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Por Cultura Fnacel 04/10/2021
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Aunque ya durante los setenta empezó el asunto como un ruido de fondo cada vez más difícil de acallar, no se puede negar que los ochenta fueron la década del cambio, cuando el cómic empezó a tomarse en serio a varios niveles y en varios ámbitos al mismo tiempo. En Francia, Moebius y compañía demuestran que hay vida más allá de Astérix y Tintín, y empiezan las primeras importaciones de eso que en el país del sol naciente llaman Manga y que allí ya se considera un tema muy serio a tener en cuenta; en España la caída del régimen hace que broten autores como setas en lo que en ese momento es el cómic underground o el cómic comprometido, con gente como Nazario, Carlos Giménez o unos incipientes Daniel Torres o Miguelanxo Prado; y en Estados Unidos dos tipos están llamados a darle una vuelta a los cómics de superhéroes, y con un golpe en la mesa, dejar bien claro que Batman ya no es cosa de críos.

Frank Miller le estaba dando la vuelta a Daredevil en Marvel, cuestionándose por qué demonios un tipo ciego que salía de noche con un traje de boxeador roñoso de su padre asesinado por la mafia podía dar saltos por los tejados haciendo chistes, y de la pérfida Albión llegaba un tipo barbudo, mago oficial en su Southampton natal, que a alguno le sonaba vagamente de haber visto su nombre en algún cómic del Capitán Britannia (¿en serio? Steve, ¿no tienes nada que decir?), y que desembarcaba en DC para hacerse cargo de un trasnochado cómic de terror sobre un científico que adquiría poderes, se convertía en una especie de musgo gigante con testículos y que vivía lamentándose en una ciénaga inmunda. Dicho así puede que no dijera gran cosa, pero si eras uno de esos espabilados que tenía la suerte de que en su tienda de cómics llegaban cómics de la Gran Bretaña y habías tenido la curiosidad de echar un vistazo a esa cosita llamada ‘V de Vendetta’, firmada por un tal Alan Moore… Igual sentías una cierta humedad anticipatoria en más sitios además del cerebro.

Y es que Alan Moore llegó al establishment de DC (léase esto como el panteón de personajes existentes con trayectoria de la editorial de cómics más longeva del mercado estadounidense) con la firme de intención de coger un personaje de la segunda división y hacer con él lo que le viniera en la real gana, y lo que es mejor, que le pagasen por ello. Creado en 1971 por Len Wein y Berni Wrightson en una historia corta para ‘House of Secrets’, cómic antológico de terror, tuvo en su primera aparición un éxito considerable, pasando al cabo de un año a tener una serie regular cuyo arte de Wrightson se colocó en la mira de aficionados no sólo al cómic de terror. Pronto, como muchos cómics de enfoque más adulto en esa época, su impacto empezó a diluirse poco a poco, hasta la llegada de Moore y sin ninguno de sus creadores originales al frente, que vio el enorme potencial de un personaje así en un momento en que la conciencia ecológica estaba pasando a ser algo más que cantinelas de hippies tras el flowerpower, y la cosa estaba empezando a ponerse oscura.
Moore, acompañado de una buena pléyade de dibujantes más o menos conocidos y afines a sus propósitos, cogió al justiciero vengador de calzoncillos de hierba y lo convirtió en un ser pensante mimetizado con la naturaleza, una especie de criatura elemental vegetal con muy poco recuerdo de su etapa como hombre, con una visión metafísica de la existencia que le permitía trascender más allá del típico conflicto del bien contra el mal, convirtiendo un cómic de terror en una historia no carente de suspense y ciertos sustos (Alan es un tipo muy listo y sabe conjugar elementos en apariencia poco compatibles; no deja de ser curioso que de sus páginas surgiera el bueno de John Constantine, Hellblazer para los amigos, por ejemplo), pero comprometida con el medio ambiente, la denuncia política, el feminismo, las tramas de corrupción y planteamientos filosóficos que hasta ese momento poco o nada se habían visto en el cómic, y menos en el de superhéroes americano.

Y como bien sabe el amigo Moore, ningún cómic trasciende sin el dibujante adecuado, y si algo caracteriza al genio inglés es la capacidad de escoger al autor gráfico ideal para la historia que va a contar, incluso aunque a ti como lector no te lo parezca cuando empiezas a sumergirte en sus páginas si no termina de cuadrarte el estilo del artista elegido. Pero sabe Dios (Alan) que antes de llegar a la mitad de la lectura, y desde luego al final de la misma, acabas por estar seguro que ese y no otro debía ilustrar esa narración. En este caso, los lápices de Rick Veitch, Stan Woch, Stephen Bissette, John Totleben, y sobre todo el gran Alfredo Alcalá, no sólo están a la altura, si no que a pesar de tratarse de varios autores diferentes son capaces de mantener una coherencia visual pocas veces vista en este tipo de series, lo que dice bastante no sólo de su calidad, sino de su nivel de compromiso para con el objetivo final de la narrativa secuencial orquestada por Alan Moore. Y eso se nota en su disfrutable y fluida lectura.
La actual edición integral de todo el trabajo de Moore en la serie, agrupada por ECC en un mayúsculo tomo de casi 1.200 páginas en un tochal algo menor de su tamaño original (pero que no afecta negativamente a un dibujo que resiste el cambio de proporción con dignidad y resolución), está muy cerca de poder considerarse como la definitiva de esta etapa tan icónica, influyente y tan determinante para la historia del cómic, con mayúsculas.
Texto: David Romera (Fnac.es).
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