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Verano. Cuatro libros buenos de verdad

Adolfo García Ortega
Por Adolfo García Ortega
El 17/07/2017
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Verano. Cuatro libros buenos de verdad

 

1. El bosque infinito, de Annie Proulx. Sencillamente apabullante, la novela más cautivadora que he leído en mucho tiempo. Annie Proulx es un nombre clave en la literatura norteamericana. Famosa por Atando cabos, novela que fue película, y, más recientemente, por el cuento Brokeback Mountain, oscarizado film. Ahora Proulx, escritora sabia, narradora portentosa –¡cuánto me impresionó Postales, allá por los años noventa!-, nos deja en esta novela-río (o en realidad, novela-bosque, para ser justos con la trama fascinante de este libro) una maravillosa historia que abarca más de doscientos años. Por sus páginas pasan varias generaciones descendientes de dos leñadores que fueron a Nueva Francia en el XVII y entraron en contacto con dos mundos íntimamente unidos: los indios y los bosques. De la fusión con la naturaleza surge esta novela que lo tiene todo –y no es retórica, todo es todo- lo que una novela ha de tener: mundos, voces, viajes, personajes, emociones, descripciones, tiempo, acción, sucesos, vida… No conozco a nadie que haya leído esta novela y no haya brotado en sus ojos un brillo cómplice al referirse a ella.

El bosque infinito

 

2. Por breve herida, de Margo Glantz. Un libro culto, inteligente, irónico, ferozmente humano y vivencial. Una joya que aproxima a la obra de una de las más grandes figuras de las letras mexicanas, además de una mujer libre y liberadora. No es fácil definir este libro, pero cabría decir que a lo que más se parece es a un mosaico, feliz e imperfecto, de piezas biográficas, reflexivas, ocurrentes, sardónicas, eruditas, narrativas, aforísticas, subversivas, explicativas y lúcidas, unidas por el hilo de quien tiene que ir al dentista en repetidas ocasiones. El libro lo motiva la relación entre la cultura vivida y leída de Margo Glantz y el trance de enfrentarse al hecho de “la breve herida” que el cuerpo padece en la tan fantasmagórica situación en que la boca se abre para ser odontológicamente intervenida (que no “deontológicamente”). Lo alucinante es que, en estas páginas, el cuerpo, la mente, la vida y el dilatado conocimiento de la autora están al servicio de su inmensa astucia para disponer las palabras de manera que este libro inclasificable llegue a ser absorbente. Su lectura me remitió a otras obras anteriores de Glantz, como Saña o Yo también me acuerdo. Libros para aprender y gozar.

Por breve herida

 

3. Las rosas de Stalin, de Monika Zgustova. Libro de madurez narrativa de esta escritora que concita varias “identidades”. Centroeuropea de Praga, pasada por Estados Unidos, Monika es también ciudadana muy vivida en España, en Barcelona. Yo la tengo por compatriota en muchos niveles. Quizá el más básico sea el de española, ya que lleva en nuestro país desde los años ochenta. Pero es mi compatriota en el bando de los convencidos europeístas, en el del compromiso por la libertad y la democracia y en el del inquebrantable amor por la literatura, preferiblemente la buena, conscientes ella y yo de que esa es nuestra patria común auténtica. De patrias, identidades, libertades y amor por el individuo va su novela sobre Svetlana Allilúyeva, la hija de Stalin, que tan cruel vida tuvo pero tan rica. Su historia, fértil para la imaginación, ha sido novelada con la “profunda ligereza” propia de la narradora sutil y elegante que es Monika Zgustova. Novela inolvidable y sorprendente que contiene el relato de unos hechos insólitos pero verídicos. En los tiempos que corren, además, no está de más insistir contra los males derivados del totalitarismo, cuyo fantasma vuelve a recorrer la Europa de la que escritoras como Zgustova son un faro y un lujo.

Las rosas de Stalin

 

4. Anales cervantinos, de Francisco Rico. Con el maestro Rico siempre se aprende con delicia y siempre se aprende lo que no se conocería de otro modo si no fuera porque él lo enseñara. Tiene el don de indicar algo, como un matiz, sugiriéndolo para nuestra observación, o para agrandar nuestro conocimiento, o para dar más valor a algo perdido de pasada, o para hacernos sonreír, que de eso puede presumir mucho Rico. De sobra es sabido que, en materia del Quijote, como en materia de Lope de Vega, de Petrarca, del Lazarillo, amén de la historia de la literatura -desde la Edad Media hasta el Barroco-, el maestro Rico es Dios. Un Dios innovador y pródigo, además. Indiscutible y reconocido. Hace años que vengo proponiendo (al aire de los medios, claro) su nombre para el Premio Cervantes, pues aunque historiador y académico, el maestro Rico es también un analista ensayístico que domina y asombra con su castellana prosa. En Anales cervantinos, Rico reúne distintos ensayos y comentarios que, con motivo de los últimos centenarios del segundo Quijote y de la muerte de Cervantes, publicó en El País en forma de artículos, no por ligeros menos sagaces. Son textos acerca de aspectos novedosos y originales, quizá poco tratados o infrecuentes, del Quijote… y sus consecuencias, pues versan a veces sobre hechos colaterales, eso sí, jugosos. En ellos hallamos un nuevo motivo para entrar y disfrutar, tanto de la obra de Cervantes como de la siempre chispeante y bien condimentada sabiduría de Rico. “Admiratio non petita, humiliatio manifesta” (él ya me entiende).

Anales cervantinos

 

   

 

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