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Zooliteratura

Adolfo García Ortega
Por Adolfo García Ortega
El 13/06/2017
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Zooliteratura

 

1. “Literatura. Desconfiar de esta palabra”, decía Camus. Es un arte embaucador que encierra muchas cosas buenas y muchas cosas menos buenas (como las ilusiones frustrantes), pero sobre todo encierra muchos peligros (por ejemplo, los deseos imposibles, los sueños irrealizables, los países inalcanzables). La literatura sirve para sanar y para conjurar, para empeorar y para mejorar. Sirve, muy fundamentalmente, para deleitar. Y sirve para subvertir, porque incita a pensar, incluso con deleite. Subvertir el orden imperante, ya sea a título personal o ya sea a título colectivo. De ahí que la literatura cambie a las personas. Dé ideas. Cree conexiones. Cree problemas.

La literatura sirve también para dar respuestas, tanto como la biología. Y la lectura es una búsqueda permanente de respuestas, que además se agudiza con la edad, cuando uno ya creía estar de vuelta de todo. Quien busca respuestas es obvio que antes se ha hecho preguntas, y por tanto quiere conocer. Pero lo bueno de los libros es que generalmente dan respuestas a preguntas que aún no nos hemos hecho. Que nos las hacemos porque el libro nos las sugiere. ¡Qué cierto es, entonces, que los libros van por delante y tiran de nosotros preventivamente!

En esto, mi tendencia es ver al escritor como a un animal salvaje. Al apostar, siempre tiendo a caer del lado del escritor provocador. Del que propone en sus libros un diálogo con el lector, para fascinarlo, para agitarlo, para arrastrarlo consigo a lo desconocido en un viaje que lo galvaniza de la realidad. El escritor que respeta al lector sin endiosarlo (¡que no se venga arriba el lector solo por serlo, tan comodón él!) y le exige concebir la lectura como un recorrido similar a la escritura, o sea como un trabajo, es decir, entender la lectura como arar de nuevo el mismo campo que antes ha labrado el escritor. Realizar, pues, un cierto esfuerzo: es lo que proponen Nabokov, o Faulkner, o Georges Perec, o Muñoz Molina, o Martínez de Pisón, por poner un puñado de ejemplos. Complicidad, diálogo, prolongación del libro en el lector, exploración.

 

2. Y, hablando de animales salvajes, esto me lleva a pensar que el mundo libresco es una especie de gran zoológico. Con especies y subespecies y subespecies de subespecies. Simplificando: al igual que los animales, hay escritores grandes y pequeños, diminutos y mastodónticos, salvajes y amaestrados (algunos casi disecados, porque también los hay resecos y muertos en vida); claro que todo esto del salvajismo animal no es garantía de belleza: es evidente que el tigre es bellísimo, pero el gato también nos gusta; el caballo es maravilloso y elegante y el tapir o el jabalí nos repugnan, por no decir las ratas, que repugnan salvajes y amaestradas.

Hay escritores-rata como hay escritores-cisne, y escritores-cebra, y escritores-hipopótamo, y escritores-hámster, y escritores-león, y bastantes escritores-mono, que se imitan unos a otros sin vergüenza; los hay que vuelan y los hay que se arrastran, los hay que nadan en todas las aguas y los que se ahogan en un charco, los hay que tienen plumas y los hay que no tienen plumas, los hay que muerden y los hay que hacen su letargo invernal. Los hay solitarios y los hay en manada. Los hay loros y los hay microbios.

Y luego están los escritores-animales en vías de extinción. Quizá lo estén porque su literatura, su trabajo, su creación, sus textos, en suma, también están en vías de extinción. Y no me refiero precisamente a los malos novelistas (estos proliferan y tienen el éxito asegurado), sino a los buenos. Los buenos novelistas son una especie a proteger, son el escritor-lobo, el escritor-lince, el escritor-wallaby…

Y en punto de animales, ¿quién es el lector? ¿Qué papel tiene en nuestro zoológico literario? Lo veo más bien como una especie en plena evolución darwiniana. Ha evolucionado y ya está al otro lado de los barrotes. A los escritores nos mira y nos tira cacahuetes. Sí, supongo que el lector es ese: el de “afuera”. Lerdo o agudo, está ahí, se ha hecho el dueño del zoológico y nos da de comer.

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