Por Guillermo Artésel 14/07/2020
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Permafrost es una palabra de la lengua inglesa que me fascina. No tiene una equivalencia en castellano, aunque se podría traducir como permahielo o suelo permanentemente congelado. Esta capa se encuentra, sobre todo, en áreas del hemisferio norte pertenecientes a Canadá, Alaska, Siberia o Noruega.
La primera vez que supe de su existencia fue a través de Secondhand Daylight (1979), el segundo álbum de Magazine, la banda de Manchester. Era un disco notable por su sonido, más cercano en ocasiones al rock progresivo que al postpunk, con largos desarrollos instrumentales, abundancia de teclados y ritmos a medio tempo.
Permafrost era el tema que cerraba el álbum. Tras los últimos surcos, paraba la música y llegaba el silencio después de versos como As the day stops dead at the place where we’re lost. I will drug you and fuck you on the permafrost. Reescuchándolo de nuevo, se intuyen imágenes turbulentas cercanas a films de David Lynch o novelas de JG Ballard.
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JG Ballard (1930-2009) fue un escritor inglés de ciencia-ficción, aunque ahora lo incluiríamos, más acertadamente, en la ficción distópica. A diferencia de otros autores coetáneos que escribían sobre galaxias lejanas, Ballard estaba más interesado en el futuro real que sentía aproximándose y no en el futuro inventado. Se centraba en la crudeza de la vida moderna, donde el ser humano había creado un mundo deshumanizado aceptado por él mismo. Autovías, arquitectura brutalista o paisajes urbanos decadentes pueblan sus escritos, aderezados con sexo patológico y tecnofilia perversa.
Ballard fue precursor del cli-fi, género de distopía climática, con obras como The Drowned World (1962) o The Drought (1965) donde ya aparecen las consecuencias extremas del cambio climático, como la inundaciones provocadas por por el deshielo o la escasez del agua potable. Su obra más difícil es Atrocity Exhibition (1970), una pseudonovela experimental, violenta y perturbadora, escrita a modo de collage. Precisamente este libro daba nombre a la canción que abría Closer (1980), el álbum póstumo de Joy Division, otra banda de Manchester.

Ballard fue el escritor que más influyó en los músicos británicos poco convencionales que facturaban postpunk, tecnopop o rock industrial. De alguna manera, los mundos tenebrosos que presagiaba Ballard se parecían bastante a la tumultuosa Inglaterra de finales de los 70. Algunas letras están inspiradas en la angustia inquietante que emanaban los textos de Ballard, que conectó con la nueva visión incómoda sobre el mundo contemporáneo invocada por el movimiento punk. Artistas que admiten su influencia son Cabaret Voltaire, Ultravox, Gary Numan, The Normal o el Bowie de su etapa berlinesa.
Una de sus novelas más influyentes fue Crash (1973), que inspiró varias canciones de los artistas mencionados. La novela trata sobre la sinforofilia, una parafilia en la que la excitación sexual surge de observar o representar un desastre. En este caso, los personajes participan en accidentes reales de coches. La novela se convirtió en un largometraje dirigido por David Cronenberg en 1996. Tanto el texto como el film causaron cierta polémica.
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El fetichismo por el automóvil aparece en el tema de Gary Numan (“new man”), aunque Warm Leatherette fue el intento consciente de The Normal de hacer un resumen de la novela en una pieza de tres minutos con versos inequívocos como A tear of petrol is in your eye. The hand brake penetrates your thigh. Quick - Let's make love before you die.
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John Foxx (líder de Ultravox desde 1976 a 1979), comentaba que era muy difícil entender las cosas que estaban aconteciendo. Sin embargo, Ballard tenía el don de ver de cerca el presente oculto y el futuro inmediato. My sex es una balada llena de imágenes ballardianas: My sex is invested in suburban photographs, skyscraper shadows on a car crash overpass.
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La segunda vez que, conscientemente, he vuelto a saber del permafrost fue hace unas semanas en una noticia de prensa que una amiga había compartido en una red social. A causa del cambio climático, el permafrost se está descongelando a gran velocidad. Este proceso tiene dos consecuencias. Por un lado, la liberación de grandes reservas de metano, un gas de efecto invernadero mucho más potente que el CO2. Por otra, la liberación de virus que llevan congelados miles de años y para los que el ser humano no tiene desarrollada ninguna inmunidad. “Lo que sí sabemos es que estamos jugando a la ruleta rusa”, explica Maxine Renaudin, director de la plataforma de reforestación Tree Nation, que estudia también la relación del COVID-19 con el cambio climático.
Curiosamente, pocos meses antes del inicio de la pandemia, el escritor valenciano Alberto Torres Blandina publicó Después de Nunca (2019), una obra que cerraba una trilogía apocalíptica y distópica. En ella, unos científicos encuentran un animal extinguido bajo los hielos polares y perecen a causa de un virus que acaba por infectar todo el planeta.
Dentro de Secondhand Daylight, el álbum de Magazine que comentábamos al principio, se incluye un largo tema llamado Back to Nature, que concluye con la frase we’re up in the air, we´re down on the ground. La pregunta es: ¿Dónde estamos? ¿En el aire o en el suelo?
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Anónimo
El 14/11/2020
Es una suerte que cada final es un nuevo comienzo.