Recomendaciones | Tecnología Android: Otro snack apetecible
Por Cultura Fnacel 27/09/2017
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Leon Kowalski nació hace poco, concretamente el 10 de Abril de 2017. En sus tempranos seis meses de vida ya es consciente de que, a los cuatro años de edad, dejará de existir. Él y todos los Nexus-6 conocen su fecha de caducidad, y en un breve y fugaz lapso de tiempo serán replicantes obsoletos, cuyo paso por el recuerdo quedará desenfocado en el preciso instante en que nazca otro producto de duración limitada. Lejos de debatir la moralidad de este acto, el inexorable paso del tiempo ha vuelto a ganar la carrera a la fecha futurista de la obra ciberpunk de Ridley Scott, así como ya ocurrió con Regreso al Futuro y con tantas y tantas visiones evolutivas que fueron demasiado optimistas (o apocalípticas) en cuanto al avance de la tecnología.
Pero independientemente de la confluencia temporal, el mensaje de Blade Runner sobre la ética de crear un producto con fecha de caducidad era evidente. Y aunque nosotros no tengamos un Nexus-6 en casa que nos haga compañía mientras nos cuenta cómo brillan los rayos C en la puerta de Tannhäuser, sí que nos vemos afectados por un término muy polémico y de moda hoy en día: la obsolescencia programada.
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Seguro que en algún momento de nuestras vidas, un familiar o conocido cercano de edad avanzada nos ha contado cuanto le duró su televisor de rayos catódicos, o que el frigorífico que compraron cuando se mudaron conserva mejor los alimentos que mi combi recién estrenado, o la mala calidad de los productos actuales que, al parecer, duran mucho menos que antes. Llegados a este punto, siempre imagino un departamento frío y lóbrego en las dependencias de las marcas de tecnología más importantes, donde un villano sin alma cuya maldad nada tendría que envidiar a Cersei Lannister busca un fallo en el diseño del equipo a punto de fabricar, para que, pasados dos o tres años, quede inutilizado, inservible, y sea necesario comprar uno nuevo.
Aunque la realidad no sea exactamente así (una pena…serviría para una trilogía como mínimo) lo cierto es que la obsolescencia programada es real en ciertas áreas, tanto que el Parlamento Europeo solicitó hace tres meses la necesidad de que las marcas de electrónica de consumo trabajen junto con a la Comisión designada a tal efecto para reducir este efecto negativo de la tecnología. El carácter perecedero tiene numerosas consecuencias nefastas, entre las que se encuentra la afectación al medio ambiente. Europa quiere frenar la chatarra electrónica que desechamos cuando no nos sirve, se ha quedado antigua o está defectuosa, en aras de un futuro sostenible. Los datos son sorprendentes, aunque nada halagüeños, ya que en el mundo se generan cada año 50 millones de toneladas de desechos electrónicos, que contaminan nuestro ecosistema con plomo, cadmio o mercurio.

La solución propuesta por el Parlamento Europeo pasa, por ejemplo, por diseñar equipos con baterías sustituibles, que puedan cambiarse cuando hayan agotado su vida útil y que nos permitan seguir usando nuestro móvil o tablet sin tener que abandonarlo en un cementerio de microprocesadores. También proponen ampliar la garantía de reparaciones de los equipos, para que los usuarios puedan reclamar si el defecto aparece de nuevo en el periodo contemplado. Pero, a pesar de todo, la lucha contra la caducidad tecnológica se complica por otros factores innegables en la actualidad.
El diseño de los smartphones actuales, por ejemplo, dificulta la reparación o la sustitución de piezas. “No pain, no gain”, como dirían los entrenadores más estrictos. El pago por una preciosa pantalla de casi 6 pulgadas y marcos invisibles es un cuerpo sin fisuras, hermético, con baterías soldadas y estructura indescifrable. Complicados, a veces imposibles de reparar, pero bellos, estilizados y únicos. A esta característica que afecta determinantemente a la obsolescencia programada se la conoce como Índice de Reparabilidad. Webs especializadas y ONG´s como Greenpeace han trabajado juntas hace escasa semanas para presentar un informe que puntúa la reparabilidad de algunos equipos actuales, especialmente los smartphones, y ayudar así a los usuarios que busquen un equipo con posibilidad de reparación sostenible.
