Por Pol Rodellarel 11/03/2025
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Pensar que uno escribe de la nada, que inventa algo nuevo cada vez que lo hace, me parece bastante ingenuo o, por lo menos, autocomplaciente. Todo lo creamos en colectivo; por acumulación. Cogemos lo que ya han hecho otros, lo juntamos y lo transformamos en algo distinto. En el arte, en concreto, lo que escuchamos, leemos y vemos deja un poso que se cuela en nuestra obra, aunque a veces sea sin querer. En este proceso de coger, mezclar y hacer propio es para mí de donde sacamos las ideas. Ideas que quizás sí parecen nuevas, pero que definitivamente no aparecen de la nada.
Podríamos decir lo mismo de las personas; aunque no sea ninguno de los tres, yo tengo el divagar de mi padre, lo práctico de mi madre y la nariz de mi abuela (mucho más grande, eso sí). Así que pensando en estas dos cosas, me gusta creer que a los libros se les puede deducir también un árbol genealógico. Uno con todos sus familiares, los que podrías identificar al vuelo y los que, si no te lo dicen, te costaría sacar el parecido. (Y ojo que hablando de hacer propio, la idea tampoco es mía, que es de la señora K. Le Guin).
Así que si en el último texto hablé de la memoria y de dónde salían las historias que se cuentan en Barbecho, hoy quería escribir sobre el lugar del que viene su manera de contarlas. Es decir, hacerle un pequeño retrato familiar. Para empezar, podríamos hablar de su familia literaria: las novelas. Las primas lejanas del cómic que como no pueden hacerte ver, te lo cuentan todo.
Entre esas primeras primas pondría a La casa de los espíritus, Cien años de soledad, Crónicas de una muerte anunciada y alguno más del realismo mágico que seguro que me olvido. Yo que siempre había usado los libros como forma de evadirme, en sus páginas me encontré viviendo generaciones enteras y aprendiendo sin querer. Siguiendo la excentricidades de la familia Trueba aprendí sobre Allende y Pinochet; y con Macondo y la familia Buendía, sobre la historia de Colombia (y del resto del continente americano, en realidad). Pero además, con ellos pude sentir el paso del tiempo, el hacerme viejo o el perderlo todo y volver a empezar. Me enseñaron pues el poder que tiene la mezcla de fantasía y realidad para contar mucho más que sólo los hechos. Y que con pequeñas historias cotidianas, aparentemente inconexas, se puede contar algo mucho más grande y sutil, una vez se juntan.

Un poco en esta línea, estarían también Pedro Páramo (Juan Rulfo) y La lluvia amarilla (Julio Llamazares). Igual contra-familia entre ellos, no lo sé, pero parte de Barbecho seguro. Ambos narran la historia de un hombre y un pueblo que se terminan. En esa decadencia, lo real e imaginario, el recuerdo y el presente, y el pueblo y el hombre se van juntando hasta que todo de vuelve una misma cosa. Esta metamorfosis se marca en cada libro a su manera. En el libro de Llamazares, con una lluvia amarilla que lo va tiñendo todo; y en Pedro Páramo, con una lógica y sentido de la narración que se va volviendo cada vez más difícil de seguir. Unos libros que me marcaron mucho y de donde sin duda salen las casas blancas de Barbecho.
Cambiando de rama familiar, podría hablar después del cine. Personalmente, no soy muy cinéfilo; no en el sentido de que no me guste ver películas, si no más bien en que nunca aprendí a analizarlas bien (además los señores franceses me suelen resultar difíciles de digerir). Pero sí que hay dos que no podría saltarme.
Una es Moonlight (Barry Jenkins, 2016), de la que diría que Barbecho sacó los huesos. Buscando cómo estructurar la historia de Emilio me acordé de la película del estadounidense. Con sólo tres días distintos de su vida (de su infancia, su adolescencia y su adultez), el espectador sigue la historia del protagonista, la de su amigo y la de su madre a lo largo de varios años. Y además mediante momentos cotidianos, el filme se las apaña para tratar temas de racismo, clase, drogas, masculinidad y mil cosas más de la sociedad estadounidense. Me fascinó cómo, con tan poco, la película podía contar cosas tan complejas y abstractas de manera tan delicada. Poniendo los elementos justos en el sitio justo, se deja al espectador la capacidad unir los puntos y rellenar los huecos, condensando mucha información en poco espacio.
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Y la otra sería El espíritu de la colmena (Víctor Erice, 1973). No tanto por la escena de la proyección a la que Barbecho guiña sin querer (en realidad yo sólo transcribía la experiencia de una mujer de mi pueblo que resultó ser clavadita), si no más bien por la perspectiva de las niñas protagonistas. Qué recurso más potente y más bonito hablar de la posguerra y la represión desde los ojos de un niño.
Después, me faltaría hablar de los familiares de primer grado: los otros cómics. Una mezcla de novelas gráficas que por distintas cosas se han quedado conmigo y que en mayor o menor medida han influido en Barbecho.
De este grupo, los más más cercanos serían de Ana Penyas y de Paco Roca. De Roca en concreto, hablaría de Regreso al edén y La casa. Con la excusa de una foto familiar y una casa de verano en cada caso, los libros reconstruyen la historia de los padres del dibujante (Aunque La casa no sea estrictamente autobiográfica). Alternando pasado y presente, el autor consigue en ellas que los lectores hagamos el ejercicio de recordar con los personajes. Y con ayuda de silencios y conversaciones íntimas, nos va metiendo poco a poco en sus historias hasta que las hacemos nuestras. Me gustó mucho lo personal y el ritmo reflexivo que se respiraba en ambos.

