivindicación de fondo a cualquiera que disienta de estos autoritarismos está haciendo el debate muy difícil. El escrutinio literal del que se sabe cargado de razón es útil para el progreso social cuando se dirige a instituciones y corporaciones, pero es insoportablemente infantil cuando se mete a interpretar las ideas polisémicas que componen una obra de arte en un museo, un chiste en WhatsApp, o todo lo que queda en medio. La verdad, a veces me sorprende que algunos indignados perpetuos consigan sobrevivir en ese constante estado de afectación sin arrancarse los ojos de la cara.


La respuesta práctica a qué pasaría si estas reivindicaciones fueran tenidas en cuenta quedó muy clara en esa especie de distopía que ocurrió en enero de 2016 cuando el presidente iraní Hasán Rohaní visitó Roma y, para no ofender su cultura, todas las estatuas de desnudos ubicadas en los pasillos de los Museos Capitolinos por los que Rohaní debía pasar fueron cubiertas con biombos blancos. La realidad recompuesta al gusto de la volátil sensibilidad colectiva o individual, y la consiguiente banalización descafeinada de la esfera pública. Si erradicamos todo, no se ofende nadie.


Por suerte, la historia de Ydáñez y la Protectora tuvo un final feliz en forma de comunicado por parte del Centro de Arte Contemporáneo de Málaga en el que se declara que “la libertad de expresión es un derecho inalienable de la cultura”. Y es inquietante que el mazazo de sentido común con el que concluye el escrito siga siendo oportuno aún entre adultos sanos: “Hay que separar la ficción de la realidad.”

 

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Quiero creer, tal vez con ingenuidad, que la mayor parte de la gente educada sí que distingue la realidad de la ficción y prefiere sonrojarse y cabrearse de vez en cuando con películas y canciones antes de convertirse en censores intransigentes, pero este problema de libertades se complica con el altavoz que las redes sociales dan a los más motivados. Y me he acordado de todo esto porque hace unos días pasó por España el dibujante argentino Berliac presentando su última novela gráfica, ‘Sadbøi’, que fue anunciada en Estados Unidos como novedad de enero de 2018 en la editorial canadiense Drawn & Quarterly para ser luego retirada cuando un texto del autor fue recuperado en redes sociales bajo acusaciones de transfobia. De nuevo, por aclarar un poco el marco, el texto en cuestión es una breve reflexión de Berliac absolutamente enajenada extraída del fanzine ‘Seinen Crap #2’ en la que parece equiparar su decisión de cultivar un estilo artístico marcadamente oriental siendo él occidental con las crisis identitarias por las que atraviesan algunas personas transgénero. Increpado por distintas voces del mundo del cómic particularmente sensibilizadas con la causa LGTBI, Berliac respondió en una huida hacia delante de insultos y descalificaciones, y en ese tránsito, al dedo acusador se le hizo muy fácil imputarle a ‘Sadbøi’ los vicios que se le señalaban a su autor, mezclando una vez más la realidad con la ficción.


Y me he acordado también de cuando Ficómic retiró de la exposición dedicada en el Salón del Cómic de Barcelona a los ganadores de la Beca INJUVE un cuadro de Víctor Puchalski por una queja de un visitante. Y de cuando la editorial Image retiró la portada del número 4 de la serie de Howard Chaykin ‘The Divided States of Hysteria’ por las críticas en Twitter. Y de todas las veces que las voces de unos pocos, en defensa de la corrección y la empatía, se hicieron tan ruidosas que aplastaron a las otras.


‘Sadbøi’ ha sido publicado en España por la editorial Sapristi, y yo agradezco mucho la sensatez y el esfuerzo por que el panorama editorial no se convierta también en el concurso de simpatía al que otras industrias culturales están irremediablemente abocadas.

 

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