Dificultar la sustitución de piezas en un equipo electrónico es, evidentemente, un obstáculo real que contribuye a la obsolescencia, pero existe otro factor causante de esta enfermedad electrónica: el software. El sistema operativo que controla el hardware de nuestros equipos también tiene una fecha de caducidad, aunque ésta no impida el funcionamiento adecuado de nuestro ordenador. Microsoft, por ejemplo, dejó de proporcionar soporte para Windows Vista hace escasos meses. Y aunque esto no impida trabajar con un ordenador que tenga instalado ese sistema, implica que no recibirá más actualizaciones ni mejora de bugs nunca más. Lo mismo ocurrió con XP, y aún hoy sigue funcionando sin complicaciones. El final del camino llega cuando nuestro software específico, ése que es nuestro pilar esencial de trabajo, ya no es capaz de ejecutarse en sistemas obsoletos. Será en ese momento cuando tengamos que replantearnos el futuro de nuestro equipo, o buscar una alternativa más antigua o económica.
En cualquiera de los casos anteriores, el usuario tiene un margen en su capacidad de decisión y, a veces, es necesario desmitificar la obsolescencia programada. La evolución de la tecnología implica una evolución en el estilo y el diseño de los equipos que nos arrastra irremediablemente hacia la seducción de lo último, de lo más actual. La moda hará que compremos una marca o modelo determinado, pero siempre existirán otras opciones que dejarán en nuestra mano la elección final. El coste de tener el mejor móvil o el portátil más liviano puede ser elevado, como si comprásemos el coche más veloz siendo conscientes de las futuras reparaciones y coste de piezas. La tecnología, a fin de cuentas, es también moda, actualidad y lujo y el consumo responsable es cosa nuestra.

Pero el controvertido término de la obsolescencia programada no afecta sólo a nuestros móviles y ordenadores, ni son únicamente las marcas las responsables de la caducidad de los equipos electrónicos. La Ley de Eficiencia Energética obliga a los electrodomésticos a etiquetar su consumo eléctrico, clasificado en varias categorías. Los mejor valorados reducen la factura de la luz y respetan el medio ambiente. Es muy probable que la legislación prohíba algún día la fabricación de electrodomésticos irrespetuosos con el ecosistema y que, aunque sigan funcionando, tengamos que deshacernos de ellos.
La Dirección General de Tráfico se ha sumado a la moda del etiquetaje, y si veis coches con pegatinas en sus lunas delanteras, significa que han sido marcados según su grado de contaminación. Aunque aún no es obligatorio, sí que es una recomendación, y aquellos coches más contaminantes tendrán restringida la entrada al centro de ciudades como Madrid y Barcelona, y cuando puedan hacerlo pagarán un 25% en las zonas de aparcamiento reguladas. Todo parece indicar que, en un futuro no muy lejano, aquellos coches cuyo índice de contaminación supere lo permitido no podrán circular por el centro de las ciudades. Llegado ese momento, el vehículo habrá alcanzado su obsolescencia programada, no por culpa del usuario, ni de la marca que lo fabricó, sino por la legislación que obligará al conductor a renovar su coche en aras de una atmósfera libre de dióxido de nitrógeno.
Ni las majors de tecnología son tan malvadas ni los consumidores tan esclavos de las modas. El usuario final de un smartphone, ordenador o aspiradora siempre podrá elegir el que mejor se adapte a sus necesidades. Mi primer portátil Acer con Windows XP aún sigue funcionando. Es verdad que el calificativo de portátil es un tanto irónico en su caso, y que mientras que arranca el sistema operativo puedo preparar la cena, pero el buscaminas sigue siendo tan adictivo como siempre, y sin necesidad de aceleración gráfica.
Texto: Rafael Lázaro (Fnac Sevilla)
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