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Blake & Mortimer: tras la pista de la línea clara

Cultura Fnac
Por Cultura Fnac
El 28/02/2024
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Blake & Mortimer: tras la pista de la línea clara

Norma afronta la primera edición integral que se edita en el mundo de las aventuras de los dos aventureros creados por Edgar P. Jacobs


Puede que Hergé sea el padre de la línea clara, y Tintín su profeta, sin duda. Pero si eso es así, Edgar P. Jacobs es el hijo predilecto (y en cierto sentido metafórico, desde luego lo es), y Blake y Mortimer sus discípulos. Y es, después del bueno de Georges Remi, el belga más anglófilo de la Escuela de Bruselas (o como también se conoce a la generación de comiqueros que definieron la línea clara, de manera más erudita, Escuela de Tournai), hizo mucho por cimentar los principios más influentes del estilo más clásico del cómic franco belga. Y eso, con tan solo ocho álbumes de su puño y lápiz.


Al contrario que Hergé, o hasta hace relativamente poco, los mismos galos más irreductibles del cómic, los herederos de Jacobs permitieron continuar las aventuras de su progenie narrativa hasta nuestros días, en los que, casi ochenta años después de su nacimiento en el primer número de la revista Tintín, editado en septiembre de 1946, siguen las aventuras de estos dos ínclitos ingleses, expertos en meterse en todos los fregados, y mantener por el camino su inamovible flema inglesa intacta, lo que da una “pequeña pista” de su nivel de influencia y permeabilidad en la historia del cómic. En el último álbum hasta el momento, el que hace el número 29 de la saga, Ocho horas en Berlín, los dos compañeros verán culminar sus investigaciones paralelas en un Berlín con dos años de consolidación del infame muro que mejor materializó el metafórico telón de acero de la Guerra Fría durante casi treinta años. Con guion de José Louis Bocquet y Jean-Luc Fromental, y arte de un Antoine Aubin absolutamente poseído por el espíritu de Jacobs, vio la luz en octubre del pasado 2022; y, francamente, dudamos mucho que sea el último en hacerlo.

 

 

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Un integral para reunirlos a todos


Decíamos que es la primera vez que se lleva a cabo una edición integral de una de series clásicas más influyentes y determinantes del cómic europeo, y nadie mejor que Norma para conducirla a buen puerto. Blake & Mortimer: Integral 1 es el primero de lo que serán seis tomos, que en total reunirán los ochos primeros álbumes realizados por Edgar P. Jacobs (bueno, ocho y medio, en realidad, pues la segunda parte de Las tres fórmulas del profesor Sato tuvo su final veinte años después de que saliera a la venta su primera parte, dejando terminado su guion tras su muerte) y el resto de aventuras dibujadas y guionizadas por otros pilares del cómic europeo, como André Juillard, Jean Van Hamme, Ted Benoit o Jean Dufaux, hasta llegar al total actual de 29 entregas, lo que demuestra la todavía vigencia de los personajes a pesar del paso de los años. Teniendo en cuenta que la periodicidad planteada inicialmente es de sacar a la venta un nuevo tomo de manera semestral, raro será que al llegar al sexto tomo no hayan sido superadas las 30 aventuras del dúo más british del cómic.


Este primer Blake & Mortimer: Integral contiene los primeros cinco álbumes que dibujó Jacobs, que le hicieron independizarse de su padrino laboral para dedicarse de lleno a ella en 1947, tan sólo un año después de su primera aparición, lo que es un indicativo claro del grado de éxito que tuvo la serie. Los tres tomos que conforman El secreto del espadón, una temáticamente arriesgada incursión en una hipotética Tercera Guerra Mundial, tan sólo un año después de que se diera por finalizada la Segunda. Iniciada esta vez por el llamado Imperio Amarillo (de ascendencia asiática, como era de esperar, dados los años), liderado por el megalómano Basam-Damdu, aspirante a dominar el mundo (ninguna sorpresa al respecto), con la complicidad del siempre temible Conde Olrik, quien se convertiría paulatinamente en el principal antagonista de la saga.


Una historia inoportunamente belicista dadas las fechas, pero muy precisa en cuanto a la utilización de los avances tecnológicos al servicio de la destrucción, exponiendo una escalada aritmética que parece no tener fin, y que obviamente tiene su inspiración en los avances de las bombas nucleares tras el resultado del Proyecto Manhattan, y pionera de lo que será el terror nuclear, uno de los subgéneros narrativos más populares en la ficción (y no tan ficción) de los años venideros. Una trama que no duda en usar convenientemente las constantes que definirán la incipiente Guerra Fría, así como los detalles que identifican a los villanos de la historia con los usos propios de los ejércitos japoneses, chinos e incluso soviéticos, enemigos oficiales del mundo occidental en esos años, en una visión ostensiblemente racista, como por otra parte era habitual por el entonces. Como es el caso de Fu Manchú, o el malvado de Siam, el mal venía siempre del este.

Con las dos entregas de El misterio de la gran Pirámide, un ejemplo más de la fiebre por la egiptología que invadió a la sociedad europea de la época tras el descubrimiento de la tumba de Tutan-Kamon por parte de Howard Carter y a la que ni el Tintín de Hergé fue inmune (con Los cigarros del faraón como bandera, en cuya portada, por cierto, se cuela el propio Jacobs a modo de broma privada), y también imbuido de la habitual labor de documentación tan meticulosa de Jacobs, una de las señas de la casa, se completa este primer tomo integral, que además incluye para la ocasión no sólo un buen número de extras gráficos, incluyendo bocetos de los estudios de los personajes, ilustraciones inéditas, etc., sino también sendos artículos, muy meticulosos y recomendables, escritos por Antonio Altarriba, Premio Nacional del Cómic en 2010 y coautor de El arte de volar y Yo, asesino, entre otros, y Jorge García, también guionista y crítico de cómics, donde analizan y justifican la ponderación de uno de los clásicos indiscutibles del cómic europeo de posguerra.

