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Una cosa ruidosa y eterna

Guillermo Alonso
Por Guillermo Alonso
El 25/08/2025
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Una cosa ruidosa y eterna

Sé que una columna sobre lo otoñal y crepuscular no debería ser publicada en agosto, pero es que en septiembre pretendo hablar de algo más otoñal y crepuscular todavía

 

Vuelvo a casa para pasar unos días de verano y hago un repaso entre mis discos de adolescencia para sentirme fatal con toda la basura que coleccionaba (tengo discos de Sugar Ray, en fin) y un poco mejor con mis pequeños hallazgos. Y entonces encuentro el Invincible de Michael Jackson. Me leo sus agradecimientos: a Elizabeth Taylor, a Uri Geller, "a todos los niños del mundo" y (mi absoluta favorita) Jabba y Gipsy, o sea, la jirafa y la elefanta que vivían con él en Neverland. Me lo pongo de nuevo. En realidad lo escucho a menudo en Spotify, pero sigue habiendo algo de ceremonia sagrada en meter un objeto plateado dentro de un objeto negro y feo y que empiece a sonar música celestial. Y lo de "celestial" ha sido un recurso literario, una burda antítesis que me quedaba bien junto a "objeto negro y feo", porque Invincible no es celestial, al contrario, es una suma de ruidos que conforman canciones más largas que un día sin pan y que, en su mayoría, tienen unas letras ridículas.


Y dicho todo esto (voy a hacer otra vez lo de la antítesis, ya lo siento), me encanta.


Porque Invincible, último disco en vida de Jackson y que está a punto de cumplir un cuarto de siglo, fue su gran obra crepuscular. De todos los artistas, especialmente los considerados unos genios de lo suyo, me interesa, sobre todo, el declive. En la cima está su genio, sí, todo lo que quiera usted, pero en el declive está su humanidad.

 

De todos los artistas, especialmente los considerados unos genios en lo suyo, me interesa, sobre todo, el declive

 

Como durante las vacaciones de verano en casa me puedo permitir uno de los grandes lujos de las sociedades evolucionadas, que es aburrirme, salto de un vídeo a otro de YouTube durante las horas muertas en mi dormitorio. Ya he visto varios vídeos sobre por qué Invincible fue –a su manera y para los números habituales de Jackson– un fracaso, llego a la escena suelta de una película: un hombre duerme con una escopeta en la mano, custodiando la puerta de un dormitorio, y aperece un insecto gigante de color verde y lo asesina de forma un tanto cómica. Con unos efectos GCI francamente mejorables le clava una de sus patas en el pecho y lo atraviesa hasta que la pata verde sale por la espalda. Todo está mal en ella, pero me encanta. El primer comentario dice: "Y solo recordad, niños, que esta escena la dirigió uno de los más influyentes y visualmente innovadores directores de la historia del cine. Esto es a lo que se refieren cuando dicen pasado de moda".


La película es el Drácula 3D de Dario Argento, que estrenó en 2012 y cuyo guion escribió con Enrique Cerezo (¡!) y, bueno, es terrible a todos los niveles imaginables. Y no pasa nada, porque todos tenemos un mal día, pero a la vez no he podido evitar ver esa película como cinco o seis veces, preso de una fascinación malsana que partía de una premisa muy sencilla: si esto lo ha dirigido un genio del cine, tiene que quedar algo de genialidad detrás. Esa tarea (si tiene usted tiempo libre) puede acabar siendo satisfactoria. Se parece un poco a buscar oro o a negar la existencia de lo feo demostrando al mundo que lo hermoso está ahí y que simplemente han mirado mal. En este Drácula de Argento se puede encontrar: hay una escena magnífica en la que el conde se carga a sus enemigos en la taberna del pueblo. ¡Alegría! Lo he encontrado. Luego se me ocurre pensar que la película dura 110 minutos y he encontrado unos tres minutos buenos, me quedan 107 que justificar. Pero me rasco el mentón y pienso que lo intentaré ya en otro momento, que tengo tiempo libre, que es verano y ahí fuera hace sol y me voy a la playa.

