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Oficio (de escritor)

Adolfo García Ortega
Por Adolfo García Ortega
El 26/04/2016
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Oficio (de escritor)

 

1. El escritor empieza a escribir una nueva novela y le invade el miedo a fracasar, a equivocarse. Como siempre, el proceso inicial es el mismo: nadar en el mar de las dudas. ¿Sabrá hacerlo? ¿Encontrará el tono, el punto de vista que le permita hacer el libro que quiere leer? Sabe, por otro lado, que una vez ponga en marcha cierta mecánica interior, ya nada la podrá detener, aunque signifique hipotecar los próximos años de su vida. Sabe, por oficio, que si escribir es una condena, lo es porque condena a escribir. Entonces se propone reactivar dentro de su cabeza el sentimiento de que se juega la vida al escribir, de que está corriendo un riesgo. Pero aparece una inquietud interior, indefinida, que emerge de no sé sabe qué profundidad: en el fondo no quiere escribir, sino haber escrito. El momento presente, el de la escritura, es para él penoso, le roba la vida y el tiempo. Para colmo, se siente lleno de dudas. La pereza, la falta de concentración y las distracciones que lo incitan a hacer otra cosa (¿mejor?) lo tienen totalmente martirizado. Sabe que es cuestión de disciplina y de ejercicio. Luego irán saliendo las palabras. No hay que precipitarse, tranquilo, se dice.

Pero le tortura no ser capaz de encontrar la expresión adecuada, la escritura perfecta, rotunda, exacta. Le tortura esa especie de insuficiencia a la hora de hallar las palabras precisas; es como si le poseyera una afasia literaria, una mudez de la escritura o de la expresión. Uno acaba siendo rehén de su idiolecto, de su estilo y del conjunto de palabras “sabidas” que ha de combinar al afrontar un texto. ¡Cuánto cuesta progresar, salir del bosque del propio lenguaje, empezar otro idioma literario propio, otra expresión, otra literatura convincente, al menos para él mismo! Esto le tortura.

Se hace una pregunta para la que creía tener hace años una respuesta ya preparada: ¿Cómo se ha de empezar a escribir una novela? Repasa el “manual” de la experiencia pasada: lo primero y primordial, invertir mucho tiempo creando en el blanco de la mente el clima necesario para poder visualizarla antes de escribir nada. Lo segundo, pensar mucho, como en actitud combativa, para tener claro qué es lo que la novela no va a ser, es decir, eliminar posibilidades, rechazar tentaciones fáciles de hacer una trama o un intriga inconvenientes, archisabidas, etcétera. Sabe que la novela surge de esas purificaciones. Antes de escribir una novela, el escritor tiene que haberla leído en su cabeza, si no, no hay nada que hacer. Y lo tercero, ponerse a escribir. Es decir, bajar a la sima de las palabras.

 

2. Y cuando lo hace, cuando escribe y escribe y escribe y llega al puerto de la última línea y sí, ya sí ha acabado la novela que no sabía cómo empezar, cae en la cuenta, o mejor dicho siente que no ha llegado a nada. Pero comprueba que todo se ha cumplido, fatídicamente. Es otro y es el mismo. Sigue aquí. La vida es rectilínea y áspera, pero sigue aquí porque sabe también que a veces, la vida regresa a las venas y es dulce y real. Acaba la novela y el escritor respira. La novela ha cicatrizado como cicatrizan heridas, pensamientos, personas, hechos. Ese “fin” es la señal de que uno está vivo. Es escritor, se dice, y como los escritores y los espías son de la misma naturaleza, se reconforta pensando que ha creado la coyuntura para que una historia –la que transita por su novela– exista. Siempre a punto de caer del alambre, funambulista sin escarmiento ni red, el escritor ha escrito otro libro póstumo, con oficio.

 

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