• Tienda
  • Cultura Fnac
Blog

Volando

Antonio Luque
Por Antonio Luque
El 09/04/2018
565
Volando

 

Estaba comparando precios de Ryanair con los de Vueling para un viaje que suelo hacer y he recordado que quería escribir sobre equipajes, sobre objetos. Como tantas veces. Aparte de la salud y el amor (el sexo), los objetos son sobre todo los objetos de nuestra preocupación. Ante la idea de un traslado para muchos lo principal, más que el viaje mismo, es el cálculo de lo que llevarán consigo y lo que dejarán atrás. Hay un programa en la tele, en DMAX, el de las fronteras, en el que se comprueba que la diferencia entre países es afirmada por la fiscalización de los objetos, entre los cuales se encuentra el dinero el metálico como objeto rey, el objeto de los objetos, el fetiche mismo. Luego están la mierda de las drogas, las armas, los productos falsificados... En fin, los hits de la Humanidad.

Yo viajo mucho a Barcelona, hasta cuando no tenía un duro iba, por gusto: a ver a Sonic Youth, al BAM, en el tren de los soldados, en autostop y durmiendo entre ratas en el suelo de las gasolineras, como fuera preciso para escapar del amargo far niente sureño post 92, del eterno rival en forma simplificada de Betis - Sevilla; de los que pasean sacos de cemento en peso equivalente a tallas sagradas, sudando en balde, cortando las calles, los laberintos moros de la cerveza de litro caliente, el caucho recalentado y la naranja caída.

Hoy día los aviones son la versión alada de los autobuses; huelen igual, nadie se arregla ni se peina o perfuma especialmente porque vaya a volar (antes pasaba, yo lo viví, tengo una edad). A veces ni siquiera las azafatas o azafatos parecen haberse duchado el día en curso; se les nota mal pagados, cansados y explotados, enlatados, tristes versiones estratosféricas de los vendedores que atrapaban ancianos en tómbolas rodantes para darles la charla y colocarles cualquier trasto o producto engañoso con la excusa de la excursión.

Dijo la Unión Europea que ya se podían subir las guitarras a las cabinas de los aviones como equipaje de mano, pero será que el aire no es europeo ni de ningún ciudadano: por encima de las borrascas mandan los que llevan los aviones y por las guitarras te cobran otro billete (o más de 50 euros si prefieres que te las rompan los del personal de tierra al echarlas con frustración de personas a la bodega, al carro o al suelo. En el aire no manda la UE. Tampoco en España se le presta mucha atención a lo que diga la UE. Un país en el aire.

Somos cangrejos en un cubo. Al no poder subir las paredes del cubo, ni pellizcarlas ni nada, los cangrejos se dedican con fruición a cortarse las patas unos a otros (mientras aparte la cazuela con agua hierve), negándose entre ellos cualquier posibilidad de supervivencia. Si los cangrejos se organizaran podrían trepar unos sobre otros y solo morirían los héroes que ofrecieron sus espaldas para que los demás llegaran, si no a la cima, a la salvación. Sin embargo es de ilusos esperar eso de los cangrejos, apenas podemos imaginarlo, y hasta habrá quien piense que desvarío. ¿Quién espera que alguien siga las instrucciones que dan los azafatos y las azafatas en caso de emergencia? Creo que soy el único que pone el modo avión, y es fácil ver a gente mandando mensajes e incluso hablando con el avión en vuelo.

Fuera del cubo tampoco hay gran cosa. ¿Qué hace un cangrejo pateando por el suelo de la cocina? Eso deben de pensar los viajeros ante la idea de un peligro enorme: nada. No se piensa y en paz. No se obedece tampoco ninguna instrucción: en todo caso se tienen en cuenta para poder inventar la correspondiente trampa cuanto antes y conseguir así un triunfo parcial, una exigua victoria, una pata del de al lado cortada, como cuando levantan el reposabrazos de delante y casi amputan la rodilla del de atrás si es alto, hecho que conmigo se da a menudo, porque, díganme, si el reposabrazos se puede levantar y bajar, si el viajero tiene esa libertad, o la de reclinarse en la bandeja de la comida y menearla, aunque no se haya comprado comida ni se lleve portátil o, mucho menos, un libro, ¿por qué no ejercer esa libertad y moverlos todo el rato? Si se pudiera aprovechar esa energía de los pasajeros al moverse se ahorraría muchísimo queroseno. Desgraciadamente esa falta de respeto hacia el prójimo genera una energía chunga que solo se libera en las guerras. Las fronteras están preparadas.