 

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Un belga en la corte del Rey Arturo


Algunas de las claves del éxito de las aventuras de estos dos ejemplos de típicos caballerosingleses, el valiente y aventurero Percy Blake, oficial británico del MI5, el servicio secreto de seguridad interna al servicio de su graciosa majestad, y el científico y cerebral Philip Angus Mortimer, físico nuclear de origen escocés, una pareja lejos de los cánones literarios habituales del momento (inspirados en dos amigos del círculo de Jacobs), aguerridos y aventureros que bajo toda circunstancia se tratan de usted a pesar de años de amistad (como la tripulación del USS Enterprise; aunque sean prácticamente familia, nunca se tutean), cuya relación se basa en la cooperación entre ellos y no en la contraposición o el conflicto (curiosamente, suelen avanzar por separado en sus aventuras, hasta que llega un punto que confluyen), pasan por el enfoque claramente adulto que Jacobs imprimió a sus historias, dejando de lado la infantilización, o como mínimo juvenalización, del medio comiquero durante esos años, haciendo paralelismos muy inteligentes y precisos con la realidad sociopolítica de los turbulentos años que siguieron al fin de la gran guerra contra el eje del mal.


Páginas repletas de bocadillos de texto y cuadros explicativos interminables, donde abundan las coletillas literales en inglés, son algunas de las ineludibles señas de identidad de unas historias que no podían quitarse el sambenito de ser escritas para chicos o para hombres, con un papel de la mujer menos que testimonial, hecho que en el fondo tiene su explicación no en la propia narrativa de estas historias (que se adaptaba a ello, claro), sino en la fuerte censura que había en los cómics en ese momento, relativa a la representación del cuerpo femenino, un tabú para el que han tenido que pasar muchos años para que se considere medianamente abolido.

Mucho de su atractivo residía también en el meticuloso trabajo de documentación y precisión del dibujo de Jacobs, todo un maestro a la hora de representar la tecnología, los vehículos, los fondos de escenarios industriales, etc., habilidad que perfeccionó durante sus años de trabajo en el estudio de Hergé, donde, junto a otros artistas como Bob de Moor, colaboraron gráficamente de manera muy estrecha con el creador de Tintín, lamentablemente sin ningún tipo de reconocimiento artístico (cierto es que eran otros tiempos, no estaba tan considerada la labor autoral en los cómics, y la marca que vendía era la de Hergé; pero tampoco hubiera sido una excentricidad por su parte un poco de crédito, aunque fuera en la letra pequeña).


Jacobs entró a trabajar en el estudio del creador del capitán Haddock en 1943, poco después de llamar su atención con la publicación de su primer cómic como autor total, El rayo U, una historia clásica de ciencia ficción en la que se nota la influencia de lo que sería su primer trabajo profesional en 1942, completar un cómic del Flash Gordon de Alex Raymond, cuya continuidad se vio truncada por la guerra (Estados Unidos dejó de enviar material de entretenimiento a los países ocupados por los nazis) y la escasez de papel. Comenzó entonces una breve pero intensa colaboración, en la que Hergé le contrató para hacer fondos y elementos estáticos en las nuevas versiones de las aventuras del reportero del Petit Vingtième, que estaba modernizando para su publicación en álbum, participando incluso en labores argumentales en historias como El tesoro de Rackham el Rojo, Las siete bolas de cristal y su continuación, El templo del sol.


Fue el propio Hergé el que le facilitó su gran éxito al inaugurar el primer número de la revista Tintín, publicando la primera entrega de El secreto del Espadón en 1946, devolviéndole el favor que le hizo Jacobs al proponerle como editor de la revista cuando nadie le quería contratar debido a las acusaciones de colaboracionismo durante la ocupación alemana. Pese a toda la mala prensa que se ha alimentado a lo largo de los años, parece que Hergé y Jacobs en realidad fueron grandes amigos, al menos al principio de sus carreras. No solo por la oportunidad de inaugurar una revista de tanto éxito con su obra más personal (a pesar de que a Hergé no le gustaban demasiado las aventuras de Blake y Mortimer, como él mismo declararía más tarde). El propio Jacobs aparece como una de las momias de la portada de Los cigarros del faraón, y hay referencias directas a su colega, como el cantante de ópera llamado Jacobini, que aparece en El asunto Tornasol, y se dice que incluso Bianca Castafiore, la diva de la ópera y eterna pretendiente de un receloso Haddock, fue creada como broma hacía su compañero.

 

 

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Y es que Jacobs no sólo era un gran aficionado a la ópera, cosa que se puede notar en la estructura casi operística de sus obras, con una grandilocuencia que le suele sentar bastante bien a lo épico de muchas de sus historias, sino que su carrera como cantante se vio truncada en 1940 por culpa de la II Guerra Mundial, como podemos ver en la interesante biografía en cómic que, recientemente, también ha publicado Norma Editorial, E.P. Jacobs, el soñador del apocalipsis, obra de François Rivière, que tuvo la oportunidad de entrevistar en varias ocasiones al propio Jacobs antes de su muerte en 1987, acompañado del dibujo de Philippe Wurm, uno de los herederos actuales más notables del estilo de cómic de línea clara. Quién sabe, igual debido a las circunstancias se haya perdido a un notable intérprete de ópera para la historia, pero lo que es seguro es que, de no haber sido así, nos habríamos perdido a uno de los autores clave para otorgar el nivel de alta dignidad que ha tenido el cómic europeo durante el siglo XX.



David Romera (Cultura Fnac)

 

 

 

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