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Una vieja carta de otro septiembre

Julián Rodríguez
Por Julián Rodríguez
El 22/09/2015
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Una vieja carta de otro septiembre

 

Querido J:

Me siento perezosa para escribir, pero dejo por un momento las tareas de la casa y te envío estas líneas.

Estoy pintando la casa, puertas y ventanas, de color rosa. Un rosa chicle que es una barbaridad. Te haría gracia, seguro… Pongo, como fondo musical, los compactos que me prestaste el último día. Me hacen compañía cuando estoy sola. Por poco tiempo: a la hora de comer aparece mi familia, alguna amiga. No miento si digo que todo es perfecto ahora. Hasta la temperatura de estos días de septiembre lo es…

Supongo que la razón de la rara felicidad que me asalta reside en no desear nada más. Si acaso, poder alargar un poco estas últimas semanas de vacaciones… Es un deseo razonable.

Con el fin, aquí siempre tan prematuro, del verano muchos han vuelto a sus trabajos en la ciudad y estamos todos más tranquilos. ¿Todos? Mi hermana, mis padres, yo… Y por la noche, el sonido del agua de los caños de la fuente recupera su intensidad habitual… Menos voces, menos niños jugando. Quedamos los cuatro gatos de siempre.

(…)

Tuve que dejar de escribirte durante un instante. Para pensar cómo podría explicar estas sensaciones y mi estado de alma en medio de tanta contradicción: ¿qué siento por ti?

Lo que sí está claro es que tengo una necesidad física de permanecer aquí más tiempo…

En general, los cambios que aprecio en el pueblo me molestan, también los recién llegados. Me vuelvo huraña con ellos. Pienso que no comparten mi deseo de tocar la tierra, de hincar las uñas en ella, de fundirme con la hierba húmeda, con los helechos; de impregnarme de todos los olores y de arrancar la corteza a los pinos para aspirar el aroma hasta sentir un mareo, de arañarme con el brezo y comer briznas tiernas… Me alimento de este aire. Es un proceso lento, fatigoso. A veces se sufre un poco el monte. Sí, debo decirlo así… Y los días que más cansada estoy, le propongo a mi hermana los paseos más largos. Por la noche, jamás me voy a la cama sin caminar una hora. A veces nos tumbamos en la carretera solitaria para mirar el cielo como cuando éramos niñas. Poder estar aquí me parece un milagro.

(…)

Ya es de noche. Estoy en mi habitación, en la cama pero casi en cuclillas. Pienso en esa tierra húmeda y siento deseos de meterme un puñado en la boca. Reconozco el sabor, aunque no sé cuándo la probé. Recuerdo el tacto áspero y el choque de las piedrecillas contra los dientes… Debajo de los pinos, si quitas el musgo con la punta de las botas, aparece una capa viva.

Creo que he de imponerme un tono más moderado para decirte que no me apetece regresar y volver a mis clases. No pienso demasiado en mis alumnos, sólo cuando alguien me pregunta.

Hace unos días hablé con L. Me alegra que esté en la casa a mi vuelta. Es mejor que volver a una casa vacía.

Me resisto a bajar a la ciudad… ¿Sabes cuál era mi sueño para este verano? Pintar mientras escuchaba tus discos.

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