En Ryanair ahora bajan a la bodega del avión todas las maletas que no hayan pagado un suplemento, el de prioridad de embarque. Muy hábiles: se acabó la pelea por ponerse antes que los demás en la cola, pasando más tiempo en pie que sentados luego en el avión. Pronto pagará todo el mundo el suplemento y habrán de inventarse otro o subirlo de precio. Sin embargo dejan subir mochilas, incluso más grandes que las maletas de tamaño cabina, con lo que el problema solo ha cambiado de forma y el suplemento viene a ser como el pago de la facturación del segundo bulto, el de forma rígida, el que estaba pensado para subir a la cabina. El mundo al revés, una vez más. En Vueling pueden subir dos bultos con tal de que uno quepa bajo el asiento delantero. Yo no sé qué es peor, si los mochilazos o el retraso que en Vueling acaban acumulando con su supuesta flexibilidad. Pronto los aviones llevarán baca, a este paso. La gente prefiere la supuesta libertad que da Vueling y desprecia la más restrictiva normativa de Ryanair aunque ofrezca, gracias a ella, mejores resultados de puntualidad y precios, e incluso a pesar de que aún no hayan sabido neutralizar la trampa de la mochila. Es por eso que ningún sistema político funciona demasiado bien. Lo importante es la ausencia de norma o la posibilidad de la trampa: eso es el motor para la mayoría, la vida misma. Yo prefiero Ryanair, a qué negarlo. Es más, creo que ese loco que la dirige ha salvado España, por mucho que aún no hablen castellano a bordo. Bueno, si piensas que el turismo es una plaga no estarás de acuerdo. Pero hasta nuevas noticias este es un país, España, de camareros y de pisos vacíos esperando inquilinos con dinero.

Mi único equipaje ha sido siempre una guitarra y algo de ropa interior, una camisa, calcetines, desodorante (¡no lo olviden, por favor!), y raramente un pantalón además del que lleve puesto. En una funda blanda de guitarra todo eso ocupa menos que la mayoría de las maletas, pero hay gente que tuerce el gesto con solo ver la forma del instrumento. Lo sé desde que enseñé a mi padre la primera que compré, aquella Squier japonesa que malvendí al volver de Nueva York, cabreado porque el disco que grabé no era lo que yo hubiese querido. Aquella vez llevaba yo mochila. Después aprendí. La mochila se perdió y apareció meses después en casa de mi familia gracias a que dentro llevaba ¡un DISCOPLAY! Una revista catálogo de venta de discos, que recibía por correo y en la que figuraba mi dirección. También le rompieron el violoncello a uno de los que fueron conmigo a grabar. El resto sobrevivió entre reproches y algún porrazo más.

Así que en vez de pagar la facturación de una guitarra y que algún mozo de equipajes la destruya, abrí el Wallapop en cuanto aterricé la última vez y encontré otra Squier en muy buen estado que un chico de Barcelona no quería porque dice que él toca flamenco y que esas cuerdas tan finas de alambre no son para él. Una ganga. Esta no es japonesa, sino de Indonesia. ¡Viajan mucho las Squier, sabe dios cómo! Está nueva y es bonita, igual que la que tenía J en aquellos años noventa, solo que la suya es americana. Toqué en algún festival de Benicàssim con ella, me la prestaba porque yo aparecía con las manos vacías y la espalda descargada. Espero que esta nueva me dé para hacer alguna canción; ya va siendo hora si quiero tener un segundo disco para Mushroom Pillow en más o menos un año, dentro de esta nueva etapa. El primero ya sabrán quizá que se publica el 6 de abril.

Quedé con el chico que no quería la Squier de Indonesia en la FNAC de la plaza de Catalunya. En vez de esperar en la puerta como si esperara a un camello entré y pedí un café. Siendo por la tarde una taza de esas de máquina de ruido supersónico de bar me hace más y peor efecto que algunas drogas excitantes ilegales, así que suelo pedirlo descafeinado, pero me despisté y no dije nada y me lo pusieron normal y no muy caliente. Me sentó como un tiro y el corazón, ese preciado objeto, empezó a hacer cosas raras, de las suyas. Hace mucho que no miro en la Fnac cuántas copias de mis discos hay. La existencia de la música va siendo inexorablemente sustituida por la de tostadoras y aspiradoras y, bueno, por portátiles y móviles con los que conectarse a plataformas como Spotify. Ciertamente es una maravilla tener casi toda la historia de la música al alcance de un click (y de unas cuotas que más o menos todo el mundo logra pagar). Así que fui de cabeza a la sección de libros, porque los libros son un invento aún imbatido, aunque no por ello tan popular como se dice. El CD fue al vinilo lo que el libro electrónico al libro de papel. Por suerte el libro sí ganó su batalla y sigue siendo una excelente trinchera en los vagones de metro, donde la gente oculta tras las páginas sus miradas, del mismo modo que en la playa. En los aviones se lee menos, porque es imposible cruzarse con los ojos de nadie (azafatas aparte).

De pronto veo a Juan Cervera, del Rock de Lux. Venzo mi timidez y, porque me cae bien, no me escondo tras un libro y le doy un toque en el hombro para saludarle. Charlamos de su revista, del paso de Chinarro por El Segell del Primavera, de los festivales, de que iba a comprar una guitarra vía Wallapop y faltaba un poco para que llegase el chico. El rato se acaba, nos despedimos y bajo de nuevo a la cafetería pasando por la zona de las revistas, en la que compro un ejemplar del Rock de Lux que me servirá para guiarme por el Spotify escapando de la rutina endogámica de los "artistas similares". Aparece el de la guitarra, se la compro y me vuelvo por donde vine, andando, libre, con la única carga que necesito llevar.

Tu valoración : Je détesteJe n'aime pasCa vaJ'aimeJ'adore

Anónimo

El 18/04/2018

Entresaco varias lecciones de las anécdotas relatadas... la más importante es que con un bajo o guitarra Squier se puede hacer buena música. Estaba ahorrando para comprar un bajo y guitarra Fender (soy muy clásico, ya tengo cierta edad) pero creo que voy a dar otra salida a esos ahorrillos