Blog Los espías
Por Antonio Luqueel 07/02/2022
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1. “Tierra de furtivos”, de Óscar Beltrán de Otálora (Destino).- Primera y electrizante novela de un periodista curtido en el mundo contra ETA y dotado con el raro don (incluso hoy en día) de escribir novela negra de corte tradicional: intensidad, antagonismos, crímenes y descreimiento. En un contexto de bosques y pantanos, con una trama de cazadores furtivos y nostálgicos del terrorismo, el oficial de la Ertzaintza Josu Aguirre -todo un hallazgo de personaje- se ve metido en un laberinto trepidante. Una investigación que se revela tan pantanosa como la oscura cúpula policial para la que Aguirre trabaja, y un guarda forestal, Mikel, antiguo escolta que trata de ubicarse en una realidad nueva social, política y humanamente, se encuentran por medio de Tatiana, una prostituta, y se adentrarán por una vía tenebrosa para zanjar cuentas y abrirse al futuro. Espléndidamente escrita, “Tierra de furtivos” preludia lo que tal vez sea una interesante serie de novelas en la estela de James Ellroy, el gran escritor a quien esta novela homenajea, en cierto modo. De lo mejor que se ha publicado en este arranque de año.

2. “El señor Wilder y yo”, de Jonathan Coe (Anagrama).- Estaba yo lamentando haberme tragado (no sin profundo cabreo) “Desde dentro”, las plúmbeas, egolátricas, banales e irritantes memorias de Martin Amis -un escritor bastante banal-, cuando vino en mi ayuda la nueva novela de Coe, autor británico de los más estimulantes de las últimas décadas. “El señor Wilder y yo” ofrece una novela deliciosa, pero no por ello menor ni convencional; Coe tiene siempre una perspectiva original y un desarrollo envolvente que suena a buena literatura clásica, con argumentos acertados e inauditos. En esta ocasión nos introduce en el alma de una compositora de música para cine, quien recuerda un episodio del que fue testigo en la vida del director Billy Wilder. En “El corazón de Inglaterra”, su novela anterior, Coe ya dio la que para mí fue una de las mejores novelas europeas. Ahora no defrauda en absoluto. Quizá Amis debería aprender algo de él.
3. “El valle de los arcángeles”, Rafael Tarradas (Espasa).- Excelente novela-río muy bien urdida, de naturaleza folletinesca y con una trama densa propia de las novelas ambiciosas. Cuenta con todos los elementos para atraer a un público que quiera pasar un entretenido tiempo de lectura: potente argumento con intriga, subtramas bien hilvanadas, personajes sólidos -sobre todo los femeninos-, historia de superación y construcción personal, diversos amores felices e infelices, crímenes, lucha social en la Barcelona del XIX, una revolución de esclavos en el contexto colonial español de la Cuba previa a la guerra de 1898, y una narratividad en la que suceden constantemente hechos y situaciones que hacen avanzar la acción hacia un final dramático, galdosiano. Con ecos de “Lo que el viento se llevó” o las novelas de Blasco Ibáñez y Julia Navarro. Carne de best-seller, pero de calidad.
4. “Violeta”, de Isabel Allende (Plaza y Janés).- Novela sencilla, lineal y clara, cargada de emociones y de buenas intenciones. Contada en primera persona, por Violeta del Valle -personaje ficticio-, abarca de 1920 a 2020 y cubre, pues, hasta la actual pandemia de coronavirus. La novela es el relato autobiográfico de los hechos claves de una vida muy larga destinado a los oídos de su nieto Camilo, sacerdote en una misión en África, poco antes de morir centenaria. Desde luego, esos cien años solo pueden contarse con trazo grueso, pero, en manos de una escritora experta como es Isabel Allende, siempre la senda es interesante. Porque es verdad que no narra nada nuevo, ni en los personajes ni en las emociones ni en las situaciones. Y sin embargo, está contado todo con la suficiente elegancia y la habitual eficacia de esta autora, aunque de una manera un tanto light, como de una Allende rebajada, por así decir. Es indiscutible su capacidad narrativa, al igual que lo es ese don que ella tiene para evocar el tiempo y para tejer personajes que se transforman en sus relaciones. Por otra parte, están manifestados algunos de los aspectos que caracterizan a Isabel Allende, el mayor de todos, su feminismo. Todos los personajes femeninos son fuertes, decididos y edificantes; los masculinos, vagan entre perdidos y superados por la vida, cargados de frustración y limitados por un machismo destructor. Esta actitud un tanto maniquea está muy evidenciada en Violeta, pero con la sutileza de una narradora de raza.