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Una tila

Antonio Luque
Por Antonio Luque
El 15/06/2016
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Una tila

 

He estado de bolos por ahí, disculpen la tardanza en compartir un nuevo texto. Bolos son conciertos. Actuaciones en directo, como quieran llamarlos. Aquí no habrá acuerdo tampoco. Puede que no haga falta. Es como lo de los toldos del vecindario. En algún momento se decidió que fuesen amarillos. Y es raro, pero la mayoría lo es, aunque no hay dos toldos colocados de igual forma, y hasta un vecino se atrevió con las rayas blancas. Por no hablar del que puso un chamizo, haciendo lo que le salió del rabo en virtud de su autenticidad tribal. Esto último me pasa a mí a veces, aunque no con los toldos. El mío es el mejor de todos, porque el sol siempre encuentra un resquicio para entrar, como si lo hubiese colocado un Galileo perverso o un descendiente malagueño de este, al que no quemaron por un error de cálculo. Me parece que ya he contado esto de mi toldo en alguna red social o aquí mismo, vete a saber.

Hay un buen montón de anécdotas que contar de los bolos, pero los diarios de gira de ese tipo nunca han llegado muy lejos en la literatura universal, y si proliferan es por la ocasión del IVA al 4% y la vanidad de todos los que, como yo, estudiamos lengua en el colegio, pero música no, que es de golfos, como bien saben nuestros padres.

No sé por qué se les llaman bolos. Ojalá los shows en vivo transcurriesen como el juego de los bolos. En Valdelagrana inauguraron en los 80 la que se decía por El Puerto de Santa María que era la primera bolera americana de España, al calor bélico de la base de Rota. La mujer del promotor lanzó la bola inaugural y se cayó de culo, porque un cura previamente había lanzado con el hisopo su poquita de agua bendita. Los zapatos aquellos de alquiler, antecesores de los Camper que tanto he usado, me chiflaron, y cuando llegó mi turno para el lanzamiento gratis tuve potra y tiré tantos bolos que con la emoción no vi los que quedaron en pie. Es uno de mis sonidos favoritos, el de la esfera girando sobre la madera y luego impactando en esos muñecos obesos, en formación y sin rostro: hay alguna necesidad de guerra, un recuerdo de la bomba de los dibujos animados, algún atavismo de Pedro Picapiedra que queda satisfecho al jugar a los bolos, como al colocar un chamizo en vez de un toldo.

También regalaban en Vigalpe 500, que así se llamaba la urbanización flamante de Valdelagrana, helados y Coca Cola, y se podía patinar gratis en la pista de arriba, pero el patinaje era preferido por las niñas y esa pista quedó inevitablemente unida al arte de ligar, que por aquellos días empezaba a valorarse por una necesidad biológica que, por impepinable, ha despertado siempre mi rebeldía a la vez que mis instintos. Entiendo que la especie deba seguir adelante y haya que reproducirse, pero la base de Rota estaba allí por algo, y cuando veo a los hooligans pegarse con los rusos en la Eurocopa que estos días se juega, entiendo de nuevo que los deportes son sucedáneos de las guerras, como los bolos podrían ser skinheads de izquierdas o de derechas, pienso ahora cantando por Camper Van Beethoven. Y es que hay mucha gente que no ha querido estudiar no ya música, que no había, sino ninguno de los conocimientos humanos que hayan quedado por escrito. Ni gratis ni pagando, ni con reválidas ni con selectividades. ¿Y qué hacemos con ellos, si ellos han decidido ya qué hacer antes que nadie, como buenos matones?

Cuando llegué a casa, tarde, mi padre me soltó una hostia. Mi preferencia por el ocio nocturno comenzó ese día a preocuparles, y hasta hoy, junto con mi aversión a las autoridades.

Acaban de llegarme dos multas por haber entrado dos veces con la furgoneta junto a la sala Joy Eslava por la calle San Martín. Rellenamos un papel de permiso y todo, pero lo que no ha pasado las otras tres o cuatro veces que he tocado allí anteriormente pasa ahora con el gobierno de la señora Carmena. Y supongo que hay razones para ello, pues, según más de un periodista reconvertido, la verdadera cultura es la que puede ofrecerse en el metro, las plazas, las calles. Pasando la gorra por parques como el del Fórum, imagino. Vivir de gorra, esa vieja utopía, de nuevo de moda.

