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Volver a Miguel Torga

Adolfo García Ortega
Por Adolfo García Ortega
El 31/08/2016
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Volver a Miguel Torga

1. Durante el verano he leído otra vez a Miguel Torga. ¿Nos habíamos olvidado de él? Este gran escritor portugués, cuyo verdadero nombre era Adolfo Correia Rocha (1907-1995), de rostro cincelado a cuchillo y prosa realista hasta el hueso, había desaparecido del mapa literario al uso, ese que queman a diario los periodistas culturales en sus medios de comunicación cada vez más simples. De su rostro, el propio Torga decía: “Mi perfil es duro como el perfil del mundo”. Hace veinticinco o treinta años, la aparición de un libro nuevo suyo era recibida con entusiasmo y celebración. Hoy parece estar al margen.

Torga fue un gran poeta, como demuestra su antología La paz posible es no tener ninguna. Y fue un gran cuentista. Son memorables sus colecciones de relatos Cuentos de la montaña, Bichos, Vendimia o Rúa. Y deslumbrante es su novela La creación del mundo. Pero más inolvidable es su extenso y profundo Diario. Toda o casi toda su obra en castellano está o estaba publicada en Alfaguara. Hoy es difícil acceder a ella, y sin embargo sigue teniendo vigencia porque le habla a la realidad de tú a tú y sin complacencias. Su obra parece imitar a su rostro, y sus cuentos tienen algo de límite lineal, fronterizo, definitivo. Serían algo así como los cuentos de un Carver más seco y recto de carácter, un Carver sin evasivas, digamos. O un Cheever con menos imaginación, un Cheever del pueblo, en cierto modo. Su Diario y sus páginas autobiográficas, nunca distanciadas de la realidad, nunca dejadas perderse en vericuetos egocéntricos, mezclaban su vida con la del mundo, con la gente, las cosas, tristezas y alegrías de la gente corriente, de las que tanto sabía por su profesión de médico (era otorrinolaringólogo). Cuando le dieron el premio Nobel a Saramago, Portugal entera se preguntó por qué no se lo habían dado a Torga, que lo merecía más.

 

2. Quizá fuese porque no era simpático, ni daba entrevistas, ni decía lo que sus lectores querían oír; quizá fuese porque el señor Torga era demasiado auténtico y poco dado a cócteles y paladeo de poderosos (al contrario que Saramago). Muchos escritores que son o han sido médicos terminan arrastrando una especie de dolor ajeno que se les instala en la cara o en sus textos. Lo que llevan en sus palabras es el sufrimiento de los demás. Y, como consecuencia, arrastran una mirada que siente piedad, nunca conmiseración, por el ser humano que somos todos, especialmente los más débiles. Torga tenía un pathos unamuniano, por así decir. Esto le habría encantado al maestro Torga, porque sentía predilección por Unamuno. Lo que le llevaba a sentirse inútilmente iberista, y a considerar como una unidad la suma de valores, tan ricos, que daría la conjunción política y cultural de Portugal y España. Todo esto, tal vez, contribuya también a su actual olvido. Sin embargo, está en la estela, gigantesca, de Camoens y Gil Vicente, de Antero de Quental y Sa Carneiro.

Sus relatos recogen hechos corrientes, insignificantes, sin concesiones a la doblez, pero plagados de hombres y mujeres anónimos que no tiene más voz que su tiempo y su pasar por él; aparece en ellos la enormidad de la existencia. Sus poemas son poemas de derrota tras un arduo combate, el de seres agotados que se enfrentan a la desolación para rehuirla. Pero Torga es un titán redentor, pese a su personalidad trágica, y su Diario es un terreno lleno de vitalidad, compasión y esperanza. Nunca dejó de ser un médico humanista que cartografiaba los sentimientos con justicia y equidad. Su literatura tiene algo paradójico: parece espiritual sin dejar de ser materialista por principio. Creo que Torga es el escritor portugués más grande desde Pessoa. Los cuentos son el mejor medio para entrar en la obra de Torga. Luego se puede leer su Diario, que es fascinante y cercano, visceral, sin adornos ni hechizos ideológicos. Es un escritor de tierra árida, de pasiones contenidas y verdades desbordadas, como la lucha y la fatalidad. La recorre el aire claro de su Tras-os-Montes natal. Cuando se lee a Torga, se sabe que el filo siempre corta, que hay que eludirlo. Y sin embargo, en la literatura de Torga se desborda el amor de un autor por sus personajes, que es el mismo que el del médico por sus pacientes, o el del compatriota por sus convecinos. Seres anónimos todos estos que en la literatura de Torga se hacen universales y eternos.

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