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El barrio

Mikel Aristregi
Por Mikel Aristregi
El 10/12/2018
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El barrio

Un lugar, el concepto de lugar, se parece bastante a una fotografía. Por un lado, está el espacio, el espacio físico se quiere decir, la materia, lo tangible, lo tridimensional, los accidentes geográficos, los objetos reflexivos que, dispuestos en un orden concreto, convierten un espacio específico en un lugar determinado. De hecho, el espacio es, seguramente, el elemento, la sustancia, que primero acude a nuestra mente cuando pensamos en un lugar. Si te preguntan, por ejemplo, de dónde (= de qué lugar) eres, darás como respuesta el nombre de tu pueblo, ciudad o país, que no dejan de ser otra cosa que meros espacios geopolíticos concienzudamente delimitados. Pero, además del espacio, lo que a un lugar lo hace LUGAR es el tiempo. Es más, si el espacio es el cuerpo, el tiempo es el alma de cualquier lugar. Y, a diferencia de la humana, que muere con el cuerpo, el alma de un lugar  nunca desaparece; muta.

 

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Así que uno era del barrio y el barrio era de uno. Así de simple. Si eras del barrio no podías ser de ningún otro lugar. Sin él no eras nada ni nadie. El barrio era todo tu mundo, el puto centro del universo, la escala de tu existencia, tu campo de batalla, sí, pero también tu refugio. Qué era el barrio y qué no lo era estaba fuera de toda discusión, así que mejor que no te equivocaras; las diez torres de ladrillo blanco rosáceo delimitando al norte con la loma, al sur con las vías del tren y la fábrica de ladrillos, al este con los frondosos terrenos de la villa y al oeste con los verdes prados surcados por finas líneas que servían de atajo hacia la civilización. Y más allá de sus límites, la nada. Nada, al menos, que te pudiera interesar: otros familiares, médicos especialistas, tiendas de ropa, zapaterías y ese tipo de cosas a las que te veías arrastrado de vez en cuando en contra de tu voluntad. Solo podías sobrevivir en el barrio porque fuera de él no eras más que un pez de colores boqueando en el borde del estanque. 

 

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El barrio proveía de todo cuanto uno podía necesitar; amigos, enemigos, un frontón que hacía las veces de campo de fútbol, un equipo de fútbol, una escuela, naturaleza donde poder ser salvajes y sentirse libres, una tienda de chuches, en los buenos tiempos incluso dos, soportales donde jugar los días de lluvia, zonas mal iluminadas en las que hacer confidencias y saborear lo prohibido, fiestas por Pentecostés, ascensores sin puertas de seguridad que favorecían la proliferación de leyendas urbanas, bares, montones de bares en los que pedir un vaso de agua del grifo, magnolios por los que trepar, edificios abandonados con jeringuillas por el suelo y revistas porno acartonadas cuyas páginas era imposible de separar, y cientos, miles de lugares con millones de aquellas pequeñas señales triangulares de peligro y el símbolo del hombre electrocutado por un rayo que hacían la vida mucho más emocionante. El barrio, el puto barrio, con sus normas y sus jerarquías, con sus leyes no escritas que a nadie se le ocurría cuestionar, con sus clanes y sus sicarios, con sus pactos y sus alianzas, donde tener un hermano mayor daba cierto prestigio y protección y tener una hermana mayor ciertos privilegios o, al menos, ser tratado con cierta benevolencia. ¿Qué habrá sido del chino, del yoyo, del zepelín?

 

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El otro día, al atardecer, te adentraste en el barrio con tu cámara de fotos. No había mucha gente por la calle. Ya no la hay, no al menos como la había antes. Sobre todo, niños; de eso sí que casi no hay. A lo sumo hombres rebotando de un bar a otro, pero de estos también van quedando pocos. Dicen que se ha convertido en un barrio dormitorio, pero a ti te parece más bien un barrio fantasma. Mercería Anita, cerrada; carnicería Patxi, cerrada; pescadería Lupe, cerrada; droguería Petri, cerrada; bar Yoni, cerrado; confecciones Katy, cerrada, librería Margari, cerrada; alimentación Loli; cerrada; peluquería Arantxa; cerrada. Nada de reformas, nada de reparaciones. Cerrado porque sí, porque el negocio no da para más. Todo cerrado a excepción de dos bares, dos tiendas de comestibles y una farmacia; servicios, no obstante, con los que la mayoría de la gente puede sobrevivir sin salir del barrio. Los domingos a la hora de comer las calles se llenan de monovolúmenes y SUVs; primero toman los aparcamientos y después toman las aceras, pero de la gente que los conduce, ni rastro. Extraños en el ascensor, ¿a qué piso va?

 

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El otro día, decíamos, ya al anochecer, aun deambulabas por el barrio con tu cámara de fotos y resultó que tus ojos veían una cosa y tu corazón veía otra. Donde tus ojos veían una explanada de gravilla tu corazón veía un campo de beisbol y a Conde enviando la bola otra vez por encima de la villa Nisuma; donde tus ojos veían un muro de contención tu corazón veía la ascensión al Tourmalet de Marino Lejarreta metido en una chapa de Kas; donde tus ojos veían un simple castaño de indias tu corazón veía una cabaña de madera y cartón. Ya no queda nada de la villa ni de la casa abandonada, ni de los verdes prados, ni de los columpios de cantos afilados; nada del estanque de las ranas ni de los gorriones enterrados. Tal vez puedas volver al mismo espacio, pero jamás regresarás al mismo lugar.

 

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