En el caso de Penyas, diría clarísimamente que Todo bajo el sol. Un librazo donde la autora nos cuenta con muchísima habilidad algo tan complejo como la turistificación de la costa valenciana. Siguiendo las distintas generaciones de una familia, Ana teje sus historias a lo largo del tiempo para hacer visibles todos los cambios que sufre su entorno. El resultado es una panorámica muy personal de la situación que emociona. Como en muchas de las otras referencias, sus libros están aparte llenos de matices que hacen que, como lector, disfrutes desgranando todas sus capas.
Luego, ya en la parte más de estilo y un poco menos de la trama (como el meñique torcido de mis primos, que sacaron de mi bisabuelo), me quedaría con otras tres novelas gráficas/autores que leí mientras hacía Barbecho y que de alguna forma quiero pensar que se colaron entre sus páginas.
En Por culpa de una flor, de María Medem, la historia comienza también en un pueblo (aunque post-apocalíptico en este caso) y con un solo personaje. En este escenario, me encantó cómo Medem separaba lo que cuenta con su monólogo de lo que cuenta con las imágenes, generando un montón de espacio a interpretar. Y a la vez, cómo aprovechaba este espacio para centrarse y ampliar detalles del entorno, que te llevaban a ver, oler y oír lo que la protagonista.
De Rusty Brown, de Chris Ware, me quedé con sus personajes terriblemente corrientes y llenos de grises. Otra vez con la idea de lo cotidiano, me atrapó cómo el autor nos los disecciona. Cruzando sus rutinas y desidias, nos enseña todas las contradicciones, anhelos y heridas que guarda cada uno. Un libro que escuece un poco, pero que te hace sentir muy humano.
Y de María Herreros también, hablaría de sus últimos libros. Tanto por su dibujo tan expresivo como por su peculiar manera de contar las cosas. Me da envidia la capacidad que tiene para mezclarlo todo. Pasa del texto a la ilustración y de la ilustración al cómic, sin que el lector lo note, y aparte lo acompaña todo con un dibujo visceral y expresivo. Se disfruta mucho el seguir cómo juega con las normas y se las salta según le convenga, juntando lo pop y lo intelectual, lo personal y lo colectivo, etc.

Divagando, podría seguir añadiendo ramas y extenderme hasta el infinito (o hasta donde lleguen los registros como en las familias de verdad). O hablar de otros títulos que no son estrictamente familia, pero que sí siento que completan a lo que cuenta Barbecho, por tratar temas similares desde otra perspectiva (como Ronson de César Sebastián, Un barbero en la guerra también de María, o Paracuellos de Carlos Giménez, que los recomiendo mucho). Pero no quiero ser el abuelo cebolleta y hacer el artículo interminable, así que lo dejaremos aquí. Al final, esto era más que nada una excusa para hablar de libros que me gustan y compartirlos, que siempre apetece; y de paso pensar un poco sobre los orígenes Barbecho, dejando claro que nada sale de la nada.
(Como cierre, solo avisar que de padres guapos también salen hijos feos. Así que, si luego el cómic no os gusta, no se lo reclaméis a los familiares. Ellos tuvieron poca elección en esto y uno nunca sabe por donde va a salir su descendencia.)