Me encantaría poder ir en transporte público a los conciertos, dicho sea de paso; considero que circular por las ciudades en vehículos privados es un atentado contra la salud pública, pero llevar una batería y unos amplificadores en el bus de línea puede ocasionar también no pocas molestias al prójimo. Hace décadas que pienso que debería haber una batería y un par de amplificadores buenos en cada sala de conciertos. El problema es aquí el mismo que el de los toldos del vecindario, que siendo más o menos iguales todos son diferentes, y un heavy no quiere el mismo amplificador que un indiepop, siquiera por el logo, e incluso entre varios bateristas de indiepop las diferencias pueden ser origen de muchos palos. Una pulgada de más o de menos en uno de los seis tambores afecta a nuestro arte de un modo aún insospechado incluso para mí, por no hablar de los parches lisos o rugosos o de los platillos turcos. En mi querencia dictatorial yo obligaría, por ejemplo, al uso de amplificadores Ampeg de bajo para todos los estilos, pero no quiero ni pensar en la asamblea de bajistas haciendo una cacerolada bajo mi lejanísimo despacho en la puerta del Sol. Así que recurriré las multas si no quiero ser partícipe en el pago de impuestos revolucionarios. Me pregunto si a todo el que va a la Joy le llega su multa de San Martín. Me cuentan que solo a Chinarro y a Hola a Todo El Mundo. Mala suerte.

Tuvimos también problemas en nuestras ciudades de residencia, cómo no. A los profetas se les prefiere muertos y enterrados, y solo a las estatuas y a las tallas se les reza.

En Granada se me ocurrió hacer una observación sobre la falta de seguridad en el trabajo de los técnicos de luces, que estaban haciendo la cabra sin cables, y fui testigo de la existencia de la mítica malafollá en estado casi líquido, presagiando ríos de sangre en el escenario. Luego encontré a estos mismos técnicos tomando cerveza frente al parc del Fórum, pues trabajaban, como tantísimas personas, en el Primavera Sound. Una casualidad que sirvió para limar asperezas entre los bandos y para confirmarme que había acertado llevando también mi propio técnico de monitores, y no solo el de P.A.

Monitores son las cuñas esas que hay en el escenario, y los que estamos encima de él escuchamos lo que cantamos y tocamos por esas vías. La P.A. es la que manda el sonido hacia el público. Lo he explicado otras veces. Puede ocurrir que suene bien por la P.A. y mal o muy mal en los monitores. Por eso siempre preguntamos a algún fan qué tal ha sonado, porque realmente desde arriba no podemos saberlo. Y aunque por defecto, nunca mejor dicho, en cada sala o festival haya unos técnicos preparados para hacer que todo suene bien, es muy recomendable llevar tus propios técnicos y propiciar esa acumulación tan española de personas para hacer un mismo trabajo, esa ley de los rendimientos decrecientes que debió de formularse entre cañas y tapas.

Aún nos estamos burlando del sonido del debate de los cuatro candidatos a presidentes del país. Observen por tanto qué riesgo corremos los que vendemos música, en directo o en lata, en vez de enchufes futuros. Y no me hablen de la lata que se la doy el doble.

Y en Málaga, ay en Málaga… ha pasado lo del pie de hi hat, que es una parte de la batería que se nos olvidó traer desde Granada en día del concierto. Por suerte, si es que puede haber algo de suerte en este mundo, había un puto pie de hi hat en el teatro, que pedimos prestado. Veinte días después nos escriben para decirnos que no lo encuentran y que lo tenemos nosotros. Así, tal cual. La fuente de la simpatía en Andalucía oriental puede ser origen de un conflicto, como puede serlo cualquier nimiedad. Si no estuviese redactando esta entrada de blog aquí mismo, en Málaga, no daría crédito a lo que leo. Sin embargo me lo explico todo, y no encuentro ninguna solución que no sea violenta, por lo que me van a permitir que deje aquí mismo de reflexionar y me haga una tila.

Etiquetas: música antonio luque
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