Por Antonio Hitosel 26/09/2016
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Para entonces ya llevaba casi un mes trabajando con los niños de la calle de Phnom Penh. Hacía aproximadamente una semana que había conocido al grupo de Pich en la calle 136 sentados en el suelo frente a la farmacia y la tienda de ropa y esnifando pegamento, aquello que tanto les gustaba hacer. Eran cinco: Nah, Swat, May y Tagh, además del propio Pich. Me aceptaron relativamente rápido y al poco tiempo ya podía fotografiarlos con cierta comodidad. La cosa mejoró notablemente cuando finalmente encontré el lugar donde dormían, ya que podía abordarlos justo en el momento en el que despertaban, cuando más vulnerables y apacibles se mostraban ante la cámara. Resultó ser la esquina de la 154 con el callejón entre la Avenida Monivong y la calle Kramou, justo detrás del Hotel Pacific donde actualmente hay un restaurante de lo más pijo, el Cabaret, pero en la que hace unos años había una pared blanca de una estética arrebatadora, con unos agujeros de ventilación en la parte superior y pintadas escritas en khmer cuyo significado nunca llegué a descifrar.
El carrete de Tri-X disparado entre el tres y el seis de diciembre de 2004 y que dio de sí la que posteriormente sería catalogada como la hoja de contactos nº38 fue disparado casi íntegramente en esta esquina y, probablemente, es el carrete más rentable de los 249 de cuantos expuse en relación al número de imágenes seleccionadas para la edición final.


Fotogramas 7 y 11. Aquella mañana Pich y Nah se quedaron solos después de que el resto del grupo se fuera rumbo al Mercado Central. Sacaron no se bien de donde un par de flamantes cigarrillos y con gestos de adulto se pusieron a fumar. La escena me pareció divertida y la luz era buena, así que les hice unas cuantas fotos. Al poco rato Pich encontró una manzana en el suelo, a modo de juego le ató un hilo al rabillo y, elevándola por encima de su cabeza, se la empezó a comer. Tardé en reaccionar porque lo cierto es que a menudo me quedaba embelesado con el ingenio de aquellos niños; hipnotizado, atrapado en sus historias, descuidando mi obligación de fotografiar. Hasta que de pronto reaccioné, instintivamente comprendí que en aquella escena había una foto potencial, así que sin pensar, sin medir la luz, sin encuadrar bien, disparé. Después pude corregir y hacer dos fotos más. Y después la emoción por la esperanza de haber conseguido algo y la incertidumbre intrínseca generada por la película.

Fotograma 28. Pese a su clima tropical, las mañanas en Phnom Penh eran frescas en esa época delaño. Aquel día Swat amaneció envuelto en una tela mosquitera para protegerse del frío y, casualmente, en posición fetal. Con el tiempo llegué a tener muchas buenas imágenes de niños durmiendo, algunas de ellas incluso estéticamente más potentes que la de Swat y, sin embargo, ninguna como aquella hilaba tan bien con la fotografía que la iba a preceder; la del parto y el nacimiento de un nuevo camboyano.

31 de enero de 2005. Fotograma 27. Preludio. La vida y la muerte no tienen el mismo valor en todos los lugares del mundo. La tendencia es que toleramos mejor las tragedias humanas que acontecen en países con una tasa alta de pobreza que en sociedades como la nuestra, donde el subconsciente colectivo ha acabado aceptando como verdad absoluta que ese es el orden natural de las cosas. Uno de los mecanismos que tenemos para acallar nuestras conciencias es el de despojar de detalles a esa otra realidad; de abstraerla hasta el punto de deshumanizarla por completo.
Partiendo de esta reflexión, pensé que no estaba de más iniciar el reportaje con una imagen que hiciera de preludio y que recordara al espectador una obviedad: que todos venimos del mismo lugar. Que la vida de toda persona comienza con el acto de una madre que da a luz y el silencio absoluto que precede, por un instante, al llanto del bebé.