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Por Cultura Fnacel 09/04/2024
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El 7 de mayo de 1824, en el Teatro de la Puerta de Carintia de Viena, sucedió un milagro. Un milagro laico, humanista e ilustrado. Y es que ese día se estrenó al público la que posiblemente sea la composición musical más importante de la historia de la humanidad. Puede que suene grandilocuente, que haya personas que no estén de acuerdo, que sea excesivo o sentencioso. No tengo reparos en decir que muchas veces caigo en excesos a la hora de hablar o escribir sobre temas que me gustan. Pero aquí no hay fallo ni error porque estamos hablando de la Sinfonía nº 9 en D Menor, Opus 125; de Ludwig Van Beethoven.
Antes de nada, tenemos que hacer un ejercicio de vaciado y limpieza en nuestra mente y olvidarnos de todos los inputs que tenemos de esta obra y su creador, puesto que la hemos oído tantas veces y en situaciones tan dispares que ya la tenemos, sobre todo la parte coral, completamente integrada en nuestro acervo cultural. Esto por un lado es bueno, porque quizá sea la obra, o una de las obras, de la llamada música clásica más conocida universalmente. Pero por otro lado, su escucha, alcance y significado se han banalizado bastante (banalizar: convertir algo extraordinario o sobresaliente en algo común o corriente), como consigue hacer con todo el mercado consumista hoy en día.
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Un poco de contexto nos vendrá bien: a LVB le encargan una nueva sinfonía desde Londres, puesto que debemos recordar que en estos tiempos, los músicos son percibidos más como artesanos de un oficio que como verdaderos artistas que modelan su obra. Prácticamente trabajan siempre por encargo, sobre todo con las obras más complejas y difíciles, muy a menudo a sueldo de un señor eclesiástico o secular. Precisamente será LVB uno de los primeros que consiga romper esta dinámica trabajando por encargo pero sin señor y sólo dedicado a componer.
Pues bien, LVB sabe que esta será su última sinfonía. Está mayor (morirá tres años después del estreno), completamente sordo y cada vez más cascarrabias. Los tiempos que le ha tocado vivir han sido apasionantes: nacido en 1770 en Bonn, ha visto como el Antiguo Régimen sufría serios descalabros con las revoluciones, primero americana y luego francesa. Se ha ilusionado con Napoleón pensando que podría ser el gran artífice de un cambio radical en Europa hacia el triunfo de los ideales de la Ilustración, pero finalmente se desencanta ante el ansia de poder del corso.
LVB se ira convirtiendo en uno de los estandartes de la germanidad, ya que al final de su obra se comienza a distinguir atisbos tanto del “sturm und drang” como del Romanticismo. Incluso podemos decir que LVB es el músico de transición entre el periodo clásico y el periodo moderno y contemporáneo de finales del siglo XIX: Brahms, Richard Strauss, Mähler, Berlioz, Bruckner, Dvorák, Prokofiev, Shostakovich… todos están influenciados por LVB, todos escribieron sinfonías y todos le tenían un miedo atávico a llegar a su propia “novena”. Tanto que algunos llegaron a trampear con la numeración, como Mähler. Al final, tuvo que ser Shostakovich el que rompiera esa maldición de la novena, puesto que él, por fin, sí que llegó a componer una décima, y luego cinco más. Eso sí, tuvo que pasar más un siglo.
Volvamos a 1824. LVB es posiblemente el músico vivo más respetado, aclamado y valorado de Viena, que es la capital musical de Europa, mal que le pese a París, Londres o Berlín. Los vieneses están acostumbrados a ver al gran músico por las calles, y como he dicho, se le venera y respeta como un patrimonio muy valioso de la ciudad. Ya no estamos en la época de Mozart, donde aun siendo un genio podías morir en el arroyo, olvidado por todos.
Sería por una mezcla de todo esto que, pese a que el estreno estaba programado en Berlín, finalmente se produce el 7 de mayo de 1824 en el Teatro de la Puerta de Carintia, en cuyo solar se levanta hoy día el famosísimo Hotel Sächer (el de la tarta). Una de las primeras características de esta obra fundamental era que requería de un montón de músicos para poder tocarla, muchos más de lo que era normal en la época, tantos que se tuvo que buscar entre todos los intérpretes de la ciudad, a los que se dedicaban a ello de forma más profesional y a algunos aficionados de gran nivel.
LVB ya no podía dirigir, pero si se podía colocar al lado del director de la orquesta para marcar los tempos a los músicos. El maestro de capilla del teatro, Michale Umlauf, que sería el director del estreno, había presenciado un par de años antes cómo esto podía convertirse en un desastre, al estar presente en el ensayo general de Fidelio. Todo se solucionó cuando el director les dijo a los músicos y cantantes que no hiciesen caso de las indicaciones del genio. Las cuatro voces principales estaban a cargo de Henriette Sontag y Caroline Unger como soprano y contralto y Anton Haizinger y Joshep Seipelt como tenor y bajo/barítono.
Imaginémonos por un instante en una época donde no hay corriente eléctrica. No hay luz, todo se ilumina con velas y con lámparas de gas o de aceite de ballena. No hay radios, por lo que la música que se escucha es la que se toca en casa, la que se canta en la calle, en el mercado, en la taberna… y en la iglesia. Aún se vive en una época profundamente religiosa y todo hombre de bien, y más aún bajo la influencia protestante, dedica su vida, su trabajo, su obra, su familia, todo… a Dios.
Y, de repente, te metes en un lugar donde la acústica amplificada permite que lo que escuches te acerque o te traslade directamente al cielo. La música se sucede sin solución de continuidad y cada vez es más maravillosa. La sinfonía no se parece a nada que se haya escuchado antes, pero falta lo mejor. Después de casi cincuenta minutos brillantes… comienzan a cantar las cuatro voces principales y el coro, en veinte minutos finales que han llevado esta obra al olimpo de la música. Esos 20 minutos, con la adaptación del poema de Schiller, son el Paraíso en la Tierra, con su mensaje de esperanza, de hermandad, de solemnidad; que bebe de los grandes ilustrados y de Kant; que aboga por la universalidad del género humano y que nos celebra como especie.
La verdad es que es complicado describir con palabras lo grande que puede ser la música. Lo mejor será que aquel que tenga curiosidad, elija un momento tranquilo (yo aconsejo la hora de la siesta o el final de la tarde), un sitio tranquilo donde no le vayan a molestar y se ponga con unos buenos auriculares estos apoteósicos 74 minutos de música y así poder por lo menos comulgar en secreto como especie, pensando en todas aquellas millones de personas que a lo largo de su vida han sentido lo mismo que tú en el preciso momento de escuchar:
“Freude, schöner Gótterfunken; Tochter aus Elysium…” (min. 11 del quinto movimiento).

Alguien que lo tuvo muy claro siempre fue Norio Ohga, presidente de Sony, que en las conversaciones con Philips sobre la creación del CD impuso que se variase su capacidad de los 60 minutos originales a 74 minutos. ¿Por qué esta cifra? Porque es la que se necesita para que suene completa y sin un solo corte la Sinfonía nº 9 en Do Menor Opus 125 de Ludwig Van Beethoven.
Para terminar este texto loando una de las piezas más importantes de la historia de la música, y por si algún lector quiere ahondar más en la figura del genio de Bonn, aquí van un libro y una película sobre el LVB, pese a que las obras sobre él se cuentan por cientos.

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Por Cultura Fnacel 09/04/2024
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