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Por Cultura Fnacel 15/10/2024
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André Franquin fue uno de los autores más influyentes y reconocidos en la historia del cómic franco-belga. Comenzó su carrera a mediados de la década de los años 40 del pasado siglo colaborando en la revista Spirou, de la editorial Dupuis, dando a luz varias de las mejores aventuras de Spirou y Fantasio, posiblemente la base de su fama como maestro del cómic de aventuras, con un personaje que el imaginario colectivo (al menos, en nuestro país), considera creación suya, cuando en realidad Spirou nació de la cabeza del también francés Rob-Vel (pesudónimo de Robert Velter), poco antes, en 1938. Sin embargo, fue tal renovación de su visión de estos personajes, y la creación de otros nuevos, como Marsupilami, que incluso gozó de gran popularidad de manera independiente, que es difícil definir la frontera entre creación y definición.
No obstante, fue con su personaje Gaston Lagaffe (Gastón el Gafe, por estos lares), creado en 1957, que Franquin alcanzó un éxito sin precedentes. Gaston, un empleado vago e inepto en cualquier trabajo que intentara realizar, era en realidad un símbolo de la irreverencia y del humor absurdo, que le permitió a su autor explorar un estilo más libre y surrealista. Estilo y pensamiento que fue clave para llevar a cabo una de sus obras maestras, posiblemente menos conocida que las aventuras de sus personajes más populares, pero probablemente de sus cómics más atemporales y necesarios de toda su obra. Hablamos, como no, de sus Ideas Negras.

Ideas Negras representa un punto de inflexión en su carrera, clave para entender la evolución artística y emocional de Franquin, donde el humor amable de sus primeras obras da paso a una visión mucho más cínica y pesimista del mundo, con un ingenio que no deja lugar a dudas de todo lo que bullía dentro de su maravillosa cabeza, con el que se embarca a explorar sin concesiones la oscuridad humana.
Publicadas originalmente entre 1977 y 1983 en el suplemento Le Trombone illustré y en la revista Fluide Glacial, las tiras de Ideas Negras (Idées Noires) son todo un manifiesto de su desencanto con la sociedad de nuestros días, al mismo tiempo que se revelan como una precisa y lúcida sátira de la condición humana universal que invita a una reflexión más profunda sobre los males que aquejan al mundo moderno, además de una joya del humor negro que no pierde la vigencia a pesar del paso de los años.
Su exploración de los rincones más oscuros de la mente humana y de la sociedad, con un dibujo revolucionario para la época, abundando en las manchas negras y donde los personajes son representados como sombras oscuras, tan sólo dejando visibles los ojos y detalles en blanco que perfilan sus principales características y que propician el doble significado de su título, marcó un cambio radical en el estilo de Franquin, conocido principalmente por su trabajo en el humor y la aventura ligera. Siempre con historias que van desde la tira de viñetas (a veces, en una sola línea con tres viñetas), hasta como mucho la página completa, Franquin aborda temas imperecederos como la muerte, la guerra, la destrucción del medio ambiente, la crueldad animal y la miseria humana, desde un punto de vista muy irónico y con un humor negro extremadamente corrosivo, creando escenas donde la violencia y la desesperación se vuelven ridículas y absurdas.
Aparte de la maestría de su dibujo y ese lúgubre uso del blanco y negro tan acertado, el volcado de ingenio y dobles sentidos de su autor es de los que se deberían estudiar en las escuelas de escritura. Lo que en otro autor podría haberse quedado en una serie de chistes o gags visuales más o menos acertados, Franquin lo convierte en una micro-narración de una tragedia tragicómica, de dimensiones grotescas, concentrando enseñanza y moraleja, con la burla más mordaz y la crítica más certera e inmisericorde, como solo muchos de los personajes que pululan por ellas merecen. Y como toda buena moraleja, Franquin nos invita a reflexionar sobre la irracionalidad (y de paso, la maldad inherente) universal del ser humano.

El humor negro de Ideas Negras no es simplemente una burla a la violencia o la tragedia; es un medio para exponer las hipocresías y absurdos de la sociedad. A través de un finísimo y muy afilado humor, Franquin elabora un comentario de lo más mordaz sobre la guerra, el poder destructivo de la humanidad y su indiferencia hacia el sufrimiento. Sin embargo, si bien el tono de la obra es sombrío, con ese aspecto gráfico tan oscuro visual y moralmente, el ingenio de sus chistes visuales y la aguda crítica social hacen que sea una lectura fascinante y sorprendentemente relevante, incluso décadas después de su publicación original.
Historias como la de un ufano (y siniestro) ingeniero que, en plena demostración de su máquina de creación en cadena para convertir a un pollo vivo hasta el producto enlatado al final del proceso, es atrapado por su propia creación, o esos funcionarios y representantes de la ley que demuestran una preocupación excesiva por el bienestar y la entereza física de un reo que es llevado al cadalso para ser ejecutado son de una mordacidad sin compasión ante lo absurdo y cruel de muchos de nuestros aspectos como sociedad. Mientras otras, como aquella en la que un hombre intenta suicidarse de diversas formas, pero siempre falla debido a la intervención accidental de la tecnología moderna, o el que está perdido en la noche de un paraje helado, y declama, con vana esperanza, antes de confundir las luces de un pueblo con los ojos brillantes de una manda de lobos hambrientos, “muchacho, parece que hoy no morirás congelado…”, ponen de manifiesto lo tragicómico y absurdo de nuestra propia existencia.
La nueva edición de Dolmen recupera, de forma integral, todas las tiras de Ideas Negras, en una elegante tapa dura y con el añadido de varios textos y análisis que ponen de manifiesto la importancia de la obra, con esa maravillosa portada donde un Franquin autorretratado, afanado en la mixtura de una oscuridad que siempre ha estado ahí, nos mira con una mezcla de perplejidad y desencanto, constatando que, a pesar del paso de los años y la evolución tecnológica, seguimos siendo los desalmados y condenados de siempre.
David Romera (Cultura Fnac)
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