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Una cima

Antonio Hitos
Por Antonio Hitos
El 22/05/2017
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Una cima

 


No sé casi nada sobre música. La conozco y la reconozco en su expresión emocional, pero su composición es un lenguaje oculto para mí. No puedo crearla ni comunicarla, y apenas soy capaz de explicarla con mínima elocuencia porque todas las herramientas de las que dispongo son abstracciones y contextos. Sin una formación específica, tengo que guiarme por mi cultura accidental para definir mis gustos y confiar en que mi curiosidad me obligue a buscar más allá de lo que me arrojan los canales habituales. Y cuando aprendo y descubro algo, no puedo evitar sospechar que en realidad sigo sin saber nada, en un campo cada vez mayor. Es una forma interesante de ignorancia, porque sin embargo la entiendo. Entiendo algo, cuando escucho música. Igual que todos.

 

En el extremo opuesto, el lenguaje de los cómics. Este sí lo entiendo, pero quiero entenderlo tanto que por todos lados veo dudas. Mi interés por sus posibilidades es tan infinito como infinitas son esas posibilidades, y así sé que nunca lo voy a entender del todo. Es parte de su atractivo, claro, porque esa comprensión parcial es también creación, y la búsqueda empieza en aquello que uno elige entender y aquello que elige ignorar. Pero cuando leo un cómic, a diferencia de cuando escucho música, no solo leo lo que ese cómic ha terminado siendo, sino que no puedo evitar empatizar también con la búsqueda del autor, invisible en las páginas. Y es una experiencia distinta, porque me doy cuenta de que gran parte de los cómics que más me gustan tienen una visión sobre el lenguaje cercana a la mía, y mis gustos son así una extensión de mi personalidad, o más bien la expresión de mis anhelos: mis cómics favoritos son también los que tienen las ideas que me hubiera gustado tener a mí.

 

La editorial Astiberri acaba de poner en la calle la reedición de 'Aventuras de un Oficinista Japonés', el cómic de José Domingo que se publicó originalmente en 2011 y que fue premiado en 2012 como Mejor Obra de Autor Español en el Salón Internacional del Cómic de Barcelona y nominado un par de años después, en su edición de la británica Nobrow, a Mejor Obra Extranjera en los premios Eisner. Aunque todo el reconocimiento es de sobra merecido, no son los galones los que convierten al Oficinista en el clásico contemporáneo que es. Algunas obras parecen estar dotadas de una especie de don de la oportunidad, y vienen a ocupar, en el momento exacto, un hueco tan perfectamente trazado a su medida que cuesta imaginar que antes ahí no hubiera nada. Y no hay arbitrariedad posible en este asunto. Cuando pasa así es porque alguien, en ese instante, supo ver más lejos y abrió un camino que sólo se hace obvio después, cuando el resto de autores vienen a recorrerlo. El Oficinista aparece todo el tiempo en las conversaciones entre los autores de mi generación. Fue una cima, pero también un principio.

 

'Aventuras de un Oficinista Japonés' es un cómic desnudo que solo tiene sentido en su expresión secuencial, convirtiéndose en una obra formal sin serlo y sublimando hasta sus últimas consecuencias una de esas posibilidades infinitas de los cómics. José Domingo conoce el lenguaje con tal exhaustividad que sus trucos se vuelven invisibles al ojo, pero consiguiendo de alguna forma que resuenen en la lectura. Un poco como cuando escuchas música, y la entiendes sin entenderla.

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