 

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Me pregunto si los artistas en decadencia se dividen entre los que intentan huir de sí mismos para demostrar al mundo que hay más cosas que saben hacer o los que intentan parecerse a sí mismos lo máximo posible para demostrar al mundo que todavía saben hacer eso que tan bien hacían

 


Pero en la playa se me ocurre que Drácula 3D no se parece nada a los estilosos giallos que hacía Argento, esos en los que la iluminación era durísima y fría y la sangre rojísima y cálida y todo el conjunto se parecía a presenciar un asesinato puesto de ácido. Y que, al contrario, Invincible de Michael Jackson sí que intenta parecerse a lo que había sido en sus tiempos de gloria, son larguísimas canciones escritas por los productores de moda del año 2001 que parecen decirte: voy a decirte cómo tiene que ser una canción de Michael Jackson en el siglo XXI, que básicamente equivale a ruidosa y eterna. Y me pregunto si los artistas en decadencia se dividen entre los que intentan huir de sí mismos para demostrar al mundo que hay más cosas que saben hacer o los que intentan parecerse a sí mismos lo máximo posible para demostrar al mundo que todavía saben hacer eso que tan bien hacían cuando decidimos quererlos.


Y me acuerdo de Brian de Palma repitiendo todos sus trucos en Passion, aquella peliculita de 2011 que ni me acuerdo ya de qué iba pero que, entre las protagonistas tan pintonas y arregladas, las escenas de crímenes a pantalla partida y los cinco giros seguidos de sueño-dentro-de-un-sueño, hizo que al final dijese "no me he enterado de nada, pero me ha encantado", que es lo que el espectador medio solía decir ante todas las buenas de De Palma y, si me apura, también de Argento, en la que a veces el asesino sorpresa era uno que pasaba un momento por allí con una peluca puesta.


En el álbum Rebel Heart de Madonna, esa artista de la que nos han dicho que lleva como 25 años en plena decadencia mientras agota giras mundiales, hay una canción que, según la leyenda, habla de su propio miedo al crepúsculo artístico. Se llama Wash All Over Me, es de las más bonitas de ese disco un poco alocado, ruidoso y larguísimo, como el Invincible de Michael, y en ella canta cosas como: "Me debato entre el impulso de quedarme o salir corriendo". O: "Si este es el final deja que venga, deja que me arrastre". Y está en ella toda la belleza de la decadencia, todas las preguntas que, me imagino, pasan por su cabeza sobre seguir intentándolo e intentar demostrar al mundo que son unos genios o dejar que el peso del tiempo los aplaste y quedarse en su casa. A veces el genio puede volver: miren a Bret Easton Ellis con Los destrozos. Y él fue de la tipología A, o sea, él volvió a escribir exactamente el mismo libro que ya había escrito hace 40 años, solo que muchísimo mejor. Y a veces el genio no vuelve, pero aunque haga cosas que el mundo en general considera una mierda (en mi colección casera también hay discos tardíos de Erasure, ¡Erasure!), yo seguiré mirando, intentando llevar a cabo esa labor de la búsqueda del tesoro, de captar ese brillo que se esconde entre la basura.

 

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Y si no hay ni resurrección, ni gloria, ni un pequeño brillo, ni absolutamente nada, no nos preocupemos. Todos estos artistas han hecho muchas cosas ya, les llegan royalties todos los meses y son ricos. Podrían estar felizmente jugando al golf y viviendo una jubilación de lujo, pero lo que les pasa es que probablemente haciendo eso se aburrirían. Eso me dijo una vez Giorgio Moroder cuando le entrevisté: "¿Qué hace usted pinchando por ahí con 75 años?", le pregunté, admito ahora que con un poco de impertinencia por mi parte. "Es que jugar al golf me aburre", me respondió. Me lo merecía. Yo también me aburro un poco este verano en mi hogar de infancia, y gracias a eso encuentro casualmente el Invincible de Michael Jackson. ¿Sabía que hay una canción que le produjo Carlos Santana (de las mejores del disco, una balada muy apañada) y que acaba con Jackson diciendo "Gracias, Carlos" y con Carlos respondiendo "Gracias, Michael", pero ni siquiera coincidieron en el estudio y esos gracias sucesivos se grabaron a miles de kilómetros de distancia y en estudios separados? Esto no tiene demasiado que ver con esta columna, pero es un dato que siempre me ha resultado fascinante y creo que ahí también hay un destello de algo, algo de magia y, sobre todo, una representación fiel de cómo funciona el siglo XXI, pero aún tengo que pensar en los motivos. Lo intentaré durante lo que me queda de vacaciones. 

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