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La asimetría del sueño

Agustín Fernández Mallo
Por Agustín Fernández Mallo
El 17/10/2018
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La asimetría del sueño

Que el sueño -el dormir nocturno, quiero decir-, resulta ser un estado corporal que nos ha inquietado y nos inquieta, es un hecho. Pocas narraciones hay en las que en algún momento no intervengan la cama y la noche, sus visiones sin materia tangible, su provisional clausura de la conciencia para entrar en “otro lugar” que, para algunos, es la nada y para otros lo es todo: permite soñar, traer involuntariamente imágenes a esa coherente catedral que a la luz del sol fue el cuerpo, de algún modo profanarlo, levantar vidrieras y pantallas en las que toda representación podrá darse, donde las diferentes liturgias del tiempo y del espacio conocidos se cancelan, donde la moral es otra y la ética una baratija, donde según algunos no hay leyes y por lo tanto tampoco sanciones, donde los órganos internos parecen interrumpir su transporte de fluidos, y agujeros y pupilas cierra sus compuertas en beneficio de otras internas, donde las entrañas parecen implosionar y donde es posible que, en los albores de nuestra conciencia sapiens, el cerebro fundara ya el primer cinematógrafo, donde se halla la Historia alternativa de la humanidad y los aviones vuelan retrasados, donde todo el mundo guarda la gran novela que nunca escribirá, donde el diablo reconoce en el durmiente a otro diablo y un dios le da la mano a su hermano, donde la distancia entre las vivencias y los recuerdos se estrecha para formar una pasta, donde la propia condición que en la vigilia asiste al ojo –ser espejo de lo que hay afuera- rompe tal espejo y tenemos dentro una mezcla de todos sus trozos, donde como en una revolución las viejas reglas han perdido validez y las nuevas aún no están escritas -pero valen-, donde el límite del lenguaje no es la escasez ni la pizarra en blanco sino todo lo contrario, donde no hace falta hacer el esfuerzo de estar dentro de las cosas para narrarlas porque ya estás dentro -totalmente dentro y sin distancia-, y por eso esas narraciones de nada valen aunque por unas horas lo sean todo, donde la imaginación no hace gimnasia y si la hace no computa –las mancuernas levitan, la cinta no está enchufada, el agua que bebes es la misma que la que hace un instante has sudado-, donde todos somos mamíferos, aves e insectos, donde la electricidad es inventada sin esfuerzo y la redes sociales son administradas sin miedo y la enfermedad es tan coherente como la salud, donde pueden ocurrir cosas imposibles, como por ejemplo encontrar en un bosque a un humano nunca antes visto por otro humano -o algo aún más imposible: un humano que nunca haya sido fotografiado-, sí, ahí, en ese lugar único y sin embargo cotidiano, también, y a pesar de todo, roncamos.

Esto fue, más o menos, lo que hace pocas semanas pensé cuando me crucé con una anciana en un hotel de la ciudad de Querétaro, México. La casualidad nos juntó al desayuno en la misma mesa. Sobrepasaba los noventa, parecía ajena a la fatiga de los años, y yo, no paraba de bostezar. Se le dio por contarme lo que había soñado esa noche, escenas que por discreción no contaré pero que me parecieron propias del sueño de una niña, o de una adolescente no demasiado crecida; en todo caso era un sueño impropio de una mujer adulta. Además, lo narraba con una ilusión que cualquiera hubiera pensado que hablaba de un regalo de cumpleaños o de una noche de Reyes. Yo aún no había terminado el primer café cuando alguien -me aclaró que era su hijo- vino a buscarla. Se montaron en un coche. Tuve la certeza de que nunca volvería a verla, y en el tercer café, sentado aún a la mesa, se me cruzó esta idea, simple, incluso vulgar, pero que nunca hasta entonces había pensado: los sueños nocturnos crecen y con los años cambian de naturaleza a medida que nosotros lo hacemos, hasta que de pronto se detienen; no crecen más, no se hacen adultos mientras que el cuerpo sigue su marcha y envejece. Es ésta una asimetría que no sucede en el tiempo sino en la misma sustancia del tiempo. El motivo por el cual los ancianos son propensos a la melancolía al mismo tiempo que a los cuentos de infancia, me dije.

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